Calladitas, ya no: ¿Qué pasa con la rabia que sentimos las mujeres?

Paula Paredes S. · 8 de marzo de 2026

Calladitas, ya no: ¿Qué pasa con la rabia que sentimos las mujeres?

Entre la representación limitada, la culpa social y la protesta colectiva, la rabia femenina ha sido una emoción históricamente castigada. En el marco del 8M, reflexionamos sobre por qué expresarla también puede ser una forma de resistencia.

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Existe un clip de una entrevista a Anya Taylor-Joy en el que la actriz expresa una frustración que muchas espectadoras comparten: la rabia femenina real casi no existe en pantalla.

Según dijo, cuando las mujeres se enfadan en el cine, la emoción suele aparecer reducida a una lágrima silenciosa o a un gesto contenido. Pocas veces se muestra una furia real y desbordada.

“Me obsesionan las representaciones que sí lo hacen”, comenta en el video.

Esta no observación menor, durante décadas, la cultura ha moldeado la idea de que las mujeres debemos ser pacientes, comprensivas o silenciosas. Que debemos estar casi en conflicto con emociones consideradas “negativas”, entre ellas la rabia.

Cuando esa norma se rompe, ya sea en pantalla o en la vida real, la incomodidad aparece.

Hay incluso algo irónico en escribir sobre esto: explicar una emoción profundamente humana y universal, pero que cuando aparece en las mujeres sigue generando debate, incomodidad o requiriendo justificaciones.

Que todavía tengamos que analizarla dice mucho. En cierto modo, es una radiografía cultural: esta emoción sigue siendo tema de conversación porque aún se espera que las mujeres expliquen, suavicen o pidan permiso por sentirla.

Para entender de dónde vienen estas diferencias, hablamos con Paulina Uribe Morfín, profesional en Psicología, maestra en Antropología Social y responsable del área de Cultura y Comunicación de la Coordinación para la Igualdad de Género en la UNAM.

Una diferencia en el “deber ser”

Las diferencias en la forma en que mujeres y hombres expresan emociones no surgen de manera espontánea, explica Paulina, sino de procesos de socialización profundamente arraigados:

“En general la manera en la que somos socializados hombres y mujeres cambia… gran parte de esa diferencia radica en cómo nos podemos vincular con nuestras emociones y cómo las podemos expresar”.

Instituciones como la familia, la escuela, la religión o incluso los medios de comunicación participan en esa construcción al reforzar ideales sobre cómo se “debería ser”. Esto también explica por qué una misma emoción puede ser juzgada de forma distinta dependiendo de quién la exprese:

“Si un niño reacciona con enojo se suele decir ‘los niños son así’. Pero si es una niña seguramente se le va a castigar o penalizar más, porque a las niñas se nos socializa para estar calladitas y sonrientes”

¿Histéricas? No, históricas

Esta forma de interpretar las emociones femeninas no solo se reforzó en la vida cotidiana, sino que durante siglos también estuvo presente en la medicina y la psicología.

“La medicina se configuró desde modelos muy machistas donde la figura que se estudia es el hombre. A esa figura se le atribuye la normalidad y todo lo demás pasa a ser anormal”, explica Paulina.

En ese contexto surgió uno de los conceptos con los que se ha intentado invalidar la furia o rabia que sienten las mujeres: la histeria.

“A las mujeres se nos catalogó como más emocionales y por lo tanto como histéricas”.

El término incluso tiene raíces etimológicas que dicen mucho: proviene del griego hystera (ὑστέρα), que significa útero o matriz

“La palabra histeria está relacionada con la palabra útero. Se pensaba que por tener matriz éramos más vulnerables o exageradas emocionalmente”.

De esta forma, este diagnóstico patologizó emociones legítimas e invalidó las experiencias de las mujeres, y aunque esto ocurrió hace siglos, la idea sigue apareciendo en la vida cotidiana.

¿A cuántas de nosotras no nos han llamado “histéricas” por expresar enojo?

“Cuando nos dicen que estamos exagerando, lo que están haciendo es invalidar lo que estamos sintiendo”, dice Paulina.

Sumado a esto, agrega que hemos tenido que luchar para que nuestras emociones sean validadas o aceptadas:

“En las mujeres sí es una presión muy fuerte, ¿no? Entonces, por un lado se nos dice: ‘No puedes expresar todo; si lo quieres expresar, tiene que ser bonito’. O sea, sin molestar, sin hacer mucho escándalo. Y si además lo expresas, pues te cae la culpa, como de: ‘Híjole, no pensaste en los demás, mira todo lo que provocaste’. Y con eso crecemos.”

 

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Una emoción necesaria

Desde la psicología contemporánea las emociones se entienden de otra forma. La rabia por ejemplo, es una de las múltiples formas que puede adoptar el enojo junto a la irritación, la frustración o la cólera.

“No podemos decir que una emoción está mal solo por existir. Siempre hay que preguntarnos por qué está ahí”.

Las emociones, explica la especialista, también funcionan como un sistema de alerta, por lo que prohibirlas o castigarlas puede tener consecuencias. Decirle a alguien que no exprese la rabia es, en cierto modo, decirle que no use su radar emocional para reconocer si está en peligro.

“El miedo o la rabia nos ayudan a entender contextos en los que estamos en peligro”.

Cuando la emoción es colectiva

Cuando esa emoción se comparte entre muchas personas, puede transformarse en algo más: una expresión colectiva.

En las marchas del Día Internacional de la Mujer, esa emoción se vuelve más visible en las calles.

En ese contexto revive uno de los discursos más virales y poderosos: el de Yesenia Zamudio, madre de María de Jesús Jaimes Zamudio, víctima de feminicidio. En un video que circula cada año en redes sociales, su mensaje es contundente:

“La que quiera romper que rompa, la que quiera quemar que queme y la que no, que no nos estorbe”.

La frase pronunciada con furia, suele dividir opiniones. Para algunas personas, ese enojo resulta incómodo. Para la especialista, ese cuestionamiento revela algo más profundo: lo increíble de que alguien se sienta con autoridad de decir cuáles si son las formas.

“Quien se pone en esa posición lo que está haciendo en primer lugar es invalidar a la otra persona por su propia existencia. ¿Cómo le puedes decir a alguien que no está bien sentir rabia? ¿O cómo le puedes decir a un niño que se cayó que no está bien llorar?...El sistema es tan absurdo y tan agresivo, con estructuras tan rígidas, que es capaz de decirles a mujeres que buscan a sus hijas desaparecidas que están rabiosas o que ellas son las que están mal. Es decir, el sistema está tan descompuesto que termina señalando a quienes exigen justicia. Por eso es importante que como mujeres entendamos que el problema no somos nosotras, sino el sistema”, explica.

Y es que no solo las emociones han sido cuestionadas, nuestra vida, nuestra sexualidad, cómo nos expresamos, cómo nos vestimos, cómo nos sentimos.

“Las mujeres siempre hemos estado históricamente en una categoría invalidada, pues todo lo que hagamos está mal, de cajón. Lo que hagamos, lo que pensemos y lo que hablemos ya está mal. ¿Quién se pone en la posición de señalar? Quien se siente superior”

El derecho a definirse a una misma

En ese contexto, donde la existencia misma de las mujeres suele ser cuestionada, aparece también la pregunta sobre quién tiene el poder de validar sus decisiones, emociones o formas de vivir. 

Frente a esa presión constante que puede venir del Estado, de la iglesia, de la familia o incluso de la escuela surge una postura de autonomía que busca romper con esa necesidad de aprobación.

“No necesito que tú me valides, ni como estado, ni como iglesia, ni como familia, ni como escuela… yo me puedo validar”, dice Paulina, poniendo en palabras una idea que atraviesa muchas experiencias femeninas: el derecho a definirse a una misma.

Pero esa afirmación no ocurre en el vacío. En un país como México, atravesado por distintas violencias, sostener esa posición puede ser agotador y profundamente desgastante. Después de todo, las personas siguen siendo seres sociales que buscan pertenecer

Ante esto, Paulina propone la negociación bajo nuestros propios límites:

“Aquí lo importante siempre es hacer un ejercicio de autonomía de pensar qué validaciones estoy dispuesta a negociar, aceptar y a cambiar y cuáles no. Y quien se sienta con la autoridad de decir que que es válido lo que uno siente, pues allá ellos, ¿no?”

La digna rabia

Dentro de los movimientos sociales, surge la digna rabia, un término en el que la emoción no es paralizante, sino que impulsa organización y protesta al tiempo que reivindica eso que por años se nos ha prohibido.

“En un sistema que históricamente ha buscado mantener a las mujeres “calladitas y sonriendo”, el desánimo también funciona como una forma de control: si se instala la idea de que nada va a cambiar, entonces tampoco habrá acción”, explica la especialista.

Por eso, cuando se cuestiona la rabia de las mujeres o se señala como inapropiada, en realidad se están activando mecanismos que buscan paralizar la protesta; ante esto, la digna rabia plantea lo contrario: transformar esa frustración en movimiento.

No se trata solo de enojo, sino de una indignación que se convierte en organización, en exigencia y en presencia pública. 

Así, esa emoción deja de ser un sentimiento individual para convertirse en una fuerza colectiva que se expresa en marchas, en redes, en espacios de debate y en distintas formas de resistencia cotidiana.

“La digna rabia te lleva a actuar y a exigir derechos. Sabemos quién es responsable de lo que está pasando, lo nombramos, lo señalamos, lo gritamos en las marchas”.

Por eso, lejos de ser solo enojo, esta furia que vemos cada 8M, la iconoclasia o lo que sientes al ver que muchas compartimos experiencias negativas se convierte también en acción política.

Foto:Cuartoscuro

¿Por qué importa verla también en pantalla?

Durante mucho tiempo, el modelo desde el que se han construido las historias y también muchas normas sociales ha sido el masculino.

En ese esquema, la rabia masculina puede interpretarse como fuerza, liderazgo o carácter, mientras que la rabia femenina suele verse como exceso, descontrol o algo inapropiado.

En la ficción esto se traduce en personajes que muchas veces siguen encajando en ese molde tradicional o cuyas emociones se suavizan para que resulten “aceptables”. Así, aunque la rabia femenina existe claramente en la vida cotidiana, sigue siendo incómoda de representar, porque implica cuestionar el modelo desde el que durante décadas se han contado las historias.

De todo esto deriva que celebremos los personajes femeninos reales,  la representación importa porque los medios como el cine amplifican los estereotipos sociales.

“Los medios reproducen los estereotipos que ya existen, pero también los amplifican”.

Por eso la presencia de directoras, guionistas y creadoras mujeres es clave.

“Es importante que haya mujeres aprovechando esos espacios para mostrar otras representaciones”.

Más allá de esperar cierta aprobación para sentir y expresar (porque no la necesitamos), ver mujeres complejas, enojadas, frustradas, intensas, permite reconocer experiencias que existen fuera de la pantalla; y es en ese sentido que películas recientes como Barbie, Promising Young Woman o Lady Bird muestran personajes femeninos que ya no piden disculpas por incomodar.

Después de la marcha: el autocuidado

Y como veníamos mencionándolo, las movilizaciones del 8M suelen ser emocionalmente intensas a nivel físico y emocional. Ante esto, Paulina reconoce la importancia del autocuidado y nos recuerda que también es debemos entender que no es posible luchar en todos los frentes al mismo tiempo.

“Tenemos que elegir qué batalla vamos a dar cada día, también se vale decir: aquí sí la doy, aquí no la doy”.

Sumarse a la lucha también puede tomar muchas formas:

A veces comienza por algo tan simple como dejar de censurar ciertas emociones, reconocer la rabia cuando aparece o permitirse nombrarla; otras veces pasa por los espacios culturales: ver, compartir y apoyar historias contadas por mujeres o representaciones que muestran experiencias femeninas más complejas y reales.

En un sistema que constantemente cuestiona la existencia de las mujeres, permitirse sentir, incluida la rabia, también puede ser un acto de resistencia.