Mariana Gómez · 16 de agosto de 2026
Omar tenía apenas unos años cuando visitaba a sus abuelos en la costa de Guerrero. Vivía la mayor parte del tiempo en Toluca, lejos del mar. Cada visita terminaba igual: enamorado de la playa, triste por tener que irse.
Hoy, con 29 años trabajando en el turismo en Zihuatanejo, vive del sueño que se prometió de niño. Pero hay algo que nunca tuvo: educación para manejar el dinero que ese sueño finalmente le dio.
“No había esa cultura de enseñarte a ahorrar,” dice. “Se aprendió durante el transcurso del tiempo y durante la práctica.”
La historia de Omar no es única. Según la Encuesta Nacional de Inclusión Financiera del INEGI, aunque el 78% de las personas adultas en México ya tiene algún producto financiero formal, solo el 8% ha recibido alguna capacitación en finanzas. Y de acuerdo con cifras recientes de la Secretaría del Trabajo y Previsión Social, más de la mitad de la población ocupada en el país (54.8%) trabaja en la informalidad, sin seguridad social ni prestaciones.

En Zihuatanejo, donde la economía depende casi por completo del turismo, esa doble vulnerabilidad se vive todos los días.
Omar nunca tuvo quién le explicara cómo ahorrar o cómo llevar sus cuentas. Tampoco Manuel, quien es mesero desde hace más de 15 años. El caso de Chucho es distinto; a él le enseñó su cuñada. Cuando esta educación sí llega, casi siempre es por una persona cercana y no por un sistema que la garantice a todos.
Eso se nota en la manera en que cada quien hace frente a un gasto que no esperaba. Omar trata de guardar “un colchoncito, un ahorrito… a modo perdido.” Pero en una zona donde el turismo tiene temporada alta y baja, mantener ese ahorro casi todo el año es casi imposible. Cuando se acaba, toca pedirle a algún familiar o a un amigo y esperar a que vuelvan los meses de más trabajo para reponerlo.
El estrés de vivir así, sin ese margen, se siente en el cuerpo. “Me ha afectado incluso seriamente la salud, sobre todo la salud emocional,” dice Omar. Y muchas veces ni siquiera hay con quién hablarlo. “No hay como mucha cultura acerca de eso,” cuenta. “No ha habido mucha oportunidad de poder desahogar o de poder decírselo a alguien.”
No a todos les pasa igual. Chucho, con 44 años trabajando en turismo, dice que a él el estrés nunca le ha pegado en la salud porque disfruta profundamente lo que hace. Eso, dice, es algo importante. No es sólo el dinero lo que falta, sino también la estabilidad para poder disfrutar el trabajo sin que el miedo al próximo imprevisto se meta en medio.

A Omar le gustaría que se entendiera que quien se dedica al turismo lo suele hacer por convicción y no solo por necesidad, y eso termina reflejándose en cada interacción con quien visita la costa. Es también la misma convicción con la que ha aprendido, a fuerza de práctica, a sostener económicamente su propia vida.
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Aprendió a manejar su dinero como casi todo en su vida: sobre la marcha y le costó más años y más golpes de los necesarios. Zihuatanejo vive del turismo y el turismo vive de personas como él. Tener herramientas desde antes y no después de tanta prueba y error, podría cambiar cómo toda una comunidad sostiene su futuro.