Animal Político · 14 de septiembre de 2026
Si creías que el fentanilo era el punto más alto y peligroso en la crisis de las drogas, lamentablemente hay malas noticias.
Las sustancias adictivas han ido evolucionando desde la época psicodélica de los años 60 con el LSD, pasando por el crack en los 80s y la marihuana de alta potencia, hasta llegar a los opioides sintéticos que hoy causan estragos como el fentanilo.
Por si fuera poco, en el mapa de las adicciones, hace algunos años cobró trascendencia un nuevo enemigo que dejó pequeño al fentanilo: se llama isotonitazeno, mejor conocido como ISO.

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Para entender qué es el ISO, hay que echar la mirada atrás. Aunque parece una amenaza recién salida de un laboratorio, en realidad fue desarrollado en la década de 1950 como un medicamento que al final nunca salió al mercado por su peligrosidad.
Tras décadas en el olvido, resurgió en el mercado negro a principios de 2020. Esta sustancia pertenece a la familia de los nitazenos, un grupo de opioides sintéticos tan agresivos que, según las propias autoridades sanitarias, no tienen ningún uso médico legítimo en la actualidad.
El gran problema del ISO es su potencia desmedida, algo que mantiene en constante peligros a médicos y autoridades de todo el mundo.
Si el fentanilo ya de por sí es hasta 50 veces más fuerte que la heroína, los estudios señalan que el ISO puede ser de 5 a 9 veces más potente que el fentanilo, e incluso hasta 900 veces más poderoso que la morfina.

Con semejante nivel de concentración, una dosis microscópica es suficiente para provocar un paro respiratorio letal en cuestión de minutos.
Pero lo más aterrador del ISO no es solo su poder destructivo, sino la forma en que la gente termina consumiéndolo. Casi nadie sale a la calle a buscar “ISO” de forma directa; en realidad, la droga aparece camuflada.
Los traficantes la mezclan de forma clandestina con heroína, cocaína, metanfetaminas o en pastillas falsificadas que imitan a medicamentos recetados como la oxicodona.
En pocas palabras, las personas consumen el ISO creyendo que es otra sustancia, sin sospechar que llevan una bomba de tiempo en las manos. La expansión de este opioide no es un simple rumor, sino una alerta internacional de salud pública.

La Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (UNODC), a través de su Sistema de Alerta Temprana, lanzó una advertencia global sobre la presencia creciente de este compuesto.
Por su parte, la DEA en Estados Unidos ya había encendido los focos rojos desde 2022 al detectarlo en el área de Washington, registrando cómo se extendió rápidamente desde el Medio Oeste hacia el sur y la costa Este del país.
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Los números que manejan los organismos internacionales resultan espeluznantes. Hasta la fecha se han detectado 34 variantes de nitazenos en al menos 37 países, apareciendo tanto en decomisos policiales como en análisis toxicológicos de víctimas por sobredosis.
De hecho, investigaciones recientes señalan que el ISO llegó a cobrar casi el triple de vidas a nivel mundial en comparación con el fentanilo en 2024, lo que demuestra que su propagación clandestina está ganando terreno de forma silenciosa pero fulminante.

Uno de los mayores obstáculos para frenar esta amenaza es lo difícil que resulta detectarlo a tiempo.
A simple vista o con pruebas rápidas convencionales es casi imposible saber si una pastilla o un polvo contiene isotonitazeno; para identificarlo con certeza se necesitan análisis de laboratorio muy complejos.
Esto deja totalmente desarmados a los consumidores y a los servicios de urgencias, pues cuando alguien sufre una sobredosis por ISO, ni los propios paramédicos saben de entrada a qué sustancia de extrema potencia se están enfrentando.
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