El Lado B del partido: cómo aficionados ingleses celebraron la victoria en México

Israel Fuguemann · 6 de julio de 2026

El Lado B del partido: cómo aficionados ingleses celebraron la victoria en México

Track 1. La deuda con el Azteca. David viajó desde Bristol para ver a Inglaterra disputar los octavos de final del Mundial 2026, pero su motivación iba más allá del partido.

It’s all about the Aztecarepetía. 

La travesía no tenía tanto que ver con México, ni siquiera con su propia selección, sino con ese coloso que durante décadas ha ocupado un lugar magnético en la memoria futbolística de su país.

La angustia mexicana ante los primeros zarpazos de Inglaterra
La angustia mexicana ante los primeros zarpazos de Inglaterra. Foto: Israel Fuguemann

El Estadio Azteca, ahora llamado Ciudad de México, no es una cancha  cualquiera para la afición inglesa. Es el templo donde, en 1986, la Selección Argentina de Diego Armando Maradona convirtió la ‘Mano de Dios‘ y el ‘Gol del Siglo’ en  símbolos indelebles de una de las derrotas más dolorosas en la historia de los Tres Leones.

We’ve got unfinished business in the Azteca —decía David, sintetizando una obsesión compartida por toda su generación. 

El partido de este domingo, no se trataba solo de  derrotar a México para seguir en el Mundial, sino de cerrar un capítulo inconcluso, un pendiente que en el imaginario colectivo de su país sigue presente desde hace 40 años, cuando Argentina eliminó a los ingleses en el Azteca aquel 22 de junio, aún con los ecos de la Guerra de las Malvinas retumbando alrededor.

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El peso de las memorias pasadas convivía con el asombro del presente. La Ciudad de México ofrecía un ritmo que desconcertaba a los británicos: la facilidad para entablar conversación con desconocidos, la calidez de la recepción y la intensidad que se vive en calles y avenidas. Para los visitantes, eso se convirtió en el verdadero corazón del viaje, superando al futbol.

En contraste con la marea verde, trompetas y cánticos que inundaban el Centro Histórico, los ingleses permanecían en un discreto segundo plano. Diluidos entre la multitud, concentraron su presencia en bares, hoteles y terrazas. 

Desde ahí observaban el entusiasmo local, mientras por sus mesas desfilaban tacos y tequila.

Sin embargo, la conexión entre ambas naciones no nacía ni moría en la cancha. Mucho antes de que se enfrentaran con un balón de por medio, Inglaterra ya había encontrado otra forma de instalarse en la cotidianidad sonora de millones de mexicanos.

Todos, atentos al intenso desarrollo del partido
Todos, atentos al intenso desarrollo del partido. Foto: Israel Fuguemann

Track 2. La otra Inglaterra

La respuesta no estaba a los pies de la barra donde David terminaba su pinta. Había que alejarse del tumulto, internarse en la colonia Juárez y buscar un pequeño local escondido entre calles arboladas: The Duke of Lisbon (Public House)

Ahí, a salvo del rugido del Centro, la relación entre ambos mundos adoptaba su propia frecuencia.  

Afuera, cláxones y coros nacionales marcaban el pulso de la ciudad. Adentro, estallaban guitarras con riffs familiares y rolas coreadas de memoria por la mayoría, sin necesidad de traducción. 

Los británicos bebían con nostalgia mientras los locales seguían los acordes con naturalidad. 

El romance cultural inició con la irrupción del rock británico en los años sesenta. Oleadas de jóvenes en México crecieron bajo el influjo de The Beatles y The Rolling Stones. Luego llegaron nuevos sonidos, estéticas y formas de canalizar la rebeldía. 

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Para las generaciones de los setenta, ochenta y noventa, Inglaterra no era un mapa lejano, sino una colección de vinilos, casetes y melodías que terminaron por esculpir sus propias biografías: viajes psicodélicos guiados por Pink Floyd o estribillos inmortales coreados al unísono con Queen.

Pero esa influencia no se mantuvo estática: México la devoró y la transformó. Bandas como Three Souls in My Mind (que mutaría en El Tri) encontraron en el blues y el rock inglés el combustible para edificar un lenguaje propio, indomable y chilango. Lo mismo ocurrió con decenas de agrupaciones que adoptaron esa herencia para denunciar la desigualdad, cantar al barrio, al amor o al desencanto político desde una realidad muy distinta.

Por eso el pub se sentía tan propio. No porque emulara a Londres, sino porque ese catálogo llevaba décadas resonando en el asfalto mexicano. Era la música que acompañó a los marginados en los hoyos funky, la que encontró refugio en los pasillos del Tianguis Cultural del Chopo bajo la influencia de la icónica banda de punk londinense The Clash, y la que sigue brotando en las propuestas de las nuevas bandas locales.

Días antes del juego, el ecosistema digital se inundó de ingeniosas analogías culturales: Elton John frente a Juan Gabriel; Oasis como el espejo de Caifanes. De hecho, “Aquí no es así” se convirtió en uno de los himnos más repetidos en la víspera del choque entre las selecciones de futbol. Más que una rivalidad deportiva, los memes revelaban un puente invisible: dos culturas que se entienden a la perfección a través de sus acordes.

La celebración de los goles anotados por los ingleses
La celebración de los goles anotados por los ingleses. Foto: Israel Fuguemann

Track 3. Noventa minutos

Cuando los himnos nacionales sonaron en el estadio y a través de la televisión, las guitarras en el pub cedieron el protagonismo y las charlas se apagaron en seco. 

El juego arrancó con un ritmo frenético y el pulso del bar mutó a la velocidad del marcador. Los primeros zarpazos de Inglaterra desataron una catarsis de gritos, pintas al aire y cánticos legionarios. Por unos instantes, ese rincón de la Juárez pareció el único territorio del continente donde México era extranjero.

La reacción tricolor llegó antes del descanso y, con ella, revivió el rugido local. El ingenio cambió de bando, las sonrisas volvieron a encenderse y la incertidumbre reclamó el guión. Nadie se movía

En medio de ese torbellino emocional estaba Albert. Viajó desde el Reino Unido para escoltar a su selección, pero lo que lo tenía hipnotizado no pasaba en el césped, sino a su alrededor.

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—No esperaba esto —confesó sin apartar los ojos de la barra.

—Imaginé un ambiente hostil, tenso. Pero aquí están cantando los mismos temas, compartiendo la mesa… es como si el partido fuera un pretexto para encontrarse. Jamás había vivido algo parecido.

La expulsión de un zaguero inglés reconfiguró el tablero. La parroquia mexicana se volcó hacia la utopía de la remontada y cada balón recuperado se gritó como una anotación

Sin embargo, un penal a favor de Inglaterra cayó como un balde de agua fría: la ejecución fue impecable y el tercer gol británico subió al marcador, decretando un pesado 3-1 que parecía liquidar el encuentro.

También los mexicanos celebraron a todo pulmón las anotaciones de la Selección Nacional
También los mexicanos celebraron a todo pulmón las anotaciones de la Selección Nacional. Foto: Israel Fuguemann

Nadie permanecía sentado. Poco después, un giro dramático devolvió la respiración al lugar: una pena máxima a favor de México encendió las pantallas y revivió de golpe la esperanza colectiva del “sí se puede”, estirando la tensión hasta el límite absoluto.

A pesar del empuje, el milagro no llegó. El silbatazo final decretó la derrota mexicana y puso fin al partido.

Los ingleses siguieron cantando. La victoria les devolvió la voz y la energía que habían contenido durante todo el encuentro. Las pintas volvieron a levantarse y los cánticos se hicieron más fuertes. 

Los mexicanos, en cambio, comenzaron a abandonar el pub poco a poco. Algunos se despidieron con un leve gesto de cabeza; otros simplemente cruzaron la puerta para perderse en el anonimato de la noche.

#AnimalDeportivo

Así festejó la afición el segundo gol de México. pic.twitter.com/AP5iMbFJAe

— Animal MX (@AnimalMX) July 6, 2026

Afuera, la ciudad ya no se parecía a la de unas horas antes.

Las calles seguían inundadas de camisetas verdes, pero el movimiento había cambiado drásticamente de dirección. Durante los partidos anteriores, la marea humana caminaba con júbilo hacia el Ángel de la Independencia para celebrar la victoria. Esta noche, en cambio, el flujo era en dirección contraria.

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Familias enteras, grupos de amistades y aficionados solitarios emprendían el regreso, alejándose lentamente del monumento en un silencio pesado.

 La fiesta había terminado, pero Inglaterra, de alguna forma, nunca se había ido.