Andro Aguilar · 20 de julio de 2026
La victoria de España sobre Argentina puso fin al Mundial 2026 que México acogió como si fuera anfitrión único. Desde el Zócalo capitalino, Alberto, con una camiseta de red y una máscara del luchador Blue Demon, anticipa un lunes final catastrófico ya sin partidos de futbol: “se acabó el mundo, ya no hay desmadre”.
Ríe y se pierde entre las camisetas de España y Argentina, pero sobre todo entre las de la Selección Mexicana, cuya afición siguió llenando las plazas para celebrar, pese a que el equipo nacional fue eliminado dos semanas atrás.
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Fueron 39 días de Mundial, desde la inauguración con el partido entre México y Sudáfrica hasta la final inédita entre Argentina y España; sin embargo, el pico más alto del entusiasmo se registró durante los últimos juegos del equipo mexicano que quedó eliminado en octavos de final.
Ahora, luego de semanas de fiesta futbolística en las calles, con un patriotismo efervescente y efímero y una energía desbordada que soslayó problemáticas que prevalecen en el país, algunos mexicanos se preguntan qué sucederá.

A lo largo de la final hubo algunos abucheos para jugadores argentinos, principalmente para el capitán Lionel Messi y el portero Dibu Martínez. Pero mexicanos, españoles y argentinos unificaron su rechazo ante los rostros del presidente estadounidense, Donald Trump, y del titular de la FIFA, Gianni Infantino.
Primero, durante el himno de Estados Unidos, después en el transcurso del juego y, finalmente, en la ceremonia de premiación. Vinieron risas y más críticas a gritos cuando el capitán español Rodrigo Hernández, Rodri, hizo tiempo para que Trump saliera de la foto en la que la Selección de España levantó su copa de campeones del mundo.
Antes, un defensa argentino, Cristian Gabriel Romero, “Cuti”, se las ingenió para no darle la mano a Donald Trump. Luego de recibir el reconocimiento de manos del presidente de la FIFA, el argentino se saltó al mandatario estadounidense, estrechó la mano del primer ministro de Canadá, Mark Carney, y regresó un poco para saludar a la presidenta de México, Claudia Sheinbaum.
Algo extraño ocurría en el Zócalo de la Ciudad de México. Había más camisetas de una selección eliminada, la de México. Después, de Argentina, sobre todo con el 10 de Lionel Messi, pero los gritos fueron en favor de España.
El público mexicano dejó salir su apoyo de a poco. Primero, gritos aislados cuando un jugador español se acercaba a la portería argentina. Luego, con “¡oles!” y coros con el nombre del país europeo.
Steve, un estadounidense de casi dos metros de estatura, con una bufanda de España, fue confundido con un español y aventado por un grupo de mexicanos que argumentaron que “quería volar”.

Parecía, sin embargo, que más que respaldo a España, se trataba de un rechazo a Argentina, por las polémicas decisiones arbitrales en sus juegos a lo largo del campeonato.
“Todos contra Argentina”, lo resumió una mujer que vestía la camiseta de la llamada “Furia roja”.
Cuando la pantalla mostraba acercamientos del equipo hoy subcampeón salían algunos insultos, bromas. “Rateros”, “Hijo de Infantino”. Con el portero argentino, Emiliano “Dibu” Martínez, la afición revivió el grito homofóbico prohibido por la FIFA.
El más abucheado fue Messi. Por un momento la gente saltó sobre su lugar para diferenciarse de él: “¡El que no brinque es Messi!”. Pero, al mismo tiempo, su nombre estuvo en mayor número de playeras entre la afición.
“¡Llorón!”, le decían por el cobijo que la FIFA le dio a lo largo del torneo. “¡Viejo!”, le gritaban algunos asistentes al hombre de casi 40 años de edad que aún pone a los veinteañeros a intentar descifrar qué hará en la cancha.
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Al final del juego, con playeras argentinas que cargan el apellido de Messi, algunos retrataban la enorme pantalla en la que el capitán argentino lloraba, tras no conseguir retener la Copa del que podría ser su último Mundial.
La rivalidad deportiva contra Argentina no salió de los metros cuadrados de la pantalla colocada en la plaza.
Franco —argentino que viajó por trabajo a México desde hace cinco días— y Adrián —que suma una década de haber llegado a este país— aseguran que si bien en las redes digitales existe la rivalidad contra Argentina, en la vida real “se siente que somos dos pueblos hermanos“.
A Claudio, de 54 años, le tocó ver de manera circunstancial la final de su selección por un viaje con su familia para que su hijo reciba un tratamiento médico. Agradece el trato que han recibido en México. Lo dice mientras algunas integrantes de su familia bailan en fila La víbora de la mar con aficionados que llevan camisetas de distintas selecciones de futbol.
“A nosotros México… la verdad que muy agradecido, mucha gente nos felicitó, mucha gente nos saludó, nos tocaba la bocina. La gente nos felicitó, nos abrazaban, nos saludaban al nene”.

La superioridad de España sobre Argentina fue evidente desde el Zócalo. No soltó el balón en dos de cada tres minutos de juego. Pese a que pudo meter solo uno de los 12 tiros que hizo al arco argentino. El equipo de Messi, en cambio, se fue sin lograr tirar a la portería española en las más de dos horas que se extendió el partido.
Para Alex y Marta, dos jóvenes de 30 años, sus vacaciones comenzaron con la aventura de vivir por primera vez un partido de su selección en otro país, en el Zócalo. “Es algo histórico en México”, dice ella.
La pareja agradece el cobijo y la “buena vibra” de ver a los mexicanos que apoyaron a España. En medio de la euforia, también celebran la actitud del capitán de su selección, Rodri, al evitar que Donald Trump se colara en la foto de su victoria. “Fatal… esto es futbol, no es política”, juzga él.
Algunos mexicanos dudan que lo vivido en estas cinco semanas se repita pronto.
Donovan calcula que vio unos 80 de los 104 juegos del Mundial en el FanFest del Zócalo... Fue uno de los casi 2 millones de espectadores que siguieron los partidos en los 18 festivales gubernamentales, según cifras oficiales.
El joven de 29 años trabaja a dos cuadras de la plaza, en una tienda de vestidos de coctel. Este domingo fue al Zócalo con su primo, su tía y dos vecinos de La Lagunilla, el barrio en donde viven, a un par de kilómetros del Zócalo.
Este Mundial será especial también porque lo vivió con su hijo de siete años de edad, que pudo llevar al Zócalo y otros espacios públicos.
“Yo creo que nos va a quedar como la ansiedad de qué es lo que vamos a ver ahora, hay que volver a agarrar nuestra rutina normal”.
Omar, de 36 años, ve difícil que se repita un Mundial en México, pero confía en los comentarios sobre la emoción que le puso la afición mexicana respecto a otras sedes y que le toque verlo de nuevo.

“A lo mejor no me toca tan joven, pero a otras generaciones yo creo que sí”.
Para él, el Mundial se terminó contra Inglaterra dos semanas atrás, pero los juegos en el FanFest le siguieron atrayendo por la posibilidad de estar en familia.
Es un caso similar al de Ivonne Ramírez, de 52 años, y su hijo Bruno, de 17. Ella asegura que tendría que haber algo “muy fuerte como para superar el Mundial”: “Esto sí dejó una gran huella en la ciudad y en el país”. Ivonne relata que ella no es aficionada, pero no pudo dejar de ver los 90 minutos de cada juego.
Su hijo Bruno coincide en que pese a que ha ido a estadios, lo experimentado en las últimas semanas le fue inédito. “Nunca había vivido algo tan colosal, con tanta gente apoyando al mismo equipo, es increíble, me gustaría volverlo a vivir muchísimas veces”.
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Norma, de 37 años, inició con dinámicas para involucrar a las personas asistentes a las celebraciones. Con carteles que replican la ya famosa frase “¿Y si sí?”, firmados por las personas que creyeron que México ganaría o llenos de huellas de quienes “volaron” lanzados al aire por desconocidos.
—¿Qué va a pasar ahora que ya terminó el Mundial? —se le pregunta.
Norma ríe. Y dice que canalizar ese apoyo para la selección femenil que juega en noviembre próximo.
—¿Qué vamos a hacer con toda esa energía? —se le insiste.
—Espero que la podamos seguir utilizando en colectivo para muchas causas buenas —confía.
Este domingo, la afición mexicana exprimió hasta las últimas gotas del Mundial, que no era del todo suyo pero que lo arrebató en multitud. Coreó, bailó cumbias y otras canciones populares hasta que la noche cubrió la plaza más grande del país.