“Denle todo el poder a un hombre y verán cómo les va”: Óscar Martínez advierte sobre modelo Bukele

Manu Ureste y Olivia Zerón · 11 de mayo de 2026

“Denle todo el poder a un hombre y verán cómo les va”: Óscar Martínez advierte sobre modelo Bukele

Para el periodista salvadoreño Óscar Martínez, el asunto está claro y no admite medias tintas. En Bukele, el rey desnudo, su más reciente libro, lo plantea desde la primera línea como una advertencia: “Para empezar, dejémonos de rodeos: yo considero a Nayib Bukele un dictador”.

No importa, dice en entrevista, que sea uno de los mandatarios más populares del mundo, con niveles de aprobación que rondan el 80% en su país, ni que haya logrado reducir drásticamente los índices delictivos en lo que alguna vez fue uno de los países más violentos del planeta. Tampoco importa que, allá donde vaya, lo feliciten porque su presidente “acabó con las pandillas” —las temidas MS13 y Barrio 18—, o que en ciudades de medio mundo, entre taxistas o meseros, escuche una frase que ya se volvió lugar común: “Aquí también necesitamos a un Bukele”.

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Para Martínez, jefe de redacción del diario digital El Faro, nada de eso justifica el costo. Ni la pérdida de libertades, ni las graves violaciones al debido proceso —con alrededor de 97 mil personas juzgadas en secreto—, ni el espionaje gubernamental contra activistas y periodistas incómodos, entre ellos él mismo, ni el hostigamiento sistemático del aparato “bukelista” contra cualquier disidencia.

Su historia personal es, precisamente, evidencia de ese clima: lleva un año exiliado en México, tras la publicación en El Faro de una investigación que cuestiona el origen del llamado “milagro” de la seguridad en su país. Según ese trabajo, la reducción de la violencia no fue resultado exclusivo de una política pública eficaz, sino de un pacto con pandillas a cambio de beneficios carcelarios para sus líderes. Todo, a espaldas de la ciudadanía. 

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En “Bukele, el rey desnudo”, el periodista Óscar Martínez retrata al dictador salvadoreño. Foto: Luis Madrid

Olivia Zerón: En el prólogo de tu libro afirmas de forma directa: considero a Bukele un dictador. Sin embargo, es un presidente con más del 80 % de aprobación en El Salvador. ¿Cómo se explica esa convivencia entre autoritarismo y respaldo popular?

Óscar Martínez: No es solo una postura personal, es también la postura editorial de El Faro. Consideramos que Bukele ha construido un control absoluto del poder.

Cuando en febrero de 2024 se reelige violando cuatro artículos de la Constitución que prohíben expresamente la reelección, rompe el último límite institucional. Si la Constitución deja de ser un freno, ya no queda nada que lo sea.

En este momento ya controlaba la Fiscalía, la Corte Suprema, el Tribunal Electoral, además de la policía y el ejército. Es decir, Bukele ha desmontado todos los contrapesos. El Salvador dejó de ser un país gobernado por un sistema y pasó a ser gobernado por una sola persona.

Ahora bien, eso no cancela su popularidad. Sigue siendo alta, pero con matices importantes: en encuestas como las del Instituto de Derechos Humanos de la Universidad Jesuita, más del 80% aprueba su gestión y la medida del régimen de excepción que instauró. Pero cerca del 60 % reconoce que teme consecuencias si lo critica. Entonces, para mí eso es amor con miedo.

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Manu Ureste: Hay una percepción muy extendida —incluso fuera de El Salvador— de que el gobierno sí logró algo concreto: recuperar espacios públicos y desarticular a las pandillas. ¿Qué tanto de esa narrativa es cierto y qué tanto es simplificación?

Óscar Martínez: Hay una parte que es cierta y nosotros mismos la documentamos. Las pandillas fueron desarticuladas como estructura. Negarlo sería absurdo, aunque hay gente de la oposición que se molestó con nosotros por publicar esto.

Después de una masacre en marzo de 2022, Bukele decretó el régimen de excepción y logró desmontar el control territorial que tenían. Eso es un hecho. Pero la discusión no puede quedarse ahí. La pregunta es a qué costo.

El régimen de excepción implica la suspensión de derechos básicos: defensa legal efectiva, límites de detención, debido proceso. Hoy alguien puede pasar días detenido porque un policía escribió que se mostró nervioso.

Además, los juicios son secretos. Hay cerca de 97 mil personas procesadas bajo esas condiciones. Eso significa que uno de cada 50 salvadoreños está preso: la tasa carcelaria más alta del mundo.

Tuvimos acceso a 600 expedientes y encontramos detenciones sin sustento: desde “mostró nerviosismo” hasta documentos sin argumentación mínima.

Entonces sí, ya no hay pandillas como antes. Pero eso no resuelve la pregunta de fondo: ¿puede considerarse pacífico un país donde miles de personas están presas sin garantías? Imagínense ser padres o madres de uno de esos presos. ¿A quién recurres? No hay Corte Suprema de Justicia, no hay fiscalía, y no hay jueces independientes. 

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Óscar Martínez, jefe de redacción de @_elfaro_. Foto: Luis Madrid

Olivia Zerón: Más allá de las políticas de seguridad, hay otro elemento clave: la narrativa. Bukele ha logrado imponer una imagen muy eficaz de sí mismo dentro y fuera de su país. ¿Cómo entender ese fenómeno?

Óscar Martínez: Bukele viene de la publicidad, y eso es fundamental para entenderlo.

Todos los políticos usan propaganda, pero él lo hace con una eficacia inusual. Ha logrado que mucha gente crea que entiende El Salvador después de consumir contenidos muy breves en redes sociales como Youtube.

Construye una imagen muy concreta: los presos como pandilleros tatuados, proyectos como Bitcoin City, gestos simbólicos que sustituyen el contenido.

Es una narrativa extremadamente eficiente, aunque muchas veces esté basada en simplificaciones o directamente en ficciones.

Yo suelo decir que es un político que más que ideas tiene ocurrencias, pero con una gran capacidad para convertirlas en relato dominante.

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Manu Ureste: Esa narrativa ha cruzado fronteras. Aquí, en México, por ejemplo, es común escuchar a personas cansadas de la violencia diciendo cosas como “aquí hace falta un Bukele”. ¿Cómo responder a esa idea cuando se pone sobre la mesa el argumento de los resultados en seguridad?

Óscar Martínez: Primero hay que reconocer algo: las democracias en América Latina han sido insuficientes para muchas personas. No han garantizado seguridad ni condiciones básicas de vida.

Pero el llamado “modelo Bukele” no es realmente un modelo. No es un sistema estructurado. Es una lógica muy simple: concentrar todo el poder en una sola persona. Eso tiene consecuencias claras. Significa renunciar a contrapesos, a instituciones, a garantías. Y eso implica que, cuando el poder se ejerza de manera arbitraria, no habrá a quién recurrir.

Entonces, quien lo defiende debería asumir también ese costo. Porque no se puede elegir solo el resultado sin aceptar el mecanismo que lo produce. Por eso, a quienes lo apoyen, yo lo que les digo es: ‘háganlo, denle el poder a una sola persona, y verán lo que sucede, cómo les va. Háganlo, pero el día que a usted le lleven a su hijo a la cárcel y no haya ni un juez que responda, no se vaya a quejar, porque usted quiso eso’. 

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Nayib Bukele, presidente de El Salvador desde 2019. Foto: @nayibbukele

Olivia Zerón: Desde el exilio, ¿cómo percibes la forma en que se interpreta lo que ocurre en El Salvador? ¿Qué te provoca esa lectura externa?

Óscar Martínez: Hay una simplificación muy grande.

Pasamos de ser un país prácticamente desconocido, que muy poca gente sabía ubicar en el mapa, a uno que mucha gente cree entender a partir de videos en redes sociales.

Eso es preocupante, porque la opinión se construye sobre piezas claramente propagandísticas. Cuando uno pregunta por qué alguien apoya a Bukele, la respuesta suele ser: “lo vi en YouTube”. Eso debería alarmarnos, especialmente a quienes hacemos periodismo. Porque ¿cómo es posible que un hombre le cambie la mente a tanta gente lejana con cápsulas de tres minutos que son, evidentemente, propagandistas? Bukele tiene un nivel de convencimiento ante la gente que, a veces, me hace pensar: ‘bueno… ¿peró qué carajo le pasa a la gente?’. 

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Manu Ureste: En tu libro hablas del exilio de periodistas salvadoreños. Tú mismo eres uno de ellos. ¿Qué hay detrás de esa salida del país?

Óscar Martínez: Hay hechos muy concretos.

Documentamos, con evidencia, que el gobierno pactó con pandillas durante años. Eso no es una opinión, es información publicada y corroborada también por medios internacionales, como The New York Times

Después de publicar esos trabajos, que molestaron mucho a Bukele porque se hicieron muy virales –que te metas en ese terreno le jode mucho–, tuvimos indicios claros de que se preparaban acciones en nuestra contra, incluyendo la posibilidad de detenciones fabricadas. 

En ese contexto, salir del país fue una decisión de protección. El exilio es duro, muy frustrante, pero al mismo tiempo te deja poco tiempo para frustrarte. Porque el exilio es una lucha que te impone una carrera para seguir siendo vigente. Entonces, en este año no he tenido mucho tiempo para frustrarme porque he estado ocupado tratando de no desaparecer. 

Olivia Zerón: ¿Qué implica sostener ese trabajo desde fuera?

Óscar Martínez: Implica dificultad, pero también adaptación. Trabajar fuentes a distancia, reconstruir información, mantener la relevancia. Y al mismo tiempo, evitar algo muy importante: que la animadversión personal contamine el trabajo. El periodismo no puede hacerse desde el odio. Eso obliga a reforzar los controles internos: verificar más, contrastar más, ser más rigurosos. Hacer más periodismo, pues. 

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Soldados y policías establecieron cercos de seguridad alrededor de las zonas donde operaban las pandillas. Foto: @nayibbukele

Olivia Zerón: En tu libro hablas del regreso a tu país. ¿Cómo imaginas ese escenario?

Óscar Martínez: No lo veo cercano, la verdad. 

Bukele ha modificado las reglas para poder mantenerse en el poder. Puede reformar la Constitución prácticamente sin límites. Y  ha dicho que le gustaría estar en el poder al menos diez años más. 

No parece haber un proyecto de país en el sentido clásico, sino un proyecto de permanencia en el poder.

Pero, el reto no será solo volver, sino qué hacer cuando eso ocurra: cómo reconstruir instituciones, cómo recuperar el Estado de derecho, cómo revertir prácticas que hoy se han normalizado. ¿Cómo le vamos a recordar a un juez, después de haber condenado a decenas de miles de personas, que es un delito condenar sin evidencias? ¿Cómo le vamos a enseñar a los carceleros que no pueden torturar? ¿Cómo le vamos a recordar a la gente que puede volver a salir a las calles y decir en voz alta lo que piensa? Es un consenso que tenemos que armar entre todos los salvadoreños porque, si no, no habrá nada. 

Ese será el verdadero desafío.