Cenotes urbanos: vida sagrada entre la basura de Playa del Carmen

Haidé Serrano · 3 de septiembre de 2026

Cenotes urbanos: vida sagrada entre la basura de Playa del Carmen

La cita es en el estacionamiento de un centro comercial, en el corazón de Playa del Carmen, Quintana Roo. “De ahí nos desplazamos hacia la cueva”, me propuso mi guía, la naturalista Ale Flores, de Cenotes Urbanos. Imaginé que nos adentraríamos en la selva en una camioneta 4×4, porque ¿en qué otro lugar hay cuevas sino lejos de la mancha urbana? Ahí comenzaron a derribarse, uno a uno, los prejuicios que tenía acerca de las cavernas, porque nuestro destino estaba a unos cuantos pasos.

“Lo primero es la seguridad”, me advirtió Ale, quien días antes me dio indicaciones sobre la vestimenta: manga larga, guantes y pantalón; ella me prestaría unas botas de jardinero. No pregunté por qué; luego entendería que caminaríamos por zonas pantanosas. Pero antes de una selfie, posamos Ale, Gus y yo, foto que serviría como un aviso a la asamblea de la organización para monitorear nuestra visita, parte del protocolo de seguridad.

Contagiada por el entusiasmo de mi guía, llegué puntual a las 2:30 de la tarde a mi primer encuentro con la puerta del inframundo: la cueva Huesos de Mar. Según la cosmogonía maya, las cavernas son lugares sagrados que conectan con el Xibalbá, el origen de la vida y del agua.

El ingreso a los cenotes urbanos está a unos pasos de las avenidas.
El ingreso a los cenotes urbanos está a unos pasos de las avenidas. Foto: Haidé Serrano

Entramos a pie a un lote selvático sobre una avenida muy transitada, uno de esos “lotes baldíos” que aprovechan algunas personas para usar como tiraderos. Apenas unos metros adentro, encontramos seis bolsas de basura con botellas vacías. Claramente desechos de un restaurante, me explicó Ale, quien lo documentó para reportarlo a la autoridad municipal.

“Hemos encontrado lo que ni te imaginas”, comentó mientras observaba detalladamente la basura. “¿Como qué cosas?”, pregunté mientras avanzábamos entre piedras y más desechos. “Jeringas, condones, heces humanas y más”, explicó quien además es espeleóloga y participa con otros voluntarios en la limpieza de estos espacios únicos en biodiversidad.

Apenas unos minutos después, llegamos a la entrada. Una nueva sorpresa: un perro salió de la cueva corriendo, cubierto de innumerables erupciones (posibles piquetes de insectos); empaques vacíos de comida daban indicios de que alguien lo alimentaba o bien compartía con él la “vivienda”. Más fotos y mensajes a la autoridad para rescatar al can, visiblemente enfermo.

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Gus, voluntario y entusiasta de la espeleología, comenzó el descenso con cautela. Antes, pidió permiso para ingresar a la cueva de la misma manera que lo hicieron sus ancestros: una plegaria en su lengua materna, el maya.

En las entrañas del mundo

Detrás de nosotros regresó el perro al interior. Aún nos acompañaba la luz solar, pero encendimos las lámparas de nuestros cascos y Ale me mostró unas rocas: “Mira, aquí vive la araña violinista; si no la molestas, no te hace nada, pero si te apoyas sin querer en su casa o cerca de ella, te va a morder y te tendremos que llevar al hospital”. Tras la advertencia, no consideré apoyarme en nada. “Acércate, mira, aquí hay una, otra, una más”. Incontables telarañas blancas resguardaban igual número de Loxosceles laeta. Ale celebraba los hallazgos como niña en juguetería. Sacó otras fotos de cada una de las especies que iba encontrando a su paso, ya fuera en las estalactitas o en la orilla del agua fangosa.

En estos sitios se encuentran desde arañas hasta murciélagos.
En estos sitios se encuentran desde arañas hasta murciélagos. Foto: Haidé Serrano

Nuestras linternas perturbaron la tranquilidad de una copiosa colonia de murciélagos. Volaron en varias direcciones hacia oquedades aún invisibles. “Mira, allí se ven algunos juveniles”, apuntó su lámpara guía hacia los más pequeños.

Cruzamos un charco de lodo de guano que llegó hasta el límite de nuestras botas. “¿Quieres ir por el camino fácil o el complicado?”, me preguntó, divertida, Ale. “El fácil, desde luego”, respondí con nerviosismo de novata. Casi a gatas avanzamos hacia otra zona de la cueva; una enorme bóveda se alzó ante nuestros ojos. Vestigios de habitantes ancestrales daban cuenta de actividades como la pesca; las cuevas también se usaron como refugios antihuracanes y, desde luego, para realizar ceremonias y entregar ofrendas, explicó.

La basura y los desechos son comunes en la entrada de estos cenotes.
La basura y los desechos son comunes en la entrada de estos cenotes. Foto: Haidé Serrano

Aquí el agua, que debería ser prístina, mostraba una capa de grasa en la superficie. “Es indicio de contaminación”, explicó Ale, quien saltó de gusto nuevamente al ver un escutigera o ciempiés de cueva en la orilla almorzando algo poco reconocible. El miriópodo casi transparente es un habitante regular de las cuevas y cenotes. La ausencia de luz crea especies como esta, que no necesitan de los colores para sobrevivir en estos ambientes.

Paraísos contaminados

Nuestra guía aprovechó para tomar una muestra de agua. Desde su nacimiento en 2018, Cenotes Urbanos registró 280 puntos de entrada a cuevas en la zona urbana de Playa del Carmen y completaron 154 mapas de las mismas, 14 de las cuales ya no existen porque las taparon para construir edificios o comercios.

Además, realizan estudios para determinar la contaminación del agua; con base en sus monitoreos, han establecido que, de 15 cuevas monitoreadas, el 94% presenta al menos un parámetro claro de contaminación. Es la misma agua que tomamos, con la que nos bañamos y la que usamos para todo.

Cenotes Urbanos registró 280 puntos de entrada en Playa del Carmen.
Cenotes Urbanos registró 280 puntos de entrada en Playa del Carmen. Foto: Haidé Serrano

“Hemos denunciado ante la Comisión Nacional del Agua (Conagua), Aguakan (la empresa privada que da servicios de agua potable y drenaje en los municipios de Benito Juárez [Cancún], Isla Mujeres, Puerto Morelos y Playa del Carmen) y la Secretaría de Medio Ambiente de Playa del Carmen, pero hasta ahorita no hemos tenido respuesta de ninguno”, lamenta.

“Ahora, apaguemos las lámparas”. Oscuridad y silencio totales. La voz suave de Ale orienta la imaginación hacia el valor de estos espacios milenarios que alimentan la superficie, a los que también llegan las raíces de los árboles. Una gota de agua interrumpe el silencio: es la filtración de la lluvia de ayer. Un abanico de aire fresco nos roza: son los murciélagos haciendo cosas de murciélagos.

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Es hora de emprender el regreso. Dejamos atrás la oscuridad y un poco de mi ignorancia. La cueva Huesos de Mar nos dejó conocer su interior y salir intactas. Este recorrido forma parte del proyecto de redignificación de cuerpos subterráneos y apropiación social del medio ambiente, en especial de las cavernas, cuevas y cenotes de la Península de Yucatán.

Respiro aliviada. Posamos para la selfie de cierre y el aviso de seguridad. Regresamos al barullo y al calor de la ciudad.

“Nadie ama lo que no conoce, ni defiende lo que no ama”, nos despide Ale con una amplia sonrisa.