La pelota vuelve a casa; las personas desaparecidas, no

Joel Aguirre · 5 de junio de 2026

La pelota vuelve a casa; las personas desaparecidas, no

Por Ana Paula Hernández Romano*

Un paso. Remuevo la tierra. El sol brilla tenue. El campo es inmenso. Otro paso. Remuevo y no sé si quiero encontrar lo que puede encontrarse en este suelo volcánico y duro, húmedo de lluvias, que esconde sangre, huesos, víboras, ropas que hace años dejaron de usarse y el dolor indescriptible de quien busca y no encuentra.

Sigo caminando. Oigo el ruido de las palas contra los arbustos, el sonido cuando chocan con una piedra y vibran retumbando. La maleza crece desordenada y salvaje, como ha crecido la violencia, como aprieta el miedo, como invade la impotencia en un país que devora a sus hijos, que inventa historias para que desaparecer sea culpa de quien desaparece o de la madre de quien desaparece. 

“En algo andaba”, nos dicen desde las tribunas poseedoras únicas de verdades absolutas, “en algo andaban” repiten para que quienes pensamos que no andamos en nada podamos dormir tranquilos, como si “andar en algo” volviera a un ser humano desechable, desechables también las intenciones de buscarles, la voluntad de impedir que se los lleven, la decisión de crear las condiciones para que nadie ande en nada justifique que un día no esté y que su madre, su esposa, su hija, su padre, su hermano tengan que caminar removiendo la tierra.

Busquen huesos, se nos dice, blancos muy blancos, como gises, por su exposición al sol. Busquen ropa debajo de los arbustos. Su bata blanca, dice Carito, tal vez su bata blanca. La bata blanca de Ignacio, su esposo, médico que andaba en eso: en ser médico, en usar su bata y en ir al hospital. 

Los campos de trabajo forzado que corren clandestinos en tantos territorios del país requieren de una industria que reproduzca ciudades: ingenieros para diseñar túneles y espacios, médicos para curarlos, enfermeras, albañiles, campesinos, halcones, contadores, cocineros, mano de obra esclavizada sin costo, más allá del costo de la vida de quien trabaja y del costo de quien suspendió su vida para buscar, remover la tierra, indagar aferrado a un azadón.

La pelota vuelve a casa, se nos dice con orgullo. A una casa que pende de alfileres, a una casa que cobija estructuras criminales que viven del horror. La pelota vuelve a casa y yo quiero que la selección, mi selección, no gane un solo partido que nos distraiga de la impunidad, de la corrupción, de los miles que siguen desapareciendo, de aquellos a quienes siguen matando. Porque la pelota vuelve a casa, pero las personas desaparecidas, no.

No vuelven porque hemos sido incapaces de crear las condiciones para que no se los lleven

No vuelven porque no los busca quien los tiene que buscar. No vuelven porque se apilan en fosas comunes porque el gobierno, las fiscalías, no registran quién muere, quién llega y quién se suma a los más de 70,000 cuerpos que están ya en una fosa común, mientras sus familias los buscan sin descanso. No vuelven porque la sociedad ha decidido apartar la mirada de un dolor que arrastra como un laúd.

No vuelven porque se los siguen llevando por el entramado de pactos entre el crimen y los distintos órdenes de gobierno. No vuelven porque hemos sido incapaces de crear las condiciones para que no se vayan, para que no se los lleven.

 La pelota vuelve a casa y que no vayan las madres a interrumpir el mundial, que no empañen la alegría de la inauguración, que no invadan las calles con sus carteles que nos enfrentan a la barbarie, que nos recuerdan que los más de 130,000 desaparecidos tienen rostro, familia, historia, sueños, pesares como los tenemos tú y yo.

Otro paso. El cielo se nubla. Llevamos guantes para la maleza, botas para las víboras. Aquí no escarbamos, se nos dice. El suelo es duro. Aquí solo los lanzan, no los entierran. Luego los animales los apartan a los arbustos. Para comerlos. Seguimos caminando sin levantar la mirada hacia un paisaje que, en otras circunstancias, podríamos decir que es lindo, como es linda la Tarahumara, Jalisco, Guerrero, Sonora, Colima, Michoacán pero que, como tantos territorios del país, hoy albergan la barbarie. 

Como es lindo el país entero o como era en 1986 y la pelota estuvo en casa y la ciudad era una fiesta y no removíamos la tierra buscando restos de quienes fueron una hija, un esposo, un amigo, una hermana y hoy no están. Pero la tierra con huesos ancla no solo los pies, sino los ojos, que buscan un pedazo minúsculo de una bata que algún día fue blanca, que daba consultas en el hospital; de un zapato café, un pantalón beige, una camisa azul. Y huesos. Huesos que hace tiempo articulaban una mano capaz de auscultar un corazón.

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Ana Paula Hernández Romano es coordinadora del Diálogo Nacional por la Paz, un grupo de mujeres y hombres, jóvenes, víctimas de las violencias, indígenas, trabajadores, personas mayores y comunidades de todos los rincones del país que no descansará hasta poner sobre la mesa las condiciones para construir la paz en México. Redes: @dialogopazmx