Manu Ureste e Israel Fuguemann · 19 de junio de 2026
Cuando el árbitro señaló el final del México-Corea, con victoria 1-0 para el Tri, una sola consigna comenzó a repetirse entre miles de aficionados que seguían el partido desde el Zócalo de la Ciudad de México: “¡Vámonos al Ángel!“.
Bajo una lluvia que estuvo intermitente toda la tarde y parte de la noche, la marea verde avanzó por las calles del Centro Histórico rumbo a Paseo de la Reforma.
Los mariachis improvisaban canciones patrióticas, las vuvuzelas volvían a sonar y los gritos de “¡México, campeón!” se mezclaban con el ruido del tráfico. Por segunda vez en menos de una semana, el Ángel de la Independencia se convirtió en el gran punto de encuentro de la celebración mundialista. Aunque esta vez la multitud fue mucho más nutrida que en la primera jornada pasada por agua.
Pero la fiesta tras el silbatazo final no contó toda la historia de la tarde.
Horas antes, mientras miles de aficionados ocupaban Reforma vestidos con la camiseta del Tri y esperaban una nueva victoria, apenas unos cientos de metros más adelante las madres buscadoras seguían recordando que en México hay más de 133 mil personas desaparecidas. A diferencia de la inauguración, cuando ambas escenas convivieron en el mismo espacio, esta vez la celebración y la protesta encontraron lugares distintos dentro de la ciudad.

Los primeros truenos retumbaban sobre Paseo de la Reforma, en Ciudad de México, poco después de las cuatro y media de la tarde. Luego comenzó una llovizna fina, apenas suficiente para que algunos aceleraran el paso. Pero nadie se dio la vuelta, ni se espantó por el cielo completamente gris. El reguero de aficionados vestidos de verde siguió caminando hacia el Ángel de la Independencia, ajeno a los relámpagos.
Hace apenas una semana, un aguacero convirtió el festejo por el triunfo inaugural de México ante Sudáfrica en una estampida de paraguas, camisetas empapadas y banderas ondeando bajo una densa cortina de agua y violentas rachas de viento. Pero ni siquiera aquella tromba logró desalojar la celebración. La afición mexicana ya dejó claro que el Mundial 2026 se juega sin importar las clásicas lluvias del verano capitalino.
Esta tarde, mientras México se preparaba para enfrentar a Corea del Sur en Guadalajara, un temporal volvió a amenazar la capital. Pero el ambiente era distinto. La fiesta futbolera pareció haber encontrado su cauce. Ya no existía el mismo contraste tan marcado entre manifestación y celebración que predominó en la inauguración. La marea verde conquistó Reforma, mientras la protesta se desplazó unos metros más adelante.
A falta de una hora para el que empezara el partido, Reforma volvió a teñirse de verde. Miles de personas avanzaban hacia el Ángel entre vendedores de banderas, trompetas, matracas y camisetas pirata que siguen haciendo negocio, aunque ya sin las largas filas del primer partido. Muchos compraron la suya desde hace días.
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También cambió el paisaje humano. La semana pasada el contraste entre aficionados y colectivos de búsqueda dominó las imágenes que dieron la vuelta al mundo. Hoy predominó claramente las camisetas del Tri.
Frente al monumento, bandas de música improvisaron cumbias mientras decenas de personas bailaban en plena avenida. Policías capitalinos observaban inmóviles, con el rostro serio, mientras parejas y grupos de amigos giraban al ritmo de la música.
Hubo otra diferencia importante: el Ángel estaba completamente cercado. Decenas de policías resguardaron las escalinatas y nadie pudo acercarse al monumento. El espacio donde hace apenas unos días madres buscadoras colocaron fotografías de sus hijos desaparecidos permanecía vacío. Aunque la protesta no desapareció; simplemente se mudó unos metros adelante, a la Glorieta del Ahuehuete, rebautizada por los colectivos como la Glorieta de los Desaparecidos.
Por las bocinas sonaban canciones de Karín León y Karol G, quizá un guiño involuntario a los cientos de aficionados colombianos que apenas un día antes inundaron el centro histórico, Reforma y el otrora Estadio Azteca hasta convertir por momentos a la Ciudad de México en una extensión de Barranquilla. La marea amarilla fue tan numerosa que Colombia pareció jugar como local.

Ahora volvió a imponerse el verde mexicano. El flujo de personas que cruzó Insurgentes hacia Reforma no se detuvo. Había familias completas, grupos de amigos, parejas, niños con el rostro pintado y adultos mayores envueltos en banderas.
Todos hacían pronósticos.
—Tres a cero —dijo uno.
—Cuatro a cero.
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—Con uno basta —respondió otro.
—Los coreanos son bravos —matizó Juan, que viajó desde Veracruz junto con su pareja, Martha, para vivir el ambiente mundialista en la capital.
—Vi por televisión las protestas de la semana pasada —contó ella—. Hoy esperaba encontrar más manifestaciones, pero el ambiente es muy festivo. Muy de Mundial 2026.
Los dos llevaban la camiseta negra con la que esa noche juega la Selección Mexicana.
—Venimos a pasarla bien y a apoyar a México con todo —resumió Vanessa, una capitalina de 30 años que viste la camiseta blanca del Tri, una de las más populares entre las aficionadas.

Apenas unos cientos de metros separan el Ángel de la Glorieta de los Desaparecidos. La distancia se recorre en menos de cinco minutos caminando, pero el ambiente cambia por completo.
Mientras en Reforma sonaban matracas, Andrea repartía volantes entre quienes bordeaban la glorieta con banderas apoyadas en los hombros.
“Somos madres buscadoras. Somos familias con vidas suspendidas en el duelo, la búsqueda y la exigencia de justicia”, se leía en una de las hojas.
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“Buscamos a más de 133 mil personas desaparecidas. Esta cifra supera una vez y media la capacidad del Estadio Azteca“.
—La recepción de la gente ha sido mejor —explicó una joven activista que acompaña a Johana, madre de Lilith, una joven trans desaparecida en 2023 en Puerto Escondido, Jalisco.
—Lo que pasó durante el partido pasado influyó bastante; la gente está un poco más sensible, aunque siempre hay personas que siguen siendo indiferentes.
A su alrededor, varias madres y activistas levantaban la voz al unísono.

—¡Este Mundial no me representa!
Junto a ellas, alrededor de las vallas metálicas que rodeaban la glorieta, que está forrada por cientos de fichas de personas desaparecidas, varios jóvenes disputaban una cascarita por las personas desaparecidas. Los gritos de “¡gol!”, “¡falta!” y los aplausos por una buena jugada se mezclaban con la voz cansada de María Antonia Zamora Rodríguez, que busca desde hace casi diez años a su hija, Vianey Berenice Macías Zamora, desaparecida el 14 de septiembre de 2016.
—A todos nos gustaría estar del otro lado, en el Ángel, festejando —dijo sin dejar de mirar las fotografías colgadas en las vallas.
—Pero desgraciadamente nos tocó el otro lado de la moneda. Tenemos que salir a gritar porque el gobierno no nos hace caso. No estamos hablando de uno, ni de diez, ni de cien desaparecidos. Son más de 130 mil.
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Hizo una pausa.
—Nos da gusto ver a las familias que vienen completas a disfrutar del Mundial. Pero nosotros estamos aquí con el corazón roto, pidiendo justicia y esperando que nuestros hijos regresen a casa.
La semana anterior, recuerda, la tensión escaló cuando varios aficionados arrancaron las lonas que protegían de la lluvia las fichas de búsqueda.
—Les pedimos de favor que las dejaran, pero muchos fueron muy groseros. Nos decían que estábamos robando espacios de la ciudad, que ese lugar era de ellos. Nosotros creemos que el espacio es de todos. Nuestros gritos son de paz; no buscamos violencia. Al final quitamos las lonas y nos fuimos porque la gente empezó a ponerse agresiva.

Conforme se acercaba la hora del partido, a las 19 horas, los restaurantes de Reforma volvieron a llenarse. Las camisetas pirata ya no volaban como el día inaugural, pero cualquier establecimiento con una pantalla, por pequeña que sea, terminó abarrotado.
En un centro comercial, a unos metros del cruce con Insurgentes y del Senado, cientos de personas se amontonaban frente a los cristales de los restaurantes. Cuando comenzó a sonar el Himno Nacional, el eco multiplicó los decibeles.
“¡México! ¡México!”
Las vuvuzelas, las matracas, los aplausos y los primeros insultos dirigidos al árbitro rebotaban entre las paredes del edificio. Por momentos, el lugar dejó de parecer una plaza comercial para convertirse en un estadio improvisado.
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—Va a estar difícil con Corea, pero ganamos dos a cero —aseguró Román antes del silbatazo inicial.
A las siete de la noche comenzó el partido.
En el Ángel no hubo pantalla gigante. La gente se reunió alrededor de unos enormes altavoces desde donde salía la narración de la televisión. De algunos de los puestos de elotes que había sobre la lateral de Reforma, la retransmisión llegó a la antigua: por la radio. Cada llegada de México provocaba un rugido colectivo mientras enormes banderas tricolores ondeaban frente al monumento.
La lluvia, que amenazó durante toda la tarde, terminó por respetar la fiesta.
Sobre las escalinatas del Ángel, completamente vacías de aficionados, una hilera de policías permanecía inmóvil observando desde arriba la celebración.

Mientras, en el Zócalo más de 50 mil personas se congregaron frente a la pantalla gigante instalada en la Plaza de la Constitución. Horas antes del arranque del partido había tiempo para las fotografías, los sombreros tricolores, las familias buscando el mejor lugar frente a la pantalla y los aficionados que eran elevados sobre los hombros de la multitud entre aplausos y risas. Todo parecía preparado para una tarde de celebración.
Pero el México-Corea nunca fue un partido cómodo. Cerrado, espeso y de pocas ocasiones, fue transformando poco a poco el ánimo de la plaza. Los cánticos comenzaron a apagarse y dieron paso a los murmullos. Cada llegada del Tri levantaba a miles de personas de golpe, solo para devolverlas segundos después a la misma espera. Durante buena parte de la tarde, el Zócalo pareció contener un mismo grito.
Ni siquiera la lluvia rompió la tensión. Cuando el encuentro entró en su tramo decisivo, los paraguas comenzaron a abrirse sobre la explanada y los impermeables colorearon la plaza. Nadie se movió. Miles de aficionados permanecieron frente a la pantalla siguiendo un partido que se resistía a entregar el desenlace esperado.
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Entonces llegó el error del arquero surcoreano. El balón terminó en la red y el grito acumulado durante casi noventa minutos estalló de un extremo al otro de la Plaza de la Constitución. 1-0. Los abrazos sustituyeron al silencio, aunque la tranquilidad duró poco. Los minutos finales devolvieron el nerviosismo ante la posibilidad del empate, hasta que el silbatazo confirmó la victoria y la clasificación de México a la siguiente ronda.
“¡Vámonos al Ángel!”, comenzó a escucharse entre la multitud. Bajo una lluvia ya más constante, miles de personas abandonaron el Zócalo rumbo a Paseo de la Reforma con banderas empapadas sobre los hombros y cánticos improvisados.
Una vez más, la celebración encontró su destino en el Ángel de la Independencia, mientras apenas unos cientos de metros más adelante, en la Glorieta de los Desaparecidos, otras familias seguían esperando un regreso muy distinto al de la Selección Mexicana.