Iñárritu, Gael y el pecado de triunfar siendo mexicano

AnimalMX · 27 de septiembre de 2026

Iñárritu, Gael y el pecado de triunfar siendo mexicano

Por: Gonzalo Lira Galván

Hay algo curioso en la manera en que algunos mexicanos reciben el éxito de otros mexicanos: primero les enorgullece, después les incomoda y, finalmente, les produce un enorme placer encontrar cualquier motivo para descalificarlo.

No importa que Alejandro González Iñárritu haya ganado el Oscar como director por Birdman y El renacido, convirtiéndose en el primer mexicano en obtener dos veces consecutivas esa estatuilla. Tampoco que Gael García Bernal haya construido durante décadas una carrera internacional que lo ha llevado del cine mexicano al estadounidense, al español y al latinoamericano.

Siempre aparece alguien dispuesto a convertir el éxito ajeno en un defecto de personalidad.

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Que Iñárritu es soberbio. Que Gael se cree intelectual. Que uno es insoportable y el otro pretencioso. Que ya se sienten de Hollywood. Que olvidaron de dónde vienen. Que uno es “chairo”. Que el otro se cree “el muy muy”.

En ese contexto llegan, casi simultáneamente, Hombre al Agua, dirigida por Gael, y Digger, la nueva película de Iñárritu. La primera ya está en los cines y la segunda está cerca de estrenarse. Pero hay algo todavía más interesante: ya existe gente que sabe que no le van a gustar.

No es exageración. Las redes y su premura han originado una nueva forma de crítica cinematográfica en la que la película es, paradójicamente, lo menos importante.

Primero aparece el tráiler. Después los memes. Luego la opinión de alguien que no la ha visto. Después otra que contradice a la primera. Y cuando finalmente llega la película, buena parte del público ya tiene la sentencia preparada.

El hype y el hate son el nuevo yin y yang. La experiencia puede esperar.

La regla no escrita del éxito mexicano

Cuando se trata de mexicanos que triunfan en el extranjero, existe una curiosa condición no escrita: podemos celebrar que tengan éxito, siempre y cuando no se les ocurra creérsela.

Iñárritu conoce perfectamente esa dinámica. Su personalidad pública ha alimentado la percepción de que es arrogante. Incluso momentos anecdóticos —como aquella entrevista convertida en episodio viral alrededor de su famoso péndulo— terminaron alimentando una narrativa previa: la del mexicano al que, después de triunfar, se le subió. “Hasta se quitó el González”. Ah, ok.

Con Gael sucede algo parecido. Su reciente comentario sobre La Odisea, de Christopher Nolan —cuestionando que la película esté hablada en inglés— provocó burlas y acusaciones de pretensión intelectual.

Y aquí aparece una pregunta incómoda: ¿por qué una opinión discutible sobre una película termina utilizándose como prueba definitiva sobre la personalidad de quien la emite? ¿Por qué hemos dejado de discutir las ideas para discutir a las personas?

Podemos pensar que Gael está equivocado respecto a Nolan. Podemos encontrar insoportable a Iñárritu. Podemos considerar que Hombre al Agua es mala o extraordinaria. Podemos salir de Digger pensando que Tom Cruise hace un trabajo extraordinario o que Iñárritu perdió el rumbo.

Todo eso es legítimo. Lo que resulta ridículo es decidirlo antes de haber visto las películas.

La era de la posverdad y los algoritmos

Es un fenómeno que nos lleva directamente a la posverdad: una época en la que la percepción, la emoción y la repetición pesan más que los hechos. Ya no necesitamos saber si algo ocurrió mientras encaje con la historia que decidimos creer.

Si leemos cien veces que alguien es soberbio, sentimos que conocemos su personalidad. Si veinte personas dicen que una película es un desastre, creemos que ya la vimos.

Primero elegimos al personaje. Después buscamos los argumentos. Primero decidimos quién es el bueno y quién es el malo. Después seleccionamos los datos que nos permiten justificarlo. Primero el meme. Después la realidad.

Esta es una de las consecuencias más evidentes de vivir permanentemente dentro del algoritmo: confundimos familiaridad con conocimiento. Y lo hacemos con todo. Con películas, con personas, con ideas y, eventualmente, con asuntos mucho más importantes.

Por eso, Hombre al Agua y Digger deberían servir para algo más que discutir sobre Gael o Iñárritu. Deberían recordarnos una regla elemental: ver primero y opinar después.

Y sí. Claro que se vale que un mexicano tenga éxito sin exigirle que se disculpe por ello.

No necesitamos admirar a Gael García Bernal ni a Alejandro González Iñárritu. Tampoco defender todas sus películas, declaraciones o actitudes. Basta con algo mucho más sencillo: juzgarlos por lo que hacen, no por la caricatura que hemos construido de ellos.

Porque cuando perdemos la paciencia para mirar, escuchar, investigar y después juzgar, el problema deja de ser una película. El problema es que estamos eligiendo evadir la realidad.