La pelea de los Xochimilcas, el ritual donde la sangre se ofrece como tributo para las cosechas

Israel Fuguemann · 15 de marzo de 2026

La pelea de los Xochimilcas, el ritual donde la sangre se ofrece como tributo para las cosechas

Axel está sentado solo en una banca. Su semblante revela un temor que aún no sabe describir.  Lleva las manos vendadas para protegerlas de los golpes que está por dar y viste la ropa tradicional de las mujeres de su comunidad: falda y huipil bordados a mano con motivos florales multicolor que destellan bajo la cálida luz de la tarde. El muchacho de 14 años mantiene fija la mirada en la plaza, donde en breve estará peleando contra un contrincante aleatorio de un pueblo vecino al suyo en el municipio de Zitlala, en Guerrero.

Frente a él, a unos cuantos metros, una multitud se congrega como cada año —entre tragos de mezcal y música de tambores y trompetas— para mantener viva una de las tradiciones más antiguas y arraigadas en esta región al norte de la capital del estado: la pelea de los Xochimilcas, una batalla ritual entre pobladores de distintas comunidades , donde la sangre que se derrama es ofrecida como tributo fértil para las próximas cosechas y como una forma de purificación espiritual antes de la Cuaresma.

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—¿Qué pasa por tu cabeza?
—Estoy nervioso. Tengo un poquito de miedo.
—¿A qué le temes?
—Perder.
—¿Qué significa perder para ti?

Axel piensa unos segundos.

—No lo sé…que ya lo di todo y no se puede. A veces pasa en la vida.

La pelea de los Xochimilcas en Guerrero
Foto: Israel Fuguemman.

Es la tercera vez que Axel subirá a la plaza para pelear. Lo hará como lo hizo su padre y antes su abuelo, y al igual que todos los hombres que a ellos genealógicamente los antecedieron. En Zitlala, pelear es una forma de mostrar “valentía y honor”; algo que nadie parece estar dispuesto a cuestionar. 

La leyenda oral cuenta que, hace siglos, los hombres comenzaron a vestirse como mujeres para protegerlas. Así confundían a sus agresores y los cazaban cuando se les acercaban para intentar violentarlas. Desde entonces, durante Semana Santa, el pueblo revive esa memoria. 

El cuerpo de Axel, delgado y poco musculoso, se debate aún entre la infancia y la juventud. Un tránsito complejo que no le impide usarlo para atacar y defenderse; arma y escudo a la vez. Más allá del ritual comunitario, pelear no le es ajeno. En la escuela también organizan combates entre grupos, parecidos a los de la plaza. “Peleas sanas”, las llama el chico, como si medir fuerzas, golpear y aprender a resistir los golpes, fuera otro tipo de aprendizajes necesario para la vida.

La memoria: los hijos pelearon, ahora los hacen los nietos

Isidro Tomatzin está parado en el filo de la puerta de su casa, una construcción vieja de muros de adobe, desde donde mira a los jóvenes xochimilcas danzar por las calles de San Mateo, el barrio al que pertenece y que ha defendido a lo largo de sus 85 años. 

Apoyado en su bastón, medio ciego y sordo, mantiene intactos los recuerdos de “aquellos tiempos, cuando todavía era fuerte y peleaba”; la última vez hace 20  años.

Los muros de su vivienda son un recorrido por la historia e identidad de este pueblo de origen náhuatl, ubicado desde hace siglos en una parte de la Sierra Madre del Sur. Repartidas por la habitación, aparecen fotografías de sus hijos luchando cuando aún vivían. También hay máscaras de jaguar, símbolo de la identidad  guerrerense que su familia fabricaba hasta hace apenas unos años.

La pelea de los Xochimilcas en Guerrero
Foto: Israel Fuguemman.

Esas imágenes, colgadas de las paredes de Isidro, son solo una estampa de una realidad más amplia y compleja: en Zitlala, el 50.7 % de la población vive en pobreza moderada y el 38.6 % en extrema, de acuerdo con la medición municipal de pobreza multidimensional 2020 del ya extinto Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (Coneval). 

Cifras que son palpables en las casas de adobe, en los techos de lámina y en los caminos sin pavimento. Pero también en el silencio que parece una forma de resignación detrás de la costumbre de volver temprano y en la manera en que la violencia se ha vuelto un rumor constante, que rodea incluso las celebraciones.

Jaime era el más entusiasta de los hijos de Isidro. El que hablaba de la lucha y la tradición como si fueran herencia sagrada. 

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La idea de que la casa de su padre se convirtiera en  un museo fue suya. Aunque vivía en la capital, a donde se fue en busca de trabajo, regresaba cada año por estas fechas. Volvía para vestirse, pelear, abrazar a su padre y caminar por las calles de San Mateo. La celebración era el pretexto perfecto para regresar. .

Isidro no entra en detalles cuando menciona su muerte. Sin él, la idea del museo se fue empolvando, como las fotografías, las máscaras y los muebles de la habitación.

Uno de los xochimilcas que Isidro mira desde la puerta de su casa es nieto suyo. Avanza bailando, entre trago y trago de mezcal, arropado por otros jóvenes del barrio. Todos llevan la vestimenta tradicional de las mujeres: falda, huipil y paliacates en la cabeza, que contrastan con los los tenis de marcas extranjeras recién estrenados que también portan Así salen a pelear. Así dicen que se muestra la hombría o, al menos, el concepto que tienen de ella.

El día de la pelea de los Xochimilcas, la lucha es entre barrios. San Mateo, San Francisco, la cabecera muicipal y Tlaltenpanapatl se enfrentan por turnos, en una disputa donde puede haber hasta un centenar de combates en unas cuantas horas. Enfrentar y vencer al grupo rival es la constante de este ciclo que ocurre una vez al año.

Isidro sigue a su nieto hasta donde la mirada le alcanza. Afuera, la música suena cada vez más fuerte y los cuerpos entran en una excitación que va subiendo de nivel.

La pelea de los Xochimilcas en Guerrero
Foto: Israel Fuguemman.

Después de un año de espera, las peleas por fin comienzan. Hay gritos, empujones, sonrisas nerviosas. Los xochimilcas se abren paso entre la multitud como si expulsaran el miedo del cuerpo.

Los primeros intercambios de golpes emocionan a la gente. La plaza principal de Zitlala vibra. Aparecen también los primeros heridos: cejas abiertas, labios partidos, manos ensangrentadas.

Chelo, originario del barrio cabecera, baja del cuadrilátero con el rostro golpeado y las manos vendadas ensangrantadas. Respira con dificultad. El sudor le corre por el torso y las palabras no terminan de salirle; dice que lo que siente es adrenalina y que arriba se saca todo lo que uno arrastra de la vida diaria: los problemas del trabajo, las discusiones en la casa. 

Es una fuga en medio de un entorno que no da tregua. Ahí se descarga el cansancio, la rabia, la precariedad de un olvido histórico. 

El camino

A 70 kilómetros de Zitlala, sobre la carretera que sale de Chilpancingo, “El Sheriff”, un reconocido escritor local, conduce su viejo auto, un Chevy de los años 90. Abordo viaja un pequeño grupo de periodistas cuya intención es documentar la pelea de los Xochimilcas. 

“El Sheriff”, originario de Tierra Caliente, Guerrero, lleva muchos años viajando y escribiendo sobre su estado natal. Conoce los pueblos, las veredas, los nombres, incluso aquellos que no aparecen en los mapas. Con las manos bien sujetas al volante va marcando referencias invisibles: dónde empieza Ayotzinapa, dónde termina la cabecera de Chilapa, qué rutas conviene evitar.

Los caminos de Guerrero han sido durante muchos años zonas complejas, algunas veces hostiles para transitar libremente. Las crónicas y relatos que durante décadas han retratado al estado lo confirman. 

En Guerra en el paraíso, por ejemplo, Carlos Montemayor dejó constancia de la guerra sucia y de los atropellos del Ejército contra comunidades indígenas y activistas, y escribió que este es un territorio donde la pobreza y la violencia aprendieron a caminar juntas. Durante esos años, el Ejército persiguió a campesinos, maestras y luchadores sociales; pueblos enteros aprendieron a callar, a esconderse, a desconfiar.

“El Sheriff” dice que el paisaje no dice nada pero lo explica todo.

La pelea de los Xochimilcas en Guerrero
Foto: Israel Fuguemman.

La carretera se estrecha y aparecen los primeros retenes. Nadie explica quién está a cargo o a qué grupo pertenecen. Lo que es un hecho es que aquí se aprende a viajar con luz, a regresar antes del anochecer y a no improvisar rutas.

“Entre periodistas locales nos avisamos trayectos, compartimos ubicaciones, aprendemos a no movernos solos”. No es paranoia: es oficio. En un país donde más de 150 periodistas han sido asesinados desde el año 2000 y donde Guerrero figura entre los estados con mayores agresiones contra la prensa, cubrir el territorio también implica aprender a cuidarse. El abandono se ve en el camino: hay tramos rotos, pueblos que parecen vacíos, como si el aislamiento fuera la mejor manera de mantenerse intactos, de conservar sus tradiciones, pero sobre todo de preservar sus formas de gobierno.

Luego de dos horas de historias entramos a Zitlala mientras el sol cae a plomo y la fiesta más antigua del pueblo comienza a tomar forma. Afuera del auto, en este pequeño pueblo montado sobre laderas, el ritual ya está en marcha: hombres y unas cuantas mujeres bailan y beben. Es la antesala del riego de su sangre.

La pelea de los Xochimilcas en Guerrero
Foto: Israel Fuguemman.

Una vida diferente

Marlen espera su turno a un costado de la plaza que conforme avanzan los minutos se va salpicando de un rojo intenso. Tiene las manos húmedas de sudor y los ojos atentos al centro de la cancha. Es una de las pocas mujeres aquí.

La música de la banda suena a tope. Marlen baila sutilmente, lo hace solo para sí misma, como para intentar distraer los pensamientos.

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La joven nahua tiene 16 años y dice que pelea porque le gusta. Que para ella se siente bien, aunque no sabe qué sienten los demás y tampoco parece importarle mucho. Cuenta que las mujeres entran al último, después de los hombres. Que así es la costumbre, “lo normal”, así que no lo cuestiona.

Ella nació en Tlaltenpanapatl, una comunidad indígena muy cerca de Zitlala, en un estado donde más de 200 mil  personas se reconocen como nahuas, de acuerdo con el Censo de Población y Vivienda 2020 del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi). 

La pelea de los Xochimilcas en Guerrero
Foto: Israel Fuguemman.

Es la única de su pueblo que pelea y lleva tres años subiendo a la cancha. Cuenta que le gusta la sensación de adrenalina porque nunca sabes contra quién te va a tocar: puede ser alguien del otro barrio o tu mejor amiga.

Algunos le han preguntado para qué pelea. Ella responde que primero porque le gusta y luego para aprender a defenderse, “por si acaso tengo una vida diferente”, dice sin levantar la voz, todavía empujada por el bullicio.

La joven de ojos rasgados, casi negros, no explica qué sería esa vida distinta. Tradicionalmente son las mujeres quienes cocinan, acomodan las flores y ayudan a vestir a esposos e hijos como parte del ritual. Ellas preparan los cuerpos que subirán a pelear. Ellas limpian, esperan y curan. Sus actos sostienen la fiesta, pero casi no se ven y tampoco nadie los reconoce porque la sangre acapara las miradas.

Marlen entra al cuadrilátero. Afuera permanecen las mismas tareas, los mismos cuidados, el mismo reparto del mundo.