Joel Aguirre · 16 de junio de 2026
Más que una columna o un artículo, esto es una carta para Claudia Sheinbaum. No a la presidenta, me queda claro que ella ha renunciado a asumir ese papel, sino a la persona frívola e insensible que se presenta cada día ante la tribuna nacional. Y quiero saber de qué se ríe cuando le hablan sobre las manifestaciones de colectivos de madres buscadoras, de las movilizaciones del magisterio disidente.
Si en mi texto anterior hablaba de que su ausencia en la inauguración del Mundial demeritaba la investidura presidencial por querer evadir el escarnio público, en esta ocasión hablo a la persona y no a la jefa de Estado y de Gobierno. Es clarísimo que este país no tiene jefatura ni liderazgo. La persona que vemos cada día en las conferencias matutinas es alguien insensible y rebasada por la responsabilidad del poder y la empatía ante la injusticia ajena.
Mientras las manifestaciones y movilizaciones desembocaron en enfrentamientos en las afueras del coloso de Santa Úrsula, Claudia estaba con Clara arropada por sus grupúsculos en el norte de la Ciudad de México. Mientras las familias y los colectivos de búsqueda enfrentaban la indiferencia y la ignominia de una afición ebria de alcohol y de soberbia ante un triunfo pírrico para abrir el Mundial, Claudia brillaba por su ausencia. Y ese es el problema: Claudia es una expresión de la indolencia y la negligencia social.
Como el aficionado mexicano, Claudia prefiere el pavoneo frívolo y servil ante el poder económico de la FIFA, antes que trabajar para atender los problemas que causa su negligencia. En lugar de asumir el liderazgo y la jefatura propias de su investidura, prefiere encerrarse en espacios bajo su control, en un endeble palacio de espejos. Esos espejos no solo están obnubilados por las falsas alabanzas de sus sicofantes, sino muestran ya las grietas de la ineptitud política.
Por eso importa la pregunta: ¿de qué se ríe Claudia? ¿Es una risa nerviosa que permite develar la frustración de no controlar el momento político del país? ¿O es una risa descarada e insensible ante el dolor ajeno? ¿Y si es una risa soberbia ante una supuesta omnipotencia, de alguien que se ha comprado la imagen que le ofrecen sus cortesanos? Si la respuesta a cualquiera de esas preguntas es sí, nos enfrentamos a un momento desolador.
La crisis nacional es innegable y cualquier menosprecio es insensible. Tanto autoridades como sociedad no podemos continuar así: ya sean las personas desaparecidas, la represión policial contra la protesta social, los asesinatos de periodistas o la negativa a reformar el sistema de pensiones, son problemas que nos han definido en los últimos 20 años y son insostenibles. Como sociedad no podemos creer que los problemas nos son ajenos; Claudia como presidenta no puede renegar de su responsabilidad como jefa política.
Mientras ella se ría y desprecie las demandas que se le presentan, difícilmente será una presidenta. Mientras siga rodeada de sicofantes y espejos obnubilados, esa risa solo expresará su desprecio hacia el pueblo que presume gobernar. Tanto se preocupa Claudia por ella que, en el camino, deja sola a la presidenta. Y mientras Claudia se ría, la presidenta sólo cargará con las consecuencias de su indolencia. ♦