Israel Fuguemann · 16 de julio de 2026
El salón comunitario del ejido Jesús, en Chiapas, comienza a llenarse mucho antes de que inicien las consultas médicas. Afuera, el calor mantiene las calles vacías. La humedad de la región del Soconusco se adhiere al cuerpo como una segunda piel.
Dentro de la construcción rosada, el movimiento es continuo. El equipo de Médicos del Mundo México descarga cajas con medicamentos, instala biombos para improvisar consultorios y acomoda el instrumental sobre mesas plegables, mientras la fila continúa creciendo en silencio.

Quienes esperan son mujeres, en su mayoría jóvenes; parece casi una reunión escolar, pero no lo es. Algunas cargan bebés en brazos; otras conversan en voz baja mientras sostienen una ficha entre las manos. No tienen prisa. Lo único que las impacienta es la sensación de sofocamiento; usan cualquier cosa, hasta una hoja, como abanico.
Lucero ocupa uno de los primeros lugares en la fila. Mientras agita la mano intentando atraer aire fresco, lee a lo lejos una leyenda escrita en una de las lonas que los médicos colocaron frente a ellas: “¿Estás interesada en algún método anticonceptivo? Pregúntanos”.
Lucero no es su nombre real; pide que se le llame así para proteger su identidad. En su ejido todas las personas se conocen, explica; cualquier decisión que tome o cosa que diga terminará convirtiéndose en rumores. Es delgada, tiene una larga cabellera y ojos negros. Apenas tiene edad para tramitar su credencial para votar y ya es madre de dos hijos. Mientras espera su turno, Lucero observa a sus pequeños caminar por el salón sin perderlos de vista. Cuando se le pregunta por qué decidió colocarse un dispositivo, responde:
—Porque ya no quiero tener más hijos.
Lo dice sin rodeos. Luego, recuenta un poco de su vida. Conoció a su pareja cuando eran muy jóvenes; él era apenas dos años mayor que ella y ambos asistían a la secundaria. Después de embarazarse, tuvieron que dejar la escuela: él para trabajar y ella para convertirse en cuidadora de sus hijos. Desde entonces, su pareja trabaja cuando encuentra empleo, casi siempre en las plantaciones de banano que rodean la comunidad. Lucero dice que el dinero apenas alcanza para cubrir lo indispensable, por lo que tener otro hijo ahora significaría repartir aún más un ingreso que de por sí resulta insuficiente.

Durante la secundaria, Lucero escuchó hablar alguna vez de los métodos anticonceptivos. Recuerda que una enfermera visitó la escuela para explicar cómo funcionaban, pero entre conocer su existencia y el acceso a ellos hay una distancia enorme. Después de su primer embarazo, para colocarse un dispositivo tenía que salir del ejido, pagar el transporte hasta un centro de salud y confiar en que hubiera personal, insumos y tiempo para atenderla.
Esa mañana, cuando supo que Médicos del Mundo llegaría desde Tapachula para ofrecer ese servicio gratuito, caminó unas cuantas calles hasta el salón comunitario. No lo pensó dos veces.
Lucero cuenta que su pareja no está de acuerdo con que se coloque un método de planificación, porque piensa que si ya tuvieron dos, un tercero no cambiaría nada.
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—Pero no es decisión de él. Es mía y yo sé que ahora no quiero más.
Dice que varias de sus amigas quisieran hacer lo mismo, pero no pueden. Algunas, las que no han tenido hijos, tienen miedo de que sus padres descubran que ya iniciaron su vida sexual; otras prefieren evitar problemas con sus parejas. Hay quienes nunca pudieron acceder a estos recursos. Ella tuvo esa posibilidad porque, por primera vez, el servicio llegó hasta su comunidad.
La historia de Lucero no es una excepción; ocurre en una de las regiones con los índices más altos de embarazo infantil y adolescente del país.

A nivel global, México ocupa el primer lugar en embarazo adolescente entre los países de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo (OCDE), con una tasa de 77 nacimientos por cada mil jóvenes y un saldo que supera los 340 mil partos anuales en menores de 19 años. En ese mapa de la precariedad, Chiapas es el epicentro nacional.
De acuerdo con análisis de organizaciones civiles como la Red por los Derechos de las Infancias y Adolescencias en Chiapas (REDIAS), el estado mantiene 24 municipios en semáforo rojo y registra cerca de 4 mil 900 embarazos anuales solo en niñas de 10 a 14 años, una cifra que prácticamente se duplica al incluir a las adolescentes de hasta 17 años.
En la región del Soconusco, Suchiate encabeza las alertas de la frontera sur. Las mediciones del Consejo Nacional de Población (Conapo) revelan que en esta franja fronteriza una de cada cuatro jóvenes de entre 15 y 19 años ya es madre. Esta realidad anula por completo la capacidad de muchas adolescentes para decidir sobre su futuro.

Para llegar al ejido Jesús hay que abandonar la carretera principal a Ciudad Hidalgo y avanzar durante unos cuantos kilómetros. Conforme el camino se acerca al río Suchiate, el panorama comienza a pintarse de un verde espeso por los racimos que cuelgan bajo los platanales. Se observan camiones de carga que avanzan lentamente hacia las empacadoras y en el paisaje sobresalen unas cuantas casas pequeñas.
El ejido Jesús es una discreta comunidad del municipio de Suchiate, el último territorio mexicano antes de cruzar la frontera sur. La vida aquí gira alrededor del banano y del río Suchiate, que marca el límite con Guatemala. Los hombres trabajan en las plantaciones bajo un sol que rara vez concede una tregua y muchas mujeres, las que no se quedan en las labores de la casa, encuentran empleo en las bodegas donde la fruta se lava, se clasifica y se empaca antes de emprender el viaje hacia otros estados u otros países. Es un trabajo constante, pero insuficiente. Cuando el precio del plátano cae o las lluvias dañan la cosecha, toda la comunidad resiente el golpe.
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En el salón comunitario, las consultas continúan. Algunos pacientes son revisados por infecciones estomacales; las psicólogas atienden a las mujeres, mientras Lourdes, mejor conocida como Lulú, la médica encargada del equipo en terreno, revisa una vez más las cajas donde guarda los implantes y dispositivos para prevenir embarazos.
Los métodos anticonceptivos que Médicos del Mundo llevó para esta primera visita comienzan a agotarse mucho antes de lo previsto. La respuesta de la comunidad superó las expectativas del equipo, que esperaba una alta demanda, pero no el volumen de atenciones registrado en una sola jornada. Mientras Lucero aguarda su turno, la médica se pone a trabajar porque “hay que hacer lo que se puede con lo que se tiene“.
La fila, sin embargo, sigue siendo numerosa.

Rosario, de cabello corto y grandes gafas oscuras, observa la dinámica sentada junto a la entrada; lo que mira le parece una escena conocida. Tiene poco más de 50 años y su participación activa en el ejido Jesús la convirtió en el enlace natural para acercar a esta brigada médica, facilitando la llegada de servicios de salud a zonas que los necesitaban. Rosario realiza un trabajo voluntario que entrelaza la vida comunitaria con las instituciones públicas.
Durante años, Rosario ha visto a decenas de niñas dejar la escuela para convertirse en madres antes de cumplir la mayoría de edad y cómo el embarazo temprano dejó de ser una excepción para transformarse en parte de la cotidianidad de esta comunidad, que no supera los mil habitantes.
—No estamos cuidando a nuestras niñas— dice Rosario, entre la tristeza y la urgencia.
—Tenemos muchas niñas menores de edad con embarazos y sabemos que a esa edad son de alto riesgo. Imagínese una niña de trece años ya con un bebé; es una niña cuidando a otro niño, cuando esa niña debería estar jugando con muñecas o dedicada a sus estudios.
Rosario no busca ni quiere señalar a nadie en particular. Habla de una responsabilidad compartida, de un descuido de las familias y de una comunidad que normalizó situaciones que hoy se mezclan con otros peligros, como la drogadicción local o la desaparición de jóvenes. Explica que la maternidad les llega cuando todavía no terminan de crecer y con ella, los proyectos de vida se rompen en un instante.
—Recuerdo a un grupo de niñas. Yo estaba feliz porque ya estaban estudiando enfermería y, de repente, salen embarazadas. Ahí se acabó todo.
Hablar de sexualidad en municipios donde la evangelización se ha convertido en la vara moral que mide las vidas es un tabú, sobre todo dentro de los hogares. La planificación familiar o la libertad de decidir sobre el propio cuerpo rara vez forman parte de las conversaciones entre padres e hijos. Al final, el silencio termina ocupando todo el espacio.
Como promotora comunitaria, Rosario sabe bien que el problema no es la falta absoluta de métodos anticonceptivos, sino las barreras invisibles del miedo y el estigma.
—Quizás hoy vinieron porque aquí se sintieron libres —explica Rosario, mientras contempla el movimiento del salón comunitario.
— No es lo mismo que lo vengas a ofrecer acá, a que nosotros lleguemos a una casa donde está la mamá. Delante de la mamá no pueden pedirlos por miedo a que se entere de que ya tienen una vida sexual. Al venir hoy acá, ellas dijeron: “No, aquí es mi momento de ir y pedir”.

La fila en el salón comunitario del ejido Jesús no es casualidad. El equipo de Médicos del Mundo en Tapachula comenzó a identificar la problemática meses atrás, después de reunirse con autoridades del DIF local. Después de varios encuentros y conversaciones entendieron que en las comunidades pequeñas de Suchiate, la estigmatización cultural complica cualquier intento de atención a la salud reproductiva.
—Hay una barrera invisible —explica Diana, coordinadora de terreno—. Muchas veces la enfermera o la doctora del centro de salud es tu vecina. El hecho de que una adolescente vaya a pedir un anticonceptivo frente a alguien que conoce a su familia genera miedo al señalamiento. Por eso evitan acudir a sus propias clínicas.
Para las jóvenes de la frontera, una organización externa como Médicos del Mundo ofrece algo valioso: el anonimato. El salón que hoy ocupan funciona como un territorio neutral donde pueden ejercer sus derechos sin que el “chisme” o el estigma llegue a sus casas.
Para Lourdes, la médica responsable de la brigada, con varios años de experiencia en Chiapas, el desamparo del Estado se vuelve evidente al pisar comunidades donde la exclusión ha dejado una huella permanente. Más allá de las últimas reformas al sistema de salud en México, estos lugares siguen padeciendo rezagos históricos. Lo que Lulú y sus colegas atienden en el terreno no son sólo decisiones individuales, sino también el síntoma de una violencia estructural profundamente arraigada.
—En estas zonas de alta vulnerabilidad predomina la cohabitación forzada y el matrimonio muy joven bajo el argumento de los usos y costumbres —advierte Lourdes—. Para ellos es normal que una niña de 11 o 12 años ya viva con una pareja que le lleva varios años. Son hijas de madres que también fueron madres muy jóvenes.
Es una práctica que se ha perpetuado a pesar de las prohibiciones legales. La legislación mexicana prohíbe de forma absoluta el matrimonio antes de los 18 años e, incluso, la Constitución establece que ninguna tradición comunitaria puede estar por encima de los derechos de la infancia. Sin embargo, en la práctica la ley se topa con las uniones informales de hecho. Aunque ya no existan actas civiles que validen estos lazos, la cohabitación obligada sigue ocurriendo bajo el amparo del silencio social.
Sin educación sexual ni controles prenatales en una región marginal, el riesgo de muerte materna, preeclampsia y recién nacidos con bajo peso aumenta considerablemente. A ello se suma otro grave problema del que casi nunca se habla: el daño a la salud mental, porque el embarazo bajo estas condiciones trunca proyectos de vida en un instante.

—Muchas de nuestras usuarias eran menores escolarizadas que tuvieron que dejar la escuela para maternar porque la economía no les permite hacer ambas cosas —lamenta la doctora Lourdes.
Por ley, en México cualquier persona mayor de diez años puede solicitar anticonceptivos sin el permiso de sus padres. Además, Lourdes pone sobre la mesa una realidad que casi nadie difunde en la región: desde noviembre de 2024, el aborto es legal en Chiapas hasta las 12 semanas de gestación por cualquier motivo y permanente en casos de violencia sexual, sin necesidad de presentar una denuncia penal.
Lo más grave es que el silencio oficial sepulta los derechos de estas jóvenes; a pesar de la legislación, el acceso real es un laberinto. El Estado no ha logrado incidir en una zona donde la moral religiosa y los prejuicios siguen pesando demasiado. Además, las carencias institucionales y el desabasto de insumos terminan por colapsar el servicio.
—Hace unos meses se abrió el módulo de aborto seguro en el Hospital General —relata Lourdes—, pero se encuentra fuera de la ciudad e implica un gasto de transporte que muchas no tienen. Además, al llegar al hospital, la mujer tiene que decir abiertamente frente a todos: “Vengo por un aborto”. Se vuelve un proceso revictimizante, donde incluso los servidores públicos obstaculizan el proceso porque ejercen objeción de conciencia y renuencia.
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En este escenario de miedo al estigma y las trabas de los propios centros de salud, el ejido Jesús es un ejemplo de cómo una pequeña localidad en un rincón del país se convirtió en protagonista de una necesidad reprimida..
Esta mañana, la realidad en el Soconusco terminó por rebasar cualquier planeación logística. La demanda en el pequeño salón comunitario del ejido Jesús resultó mucho más elevada de lo que el personal de Médicos del Mundo podía haber imaginado. Los dispositivos comenzaron a agotarse antes de tiempo frente a la mirada de las adolescentes que aún aguardaban su turno.
Por la tarde, después de una jornada exhaustiva, el equipo de la brigada médica comienza a levantar su consultorio móvil y a empacar el instrumental con una certeza clara: una sola jornada médica no es suficiente. Antes de tomar la carretera de regreso a Tapachula, bajo el verde de la selva chiapaneca, los médicos anotan los nombres de quienes se quedaron rezagadas en la fila. Volverán en los próximos días para continuar la labor allí donde mujeres como Lucero, por primera vez, han encontrado una posibilidad para empezar a decidir sobre sus propios cuerpos.