Astrid Hernholm · 25 de octubre de 2026

Jesús maneja de salida de Hermosillo. A su lado va su hermana, Cecilia Valenzuela Flores, con su hija Aurora en el regazo. Ella sigue las indicaciones en el celular.
En el asiento de atrás hay una pala.
Van a buscar una fosa.
Jesús tiene 21 años. Su madre, Cecilia Patricia “Ceci” Flores, fundó Madres Buscadoras de Sonora después de que desaparecieron sus hijos Alejandro y Marco Antonio.
Cecilia lleva el nombre de su madre. Cuenta de las cenas interrumpidas por denuncias anónimas sobre fosas, y de subirse al carro a toda prisa. La pala siempre va en el asiento de atrás.
Lee: Otorgan la primera certificación a buscadoras de personas desaparecidas en México
“Busco a mis hermanos desde que tenía diez años, y he encontrado a más de cien personas”, dice Jesús.
Ceci Flores y su hija Milagros obtuvieron hace poco una certificación oficial en búsqueda de personas desaparecidas. El aprendizaje empezó mucho antes del certificado. Las familias aprendieron a buscar en el desierto porque no recibieron ayuda en ningún otro lado.


Ese sábado la búsqueda empezó a las seis. Al poco rato empezó a correr la palabra: fosa.

El colectivo tenía escolta militar: cinco hombres uniformados y una patrulla.



Bajo montones de basura, los buscadores clavan varillas hondo en la tierra. Las sacan y las huelen. Saben distinguir entre la tierra y la descomposición humana.

Una mujer me muestra su playera. Lleva un listón negro. Significa que el joven de la foto fue encontrado, sin vida. En la playera dice: “Promesa cumplida” y “No se puede separar a quien vive en tu corazón”.
Puedes leer: Más de mil 500 integrantes del EZLN llegarán a CDMX para reunirse con madres buscadoras
Llevaba dos meses sin salir de su casa, desde que encontraron a su hijo. Ahora está aquí para ayudar a las otras madres a encontrar a sus hijos. Señala la foto.
“Mi hijo”, dice en voz baja.
Encuentran el cráneo a la orilla de la carretera, a unas horas de Hermosillo. Un pantalón roto. Una gorra de los Lakers descolorida por el sol. Una mandíbula junto a una botella de cerveza.
“Una mujer”, dice alguien.



Madre e hija. Ana Luisa levanta el cráneo y su hija Jennifer, que forma parte de Jóvenes de Buscadoras, le toma una foto con el celular. Suben las fotos a Facebook con la esperanza de que alguien reconozca la ropa. Con la esperanza de poder darle respuestas a una familia.

Los buscadores leen el terreno y siguen rastros. Reciben denuncias anónimas y documentan todo lo que encuentran. Bajo el sol del desierto comparten botellas de agua, sombra e historias de sus hijos.
Cuando los forenses se van, los buscadores se quedan y siguen buscando.

Oficialmente hay alrededor de 130 mil personas desaparecidas en México. Los buscadores no se toman en serio esa cifra. Los cuerpos que encuentran todos los días la contradicen. Lo que encuentran lo recogen los forenses y se lo llevan al Estado. El año pasado, el colectivo encontró 57 cuerpos en un solo lugar, en la costa.
Entérate: Es falso que deban pasar 72 horas para que se inicie la búsqueda de una persona desaparecida
El Estado tiene los restos. Las familias han dado muestras de ADN. El Estado no tiene la capacidad para vincularlos. A esto se le llama la paradoja de la morgue.
Al cierre de 2024, más de 79 mil cuerpos sin nombre estaban en morgues y fosas comunes en México, según una estimación de Fundar, Elementa DDHH y Política Colectiva.
Cuando se pone el sol, nos vamos a la casa de Ana Luisa a preparar ceviche. Alrededor de la mesa están Jesús, Cecilia, Jennifer y Ana Luisa.

A todos en esta mesa les falta alguien. A Jennifer le falta un hermano. A Jesús y a Cecilia les faltan dos. En la casa vive un niño de seis años al que le falta su papá.
“Tiene la mirada de él. Cuando se me queda viendo, parece que me está viendo mi hijo”, dice Ana Luisa de su nieto. Se llama Brayan, como su papá.
Ana Luisa recorre las fotos en su celular y me las enseña. Un cráneo con un hoyo de bala. Una pierna dentro de un pantalón. Las fotos las va borrando. Hay una que no puede borrar. Es de un hombre que encontraron muy cerca. Le habían quitado la cara.


“Llegué aquí y me fui a llorar con una hermana”, dice.
“Te desgastas. Aunque tú no quieras, te desgastas mentalmente, porque siempre lo tienes en tu mente. Siempre.”
Lo peor son las tardes, dice. Entonces le entra una desesperación que no puede poner en palabras. Lo que ayuda es hacer algo. Buscar.

En la recámara hay tres camas en fila. Sobre ellas cuelga una lona con el rostro de Brayan y la palabra desaparecido. Debajo de la lona está sentada Jennifer, cargando a Aurora, la hija de Cecilia. Hay mariposas en la pared.
Las familias se ayudan entre sí. Unas cuidan a los niños mientras otras salen a buscar.
En 2025, Amnistía Internacional consultó a varios cientos de mujeres buscadoras. La mayoría habló de depresión, insomnio y enfermedades que aparecieron o empeoraron.
De las desapariciones se habla como una crisis de seguridad. También son una crisis de salud pública, y se hereda.
En marzo de 2026, apenas un año después de que me senté a la mesa de Ana Luisa, Ceci Flores encontró los restos de su hijo Marco Antonio en una zona rural a las afueras de Hermosillo. Estaba desaparecido desde 2019. Una prueba de ADN confirmó el hallazgo el 31 de marzo.
Alejandro sigue desaparecido. Jesús y Cecilia ya tienen un hermano a quien enterrar, y siguen buscando al otro.
Aurora dormía en el regazo de Cecilia en el carro, camino a una fosa.
La pala sigue en el carro.
