Joel Aguirre · 7 de octubre de 2026
Por Miguel Canseco y Teresa Dávalos Navarro*
En la columna anterior analizamos cómo la discusión sobre las instituciones zoológicas ha sido empujada hacia una peligrosa sobresimplificación. Bajo etiquetas como #CautiverioMata y #AdiósDelfinarios, algunos activistas presentan una realidad compleja y lo reducen a una elección moral absoluta entre dos opciones: animales bajo cuidado profesional o en “libertad”.
En esta entrega proponemos examinar una de las consecuencias más frecuentes de esta simplificación: la noción de que la alternativa ideal a los zoológicos, acuarios e Instituciones Zoológicas Especializadas en Mamíferos Marinos, IZEMM, es que el público observe a los animales exclusivamente en su hábitat natural. La propuesta parece intuitivamente atractiva. Sin embargo, cuando se confronta con la evidencia científica surgen implicaciones relevantes que vale la pena revisar.
Las instituciones zoológicas modernas tienen una misión que va mucho más allá de la exhibición de animales. La WAZA señala que zoológicos y acuarios acreditados constituyen redes globales dedicadas a la conservación, investigación científica, bienestar animal y educación pública. Además, reciben más de 700 millones de visitas al año, es decir, el equivalente a casi el 10 % de la población mundial, lo que las convierte en una de las plataformas de divulgación ambiental más grandes del planeta.
La relevancia educativa de estas instituciones no es una cuestión de opinión. Investigaciones desarrolladas por WAZA y centros académicos han mostrado incrementos significativos en la comprensión pública de conceptos relacionados con biodiversidad y acciones de conservación después de las visitas a zoológicos y acuarios, canalizan cientos de millones de dólares anualmente a proyectos de conservación y aportan casi tanto como las principales organizaciones de conservación en el mundo (The Nature Conservancy, la Red Global de la WWF) y más que otras organizaciones dedicadas específicamente a la conservación (UICN y Conservation International).
Las IZEMM forman parte de este esfuerzo. A lo largo de las últimas décadas han contribuido de manera sustancial al conocimiento científico sobre fisiología, reproducción, medicina veterinaria, comportamiento, acústica y aprendizaje de cetáceos y pinnípedos. Buena parte de lo que hoy sabemos acerca de la audición de los cetáceos, la ecolocalización, medicina preventiva de mamíferos marinos, protocolos de rescate y rehabilitación, y diversos aspectos de la biología reproductiva de especies amenazadas proviene de investigaciones realizadas en instituciones zoológicas especializadas o en colaboración con ellas. Muchos de estos conocimientos hoy se aplican directamente a poblaciones silvestres y programas de conservación.
Frente a este modelo, los activistas suelen proponer que el contacto del público con mamíferos marinos ocurra solo mediante actividades en vida silvestre. El problema es que esta opción, además de ser económicamente menos asequible y segura que el acercamiento que zoos, acuarios e incluso IZEMM ofrecen al público, genera impactos documentados sobre el comportamiento y bienestar de los animales. Si una audiencia cercana al 10 % de la humanidad tuviera que sustituir su visita a instituciones zoológicas por experiencias de observación directa de fauna silvestre, ¿implicaría presión adicional sobre ecosistemas y poblaciones animales?
Uno de los ejemplos más conocidos es el de los delfines giradores de Hawái. Tras años de monitoreo científico, la NOAA concluyó que la creciente presión turística estaba alterando sus periodos de descanso. Como consecuencia, en 2021 prohibió nadar con ellos o acercarse a menos de 50 yardas (46 metros aproximadamente). Una investigación reciente de la Universidad de Hawái señaló que, ante la misma causa, preocupa la reducción en el número esperado de crías, lo que afectaría la viabilidad futura de algunas poblaciones.
En México, un estudio realizado por Paredes, Castelblanco y colaboradores analizó 323 eventos de observación turística de delfines en la Reserva de la Biosfera de Sian Ka’an. Los resultados son elocuentes: 98 % de los acercamientos incumplieron algún aspecto de la normatividad; la infracción más frecuente fue la aproximación excesiva a los animales. Además, 95 % de los cambios de dirección registrados en los delfines correspondieron a alejamientos de las embarcaciones, mientras que 55 % mostró incrementos en la velocidad de nado durante las interacciones turísticas.
Las instituciones zoológicas, incluidas las IZEMM, son espacios regulados donde millones de personas pueden establecer conexiones significativas con la biodiversidad bajo condiciones controladas e impactos ambientales acotados. Cumplen además una función social frecuentemente subestimada: proporcionar oportunidades de recreación familiar, educación informal, convivencia comunitaria y contacto con la naturaleza. La teoría de la “biofilia”, propuesta por Edward O. Wilson, planteó que los seres humanos poseemos una tendencia innata a buscar conexiones con otras formas de vida. Numerosos estudios posteriores han asociado la conexión con la naturaleza a mejoras en el bienestar psicológico, reducción del estrés, incremento de la empatía y fortalecimiento de conductas proambientales.
La discusión, por tanto, no debería centrarse entre elegir instituciones zoológicas o avistamientos en vida silvestre: ambos tienen un papel legítimo en una estrategia integral de conservación y ambos requieren regulación, supervisión y mejora continua. Lo que los datos muestran es que zoológicos, acuarios e IZEMM acreditados tienen extenso valor educativo y para la conservación. Sugerir al turismo de observación de fauna como única alternativa a estos constituye una solución inviable y con impactos ambientales y de bienestar que deben considerarse.
La conservación moderna exige análisis basados en evidencia, no en consignas. Y cuanto más examinamos los datos, más claro resulta que la realidad es considerablemente más compleja que un hashtag.♦
*Miguel Canseco es vicepresidente de Comunicación de la Asociación Mexicana de Hábitats para la Interacción y Protección de Mamíferos Marinos, A. C. (AMHMAR), y Teresa Dávalos Navarro es maestra en Ciencias y asesora científica de la misma organización.