Animal Político · 22 de julio de 2026
Por: Denisse G. Gómez*
Hace tiempo escuché a la socia de un despacho decir algo que no he podido olvidar: la verdadera igualdad llegará cuando las mujeres tengan derecho a la mediocridad. Porque hoy no lo tienen.
Las mujeres que logran destacar en industrias masculinizadas —como el Derecho, las finanzas o la política— rara vez son promedio. Son, casi siempre, excepcionales.
Esto no es casualidad.
En sistemas donde las posiciones de poder siguen siendo ocupadas mayoritariamente por hombres, las mujeres compiten por menos espacios. Y cuando los espacios son escasos, el umbral para acceder a ellos se eleva. La competencia entonces no solo es mayor. Es distinta.
Mientras tanto, para ellos, la historia parece operar bajo otras reglas. Las posiciones son más. El margen de error también.
La conclusión es incómoda, pero difícil de ignorar: para romper el techo de cristal, una mujer difícilmente puede ser promedio. Un hombre, muchas veces, sí.
Y aun así, hay algo igual de devastador que casi nunca se nombra. Existe también una brecha emocional. Una diferencia menos visible, pero determinante: la forma en que hombres y mujeres aprenden a relacionarse con el error, la autoridad y la exposición pública.
En la Escuela de Derecho de Columbia me enfrento constantemente a esa realidad. El formato pedagógico consiste en el método socrático: anfiteatros de más de cien personas, un micrófono en cada asiento, profesores que construyen la clase a partir de preguntas dirigidas aleatoriamente al público de estudiantes.
Para muchas personas es una pesadilla. Para otras —o al menos así parece— es su oportunidad de brillar. En ciertas clases, solo se escuchan voces masculinas.
No hablo de una exclusión explícita. No hay reglas escritas que privilegien a un género. El tono es respetuoso. La apertura existe. Y aun así, el desbalance es evidente.
Entonces, ¿dónde está la verdadera brecha?
No está únicamente en quién habla más ni en quién ocupa las posiciones de poder. Está en la forma en que unas personas aprenden a habitar esos espacios con legitimidad y otras aprenden a habitarlos con autoconsciencia, con temeridad.
La brecha está en la preparación y en el desgaste emocional que conlleva tener un lugar en la mesa. Hay una enorme diferencia entre entrar a un salón pensando “tengo algo que decir” y entrar preguntándote si mereces estar ahí del todo.
Aunque es claro que todas y todos merecen estar ahí, la realidad no parece denotarlo. Algunos no cuestionan su legitimidad, muchas de ellas lo hacen a diario. Es compulsivo, automático, sucede casi en el inconsciente.
La sensación de insuficiencia, el hábito de prepararse el doble y sentirse la mitad de capaz. Ese anhelo fallido por pasar desapercibida. Por no ser vista. Por no ser cuestionada.
Y, al mismo tiempo, la sorpresa al reconocer la diferencia en los compañeros: el entusiasmo y la ligereza con la que participan; la seguridad que transmiten. Su habilidad para utilizar el humor en momentos que otras interpretarían como humillación. Como si el problema no fuera saber, sino sentirse autorizado para decirlo.
Ese fenómeno tiene nombre.
El síndrome del impostor fue conceptualizado en 1978 por las psicólogas Pauline Clance y Suzanne Imes, quienes identificaron un patrón persistente en mujeres altamente capaces y exitosas en espacios profesionales y académicos de élite en Estados Unidos: la sensación de haber llegado por accidente, de no ser suficientemente inteligentes, de estar a punto de ser descubiertas.
Mujeres que atribuían sus logros a la suerte. Mujeres que vivían con la sensación de estar ocupando un espacio prestado. Y mientras más preparadas, más presente parece esa duda. La paradoja: el síndrome no desaparece con el éxito, se intensifica.
Décadas antes de que existiera el término, Simone de Beauvoir ya había descrito el terreno donde este fenómeno florece. “No se nace mujer: se llega a serlo” no era una frase inspiradora. Era una acusación.
Lo que Beauvoir intenta demostrar en El segundo sexo es que la feminidad no es una esencia natural, sino una construcción social. Históricamente, el hombre fue concebido como sujeto: quien actúa, define, interpreta y ocupa el espacio público con legitimidad. La mujer, en cambio, fue relegada al lugar del “otro”: aquello que es observado, evaluado y pensado en relación con los demás.
Tal vez por eso tantas mujeres aprenden desde temprano a verse a sí mismas desde afuera.
A corregirse constantemente.
A medir el espacio que ocupan.
A vigilar cómo hablan, cómo se ven, cómo son percibidas.
La duda entonces deja de ser únicamente una emoción individual. Se vuelve una forma aprendida de habitar el mundo.
Por eso el problema no siempre es la falta de preparación.
Muchas veces ocurre lo contrario: preparación excesiva acompañada de una profunda sensación de ilegitimidad.
Mientras tanto, algunos hombres parecen habitar esos mismos espacios con una tranquilidad distinta. Participan antes de sentirse completamente listos. Improvisan. Se equivocan sin que el error destruya la percepción de su inteligencia.
Ahí está uno de los privilegios más invisibles de todos. No solo acceder al espacio, sino habitarlo con naturalidad.
La cuestión entonces no es aprender a sentirse seguras todo el tiempo, sino reconocer que la inseguridad puede coexistir con la capacidad. Entender que sentirse ilegítima no significa serlo. Dejar de esperar una tranquilidad que históricamente nunca nos fue enseñada. Y hablar de todos modos.
Habitar el espacio aun antes de sentirnos autorizadas para hacerlo. Reconocer que la experiencia de una puede ser reflejo de algo sistemático. Y, por eso mismo, la solución no es individual, sino colectiva.
Vuelvo entonces al salón de clases.
Tal vez la solución no sea simplemente exigir que más mujeres hablen.
Quizás el problema no está solo en el silencio, sino en las reglas invisibles que determinan quién aprende a sentirse legítimo al ocupar el espacio público y quién aprende a justificar constantemente su presencia en él.
Porque participar no debería requerir convertirse en una versión más agresiva de la masculinidad. Ni acostumbrarse a una mirada que históricamente definió quién podía hablar con autoridad y quién debía observar desde afuera.
La verdadera igualdad quizás no llegará únicamente cuando más mujeres entren al salón, sino cuando todas y todos puedan habitar ese espacio sin sentir que tienen que demostrar permanentemente por qué merecen estar ahí.
Eso exige algo de las mujeres, pero también de los hombres.
De nosotras, la disposición de hablar incluso cuando la confianza no llega primero.
De ellos, la curiosidad de preguntarse cuánto de la seguridad que sienten es mérito y cuánto es permiso. Cuánto de esa tranquilidad proviene de haber habitado espacios que rara vez les exigieron justificar su presencia.
No se trata de hablar menos. Se trata de escuchar de otra manera. De reconocer que la autoridad no siempre se expresa con la misma voz, el mismo tono o la misma seguridad. Porque la igualdad no consiste en que las mujeres aprendan a parecerse más a los hombres. Consiste en construir espacios donde nadie tenga que parecerse a nadie para que su voz sea escuchada.
Tal vez ese sea el verdadero “derecho a la mediocridad”: la posibilidad de ocupar un lugar en el mundo sin tener que ser excepcional para demostrar que perteneces a él.
*Denisse G. Gómez es abogada egresada de la Universidad Panamericana y maestra en Derechos Humanos y en Derecho (LLM) por la Universidad de Columbia. Practica como abogada en una firma en Nueva York. Integrante de Aúna en el capítulo Jalisco.