Cuando el Mundial se va, el fútbol se queda: identidad migrante en una esquina de Brooklyn

María Fernanda Alarcón · 26 de julio de 2026

Cuando el Mundial se va, el fútbol se queda: identidad migrante en una esquina de Brooklyn

En una esquina de Bushwick, Brooklyn, los partidos del Mundial de 2026 se vieron en español, sin boleto de entrada y ante un público que, durante algunos encuentros, desbordó el local y ocupó parte de la calle. En Football Café nadie estaba obligado a consumir: bastaba con llegar, encontrar un lugar frente a la pantalla —dentro o fuera del establecimiento— y sumarse.

El torneo terminó, pero la dinámica permanece. Antes y después del Mundial, el lugar ha funcionado como punto de encuentro para migrantes latinos en Nueva York, bajo una consigna escrita en inglés tan directa como política: “Fuck FIFA, Fuck ICE, Free football”.

Football Café fue fundado hace más de una década por Diego Moscosoni en Chinatown, Manhattan, frente a una cancha donde jugadores y amigos comenzaron a reunirse hasta formar una comunidad.

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Cuando el Mundial se va, el fútbol se queda: identidad migrante en una esquina de Brooklyn
Latinos reunidos en Bushwick para ver el partido México Vs. Ecuador. Foto: María Fernanda Alarcón

Años después, Ronald Shen se asoció con Moscosoni y el proyecto encontró una nueva casa en Brooklyn. La decisión de no cobrar por ver los partidos, explica Shen, parte de una idea sencilla: el fútbol no debería convertirse en un privilegio.

“Queremos que la gente venga y disfrute del espacio que construimos. Nosotros no pensamos que es correcto cobrarle a alguien por ver un partido que puedes ver gratis en tu casa; el fútbol no tiene precio”, dice Shen en inglés.

Rocky Harwood, copropietario del espacio, comparte esa visión. Lo que buscan, explica, es “que la gente conecte entre sí y hable un mismo idioma: el fútbol”.

También rechaza que Football Café sea considerado únicamente un bar deportivo. “Es para todos. Si quieres traer a tu hijo, a tu esposa, a tu ex, no sé qué quieras hacer. Pero estamos aquí por las sonrisas y las risas, sin drama. Y, lo más importante: sin boletos”.

Para algunos de quienes acuden al lugar, reunirse alrededor del fútbol ha cobrado un significado especial ante el endurecimiento de la política migratoria del gobierno de Donald Trump.

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Cuando el Mundial se va, el fútbol se queda: identidad migrante en una esquina de Brooklyn
Rocky Harwood (izquierda) junto a Yusif Thabet (derecha). Foto: María Fernanda Alarcón

Marco Antonio Pérez, originario de Puebla y con más de dos décadas viviendo en Bushwick, tiene un puesto de tacos al lado de Football Café. Ambos negocios comparten clientes, cervezas y el movimiento que generan los partidos.

“Sí, ahorita es para estar más unidos por la situación que estamos viviendo. Sabes de lo que hablo. Nosotros somos ambiente […] No hacemos daño; tratamos de sobrevivir, salir adelante, y se nota en el ambiente”, dice Pérez.

En la esquina, mientras tanto, los niños juegan frente a una pequeña portería y se pasan el balón entre risas y gritos.

Entre quienes los observan está Omar García Mejía, un mexicano que llegó desde Queens con su familia para ver uno de los partidos. Sus hijos nacieron en Estados Unidos, pero llevarlos a un espacio como este también es, para él, una forma de acercarlos a una cultura que se transmite en la vida cotidiana.

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Cuando el Mundial se va, el fútbol se queda: identidad migrante en una esquina de Brooklyn
Gente festejando la victoria de México afuera de Football Café en Calle. Foto: Jacob Romero

“Me acuerdo que, cuando yo tenía como seis o siete años, jugábamos la cascarita en la calle. Poníamos tabiques y teníamos nuestro equipo contra los otros muchachitos, tal vez de la otra calle, y nos poníamos a jugar la cascarita… la famosa cascarita”, recuerda.

Para otros asistentes, el fútbol es una presencia heredada de la infancia y la familia.

Vanessa Guaraca, nacida en Nueva York e hija de padres ecuatorianos de Guayaquil, no lo considera uno de sus pasatiempos, pero lo relaciona directamente con su padre y su hermano: “El fútbol es algo que siempre está en la televisión en mi casa”.

Javier Villanueva, mexicano y aficionado de Rayados de Monterrey, lo resume de otra forma: “Siendo mexicano es desde la cuna”. Su afición, dice, nació entre “mis vecinos, mis primos, mis amigos”.

En la historia de Henry García, hijo de padres poblanos, esa herencia tomó la forma de un equipo. Sus paleterías Maya’s, inspiradas en las heladerías La Michoacana, colaboran con Football Café durante los días de partido, pero su relación con el lugar comenzó mucho antes.

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Cuando el Mundial se va, el fútbol se queda: identidad migrante en una esquina de Brooklyn
Henry García en el interior de Football Cafe. Foto: Jacob Romero

Años atrás, su padre formó un equipo en el que comenzaron jugando García y sus primos. Poco a poco se incorporaron niños de familias con distintos orígenes, culturas e idiomas, hasta reunir, según recuerda, cerca de 100 jugadores. Entre ellos estaba Yusif Thabet, quien años después terminaría trabajando en Football Café.

“Así conocí a Yusif”, cuenta García.

Futbol, migración e identidad

La relación entre fútbol, migración e identidad no comenzó con este Mundial. En 1994, la anterior ocasión en que Estados Unidos albergó el torneo, California atravesaba uno de los momentos de mayor tensión política contra la población migrante: la Proposición 187 buscaba negar servicios públicos a las personas indocumentadas.

Ese mismo año, casi 100 mil personas asistieron en el Rose Bowl de Pasadena a un partido entre Estados Unidos y México. Las banderas mexicanas que llenaron las tribunas mostraron hasta qué punto el fútbol también podía convertirse en una expresión pública de pertenencia.

Tres décadas después, esa relación se manifiesta en una comunidad mucho más numerosa. En 2024, la población latina en Estados Unidos alcanzó los 68 millones de personas y casi 40 millones eran de origen mexicano, de acuerdo con el Pew Research Center.

En el trabajo de Fernando Mendoza, conocido artísticamente como El Donk, esa identidad se convierte en imagen y piel. El artista y tatuador, originario de León, Guanajuato, lleva 11 años viviendo en Nueva York. Sin embargo, fue hace apenas dos cuando encontró en Football Café un espacio en el que se sintió parte de una comunidad.

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Cuando el Mundial se va, el fútbol se queda: identidad migrante en una esquina de Brooklyn
Gente bailando en la calle. Foto: Jacob Romero

“Siempre había querido encontrar un lugar acá en Nueva York donde pudiera ir y sentirme cómodo con la gente alrededor, poder ver el fútbol de forma cómoda. Pasaba básicamente diario a tomar un cafecito… Creo que ahí fue donde conectamos y terminé formando parte del equipo”, cuenta.

Su obra mezcla fútbol, tatuaje, rótulos, estética callejera mexicana y memoria popular. Para El Donk, la relación con este deporte va más allá de lo que ocurre dentro de la cancha porque toca “la identidad, las memorias”.

En ese cruce, explica, una camiseta, una bandera o un escudo no son solamente mercancía deportiva: también permiten mostrar una historia y una pertenencia.

“Llevar a tu equipo en la piel es súper importante para mucha gente que siente los colores como tal, que los ve como parte de su vida y no solo como un equipo al que apoyan”.