Melissa Espinosa · 2 de agosto de 2026
Seamos sinceros: los domingos chilangos tienen un guion casi escrito. Despertar tarde, tomar café y ceder ante los antojos: los chilaquiles con harta crema o la clásica barbacoa. Sin embargo, hay mañanas en las que el paladar amanece rebelde. Domingos en los que, en lugar de irte a lo seguro, te dan ganas de meterle una sacudida al antojo y probar algo que nunca antes haya tocado tu plato.
Con esa misión de romper la rutina, me lancé a la colonia Roma Sur para visitar un lugar del que ya me habían hablado maravillas: el restaurante de Doña Vero.

Hablar de Vero Mendoza es hablar de una leyenda viva del comal en la CDMX: empezó con un anafre prestado en la banqueta y hoy lidera un puesto que se ha coronado seis veces campeón del concurso a la quesadilla más rica y extravagante de la Ciudad de México. En una ciudad donde nos encanta debatir si la quesadilla lleva queso o no, Doña Vero decidió saltarse las reglas y crear combinaciones que te vuelan la cabeza.
Al entrar a su establecimiento, el ambiente ya está puesto. Huele a maíz criollo, a chocolate de agua y a ese toquecito místico de los destilados. Su menú tradicional oaxaqueño ya es una delicia con sus mezcalitas bien frías, el cafecito de olla con su respectivo piquete de mezcal y los clásicos tacos de quesillo con chapulines. Pero la verdadera joya de la corona es su sección de quesadillas “extravagantes”. Ahí te encuentras desde guajolote con gusanos de maguey y pulque, tatemado de avestruz, jabalí en adobo, hasta la que me hizo ojitos esa mañana: la quesadilla de venado borracho.

En México, comer venado no es ninguna moda hipster; es una tradición que viene desde la época prehispánica. Para los mayas y los mexicas, el venado (mazatl en náhuatl) era un animal sagrado, el rey del monte. Hoy en día, su consumo sigue muy vivo en varias zonas del país. En el norte, los rarámuris preparan venado y en la tradición culinaria de la Península de Yucatán es el alma del tsi’ik, que es carne deshebrada de venado con naranja agria, rábano y cilantro que está para chuparse los dedos.
La quesadilla llegó a la mesa y visualmente no tuvo mucho chiste. Te la sirven en una tortilla verde hecha con masa de espinaca y amaranto. Por dentro viene la carne de venado molida, flameada con mezcal y cocinada en una salsa de huitlacoche, acompañada de salsa roja.
Le di el primer mordisco con una mezcla de nervios y curiosidad. ¿A qué sabe? A ver, no te voy a mentir: no lo amé con locura, pero tampoco me supo feo. Es, simplemente, un sabor sumamente fuerte, rústico y con mucha personalidad.
La carne de venado es muy magra, así que la textura de la molienda es firme y compacta. Su sabor es terroso, un poquito ferroso. Aquí es donde se nota la mano de Doña Vero: para que no quede seca ni demasiado intensa, la salsa de huitlacoche le da una humedad padrísima y notas ahumadas. ¿Y el mezcal? No se evapora del todo, se queda ahí como un aplauso al final de cada bocado, intensificando el perfil de la carne.
Es un plato para valientes, para gente que de verdad quiere explorar sabores intensos. No creo que sea para todos los días, pero definitivamente es una de esas cosas que tienes que probar al menos una vez en la vida. Y qué mejor que hacerlo en un lugar que sabe cómo tratar estos ingredientes exóticos con respeto y buena técnica.

Para contrastar el golpe de intensidad del venado, seguimos explorando la mesa con opciones un poco más sutiles pero igual de deliciosas. Primero le entramos a la Sopa de la Milpa Vero, ¡qué delicia de caldo! Es súper reconfortante, calientito, con calabacitas tiernas, rajas de chile poblano, granos de elote y cubos de queso que se van derritiendo poco a poco. Lo más tierno del asunto es que te la sirven con tortillas en forma de corazón, que hacen ahí mismo con betabel y amaranto, lo que les da un color rosa precioso.
Para cerrar con broche de oro, pedimos el sope de setas con mole negro. La base de maíz estaba en su punto: gruesa, crujiente por fuera y suave por dentro. Encima, una montaña de setas bañadas en un mole negro oaxaqueño que era pura poesía: denso, pero con balance entre el dulzor del chocolate, el picor juguetón de los chiles mulatos y el toque especiado de la casa.
Ir a desayunar con Doña Vero es recordar que la gastronomía mexicana no solo es reconfortante, sino que también puede ser una aventura divertidísima. Es un espacio que no le tiene miedo a experimentar y que te invita a salir de tu zona de confort con una sonrisa.
Probar el venado fue un gran recordatorio de que nuestro paladar a veces necesita que lo reten. Si tú también ya te cansaste del típico huevito y traes ganas de presumir que probaste algo verdaderamente exótico, date una vuelta por la Roma Sur. Pídete unas tortillas de corazón para empezar, agarra valor y lánzate por esa quesadilla de venado borracho. Te aseguro que, por lo menos, te vas a llevar una muy buena historia que contar.
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