Jorge Ávila @RepublicaPayaso · 29 de marzo de 2026
Es otro sábado más en la capital. A pocos minutos de las 6 de la tarde, en el Centro Histórico de la Ciudad de México, el comercio arranca la limpieza. Bullicio, como siempre, con sus olores y estampas tan peculiares; una doña presume su vaso de unicel con esquites y cuatro o cinco patitas de pollo, mientras un joven vendedor de piezas de electrodomésticos prende ‘un gallo’. Huele.
En la esquina, un niño con sudadera roja se pierde en su celular mientras cuida-atiende el puesto de cocos. A esta hora, la calle de Francisco I. Madero es un ir y venir, entre los que buscan llegar al Zócalo y aquellos que huyen de él. Frente a Bellas Artes es imposible transitar en auto. Otra manifestación-marcha-perfomance contra todo lo que hace mal el Estado complica la circulación para el que no llegó en Metro o bici. Entre calles hay ya más patines eléctricos chinos que motos del Tío Richie… “mortalica”, como les llaman muchos.
“Imagínate cómo va a estar esto en la inauguración del Mundial”, le dice un bato a otro en un semáforo mientras observa la andanada de aficionados que poco a poco caminan rumbo a la Plaza de la Constitución, ahí donde se va a llevar a cabo el Fan Fest. Recordemos que aquí mucho es poco.
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“Hasta la madre”, responde su acompañante, ataviado de los símbolos patrios, como “niño héroe”, envuelto en su bandera, en la playera de la selección nacional. Y no, no es para menos: la poderosísima, se enfrenta en unos minutos a Portugal, de CR7, aunque no viene… ni él ni el cuadro completo que parará “El Vasco” Aguirre contra Sudáfrica en el ahora Estadio Banorte.

Primer tiempo. Ya en la plancha del Zócalo están dispuestas sillas para quienes lleguen temprano. De frente, una pantalla de chorrocientas pulgadas superreforzada contra el viento que, dice el meteorológico, dejaría el frente frío 42. Quien está aquí debió pensar en estar bien abrigado. “Trinche aire”, exclama alguien.
“Bordada, a 250 la playera, bien hecha…”, pasa un joven portando lo que ofrece. Etiquetas de fuera, como la original, pero aquí, “lleve, lleve la playera”. Barata, barata. La de México.
“No, no es Guardado”, grita con falsa emoción el insípido animador debajo de la pantalla dispuesta por el gobierno de la Ciudad de México.
“¡Era Héctor Moreno! Quien anotó el gol de último minuto (90+1) para empatar 2-2 México contra Portugal en el debut (sic) de la Copa Confederaciones 2017”; la reacción de aquellos que sabían la respuesta muestra que somos un país católico y futbolero. Conocedores de mundiales. No por nada la afición hoy se reúne arriba de los restos prehispánicos, atrás de la Catedral, junto al Palacio de Gobierno y frente al Palacio del Ayuntamiento.
“¿Crees que si nos quedamos en el pasillo se llene de gente?”, le preguntó a un aficionado que toma fotos como para mandarle a su prole. “No sé, es mi primera vez. Vengo desde Los Ángeles, California”. El llamado de los animadores es a no pararse ahí: “Hay sillas, pondremos más sillas”. Nuestro amigo migrante luce emocionado por lo que espera que suceda en el Zócalo de la CDMX.
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Entre dinámicas deslucidas y propaganda pasan los minutos previos al partido. Quien cree que algo es gratis se equivoca. La ultrapantalla superreforzada patrocinada por la JG de la CDMX presume el Cablebús, al taco, a sus conciertos masivos y a medio millón de jóvenes en las universidades. “Es la ciudad de los derechos, con 100 ‘Utopías’”, repite el comercial; sí, esas “Utopías” que muchos no quieren en su barrio.
Pero aquí todo se puede capitalizar. Hoy el nacionalismo está a flor de piel. La propaganda está ahí. Algunos cantan el “Cielito Lindo”, quizás para entrar en calor. Son las 6:45 y los animadores ya se fueron del templete. Los organizadores colocan más sillas. El aire pega duro, casi como lo pronosticó el meteorológico. “Sin racismo ni clasismo”, piden a los presentes desde el micrófono.
Son 6:50 y el aficionado ya se calienta, chifla, reclama por qué no pasa nada. La pantalla solo repite que “la pelota vuelve a casa” y que la CDMX es la ciudad de la transformación. De pronto, la transmisión de Televisa se muestra en la pantalla, desde el estadio Banorte, y la gente aplaude.
¿A alguien en la ciudad se le ocurrió vender comerciales? La señal cambia a un spot de un auto y se viene la rechifla. No acabó de reproducirse, pero la transmisión se volvió a cortar. “Si no tienen, les cooperamos para el internet, culer…s”, grita uno. “Vámonos a mi casa”, grita otro; “ahí les van dos pesos de internet”. Mexican curious dirían algunos desde su palco en Banorte.
Por fin, las arengas de los narradores de TUDN se oyen a todo lo que da en el equipo de sonido. Comienza a caer la noche; el sol se va de a poco. Suena nuestro Himno Nacional. Todos se paran; los poco más de cinco mil aficionados que llegaron entonan: “mexicanos al grito de guerra”; unos con diestra en el pecho, otros con la siniestra en el celular.
Se enchina la piel, chingao. ¡Viva México! El partido está por arrancar. El Mundial… nuestro Mundial, está por empezar.
¿Y las chelas? Terminó el partido. Resuena una rechifla contra el Tricolor. Diez mil aficionados presume el gobierno de la CDMX. El termómetro presume 13 grados centígrados. Y el inusual viento, aleja a la afición que no pudo ir al ahora Estadio Banorte.
Tarde-noche familiar, algo aburrida. Sin venta de alcohol ni botana. Uno que otro ambulante se coló en medio del operativo Kukulcán, que, según el gobierno, reordenó el ambulantaje. Unas papitas, un café o un refresco no habrían molestado a nadie.

Una improvisada batucada dirigida por los organizadores intentó poner ambiente. Cuando la afición quería agarrar calor en esta noche fría, los anfitriones la chorreaban (para decirlo de manera decente); en cada comercial del Canal 5, le quitaban el ritmo a la transmisión.
Sólo el ingreso de “La Hormiga” al encuentro y una que otra llegada a gol de la selección de México, pusieron a gritar a los presentes. El frío caló. Eran las 8:59 de la noche, con la precisión de un boletín de gobierno, la plancha de Zócalo comenzó a vaciarse.
Un grupo de gente sin hogar… indigentes para algunos, miraba aún la pantalla, al pie del asta bandera, a unos meses del Mundial. Estampa de esta urbe. Inmensa. Desigual.