Redacción Animal Político · 3 de abril de 2026
El tradicional Viacrucis de Iztapalpa, declarado Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad por la Organización de Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco), reúne a más de dos millones de personas.
Su reconocimiento como una de las escenificaciones más importantes del mundo la pone a la par de las que se llevan a cabo en Filipinas, España y el Vaticano.




Para esta, la representación 183 de la Pasión de Cristo en Iztapalapa, el Comité Organizador informó que participan 135 actores con diálogo, 150 músicos y cerca de 2 mil personas en procesión —entre nazarenos y mujeres del pueblo— quienes recorieron unos 2 kilómetros desde la Macroplaza de la alcaldía hasta el Cerro de la Estrella, en donde se representa la crucifixión de Cristo.




Este año, Arnulfo Eduardo Morales Galicia, de 25 años, médico egresado de la UNAM, personificó a Jesús. El año pasado “peleó” por el papel, pero quedó en segundo lugar.




El origen de esta representación, que al paso de los años ha sabido adaptarse a la modernidad, se remonta hacia 1833 cuando una epidemia de cólera azotó al pueblo de Iztapalapa, por lo que los lugareños fueron a pedir al Cristo de la Cuevita que les ayudara porque mucha gente estaba muriendo. Era incontrolable. Tiempo después la epidemia terminó. ¿Fue un milagro?, al menos para los lugareños sí, por lo que en agradecimiento le construyeron una capilla.

Diez años después de aquella primera plegaria, en 1843 —y de forma ininterrumpida, incluso sin público durante la pandemia de Covid-19— en la Semana Santa comenzaron las procesiones y la representación del viacrucis de Cristo.

A lo largo de 183 años, este ritual de reafirmación y cohesión social ha contado con la participación activa de los habitantes de los ocho barrios de Iztapalapa quienes, más allá de su fe religiosa, asumen el compromiso comunitario de continuar con la tradición para agradecer y honrar al Cristo de la Cuevita.
Con información de Dalila Sarabia.