Israel Fuguemann · 15 de junio de 2026
Desde su arribo a suelo mexicano, la selección de fútbol de Irán encontró en Tijuana esa frontera que se define con la frase “aquí empieza la patria”. Entrenamientos abiertos, aficionados buscando fotos y hospitalidad han acompañado la estancia del equipo asiático en la frontera de México con Estados Unidos. Sin embargo, esa ilusión de normalidad se desvaneció apenas cruzando hacia el otro lado para su debut en el Mundial contra Nueva Zelanda.

La bienvenida tijuanense —en el país que aceptó hospedar a la delegación iraní, tras la negativa estadounidense—, pareció demasiado lejana este lunes. La selección llegó a Estados Unidos entre protestas convocadas por integrantes de la diáspora iraní, una de las más numerosas del mundo fuera de su país. El partido, que en cualquier otra circunstancia sería un encuentro más de la fase de grupos, se ha convertido en el reflejo de décadas de tensiones geopolíticas, exilio y divisiones que trascienden el futbol, incluyendo una guerra en curso entre Estados Unidos y su aliado Israel, contra Irán.

En medio de restricciones migratorias impuestas por el gobierno estadounidense, la selección iraní tuvo que modificar su plan original para la Copa del Mundo. En lugar de establecerse en Estados Unidos como estaba previsto, encontró en Tijuana una sede alterna desde donde debe desplazarse para disputar sus encuentros, bajo la condición de regresar a territorio mexicano el mismo día.
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Las dificultades no terminaron ahí. Integrantes de la delegación iraní enfrentaron obstáculos para obtener visados y permisos de ingreso a Estados Unidos, mientras que otros funcionarios vinculados con el equipo no recibieron autorización para entrar al país.

La llegada de los futbolistas de Irán a Estados Unidos este lunes se dio bajo medidas de vigilancia extraordinarias. Lejos de los mariachis que escucharon durante su despedida en Tijuana, los jugadores y miembros de la delegación iraní fueron recibidos al otro lado, por agentes de seguridad y personal de control migratorio, acompañados de perros especializados en la detección de explosivos.
Los Ángeles alberga una de las mayores comunidades iraníes fuera de Irán. Desde la Revolución Islámica de 1979, cientos de miles de personas se han establecido en California, muchas de ellas tras abandonar el país por razones políticas, religiosas o económicas. Con el paso del tiempo, la ciudad dio origen incluso al término “Tehrangeles”, utilizado para describir la enorme presencia de iraníes y sus descendientes en la región.
Esa misma historia de migración y exilio explica por qué el partido ha despertado reacciones tan distintas dentro de la comunidad iraní-estadounidense.
Mientras algunos grupos han organizado reuniones para seguir el partido y apoyar a la selección nacional, otros prepararon manifestaciones para expresar su rechazo al régimen iraní, al que responsabilizan de la represión política dentro del país. Así, mientras para muchas personas en el exilio el equipo nacional representa un símbolo cultural que trasciende a cualquier gobierno, para otro sector continúa siendo una representación de la República Islámica.

El contraste se volvió aún más evidente por el contexto internacional.
El debut iraní se produce apenas un día después de que Washington y Teherán anunciaran avances hacia un posible acuerdo destinado a reducir las tensiones en Medio Oriente. Aunque los alcances reales de ese entendimiento aún están por definirse y persisten numerosas dudas sobre su implementación, el anuncio abrió una ventana de distensión diplomática improbable apenas unas semanas atrás.
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En ese escenario, la llegada de la selección iraní a territorio estadounidense adquirió un significado que rebasa el deporte. En días recientes, jugadores y cuerpo técnico insistieron en que representan a todos los iraníes, tanto dentro como fuera de su país, buscando mantener el foco en el futbol. Sin embargo, las preguntas sobre la guerra, las relaciones entre Estados Unidos e Irán y las protestas de la diáspora han acompañado prácticamente cada aparición pública de la delegación.

El recorrido de Irán hacia su debut resume buena parte de las contradicciones de este Mundial: un equipo obligado por las circunstancias geopolíticas a instalarse en México para jugar en Estados Unidos; una selección que encontró en Tijuana una especie de hogar temporal y un trato similar al que reciben otras delegaciones mundialistas, pero que al cruzar la frontera volvió a enfrentarse a las consecuencias de décadas de conflicto diplomático; y una comunidad dividida entre quienes ven en el futbol un espacio de encuentro y quienes consideran imposible separar el balón de la geopolítica.
Cuando el balón ruede frente a Nueva Zelanda, el partido durará apenas 90 minutos. La historia que lo rodea aún está por escribirse.