La telenovelización del streaming

Gonzalo Lira Galván · 14 de septiembre de 2026

La telenovelización del streaming

Por: Gonzalo Lira Galván

Durante años nos dijeron que las plataformas de streaming habían venido a salvarnos de la televisión. Que Netflix, Max, Prime Video y compañía acabarían con las fórmulas repetitivas de la pantalla chica y abrirían la puerta a historias más complejas, adultas y modernas.

Entonces, ¿por qué el futuro de la televisión se parece cada vez más a su pasado?

¿Quieres estar al día con Animal MX? Dale clic a nuestros canales gratuitos en Whatsapp y en Instagram.

La invasión del melodrama empaquetado como ‘prestige TV’

El estreno de Colisión en Max es un ejemplo particularmente evidente. Una familia millonaria, una muerte sospechosa, una disputa empresarial, secretos del pasado, traiciones y amores prohibidos. No, no es el resumen de una telenovela de los años noventa, aunque podría serlo perfectamente. Y ya no es una anomalía.

El otro padre, estrenada recientemente en Netflix, gira alrededor de una hija enferma que necesita un trasplante y recurre también a amoríos secretos y hasta a una prueba de ADN capaz de destruir dos familias. Netflix ni siquiera se anda con rodeos y la clasifica directamente como “telenovela”.

Y como estos hay muchos ejemplos más: Accidente, Donde hubo fuego, Oscuro deseo, La venganza de las Juanas, ¿Quién mató a Sara?, Tríada, Ingobernable, Élite, Rebelde, Monarca… y la lista sigue.

Lee esto: La revolución de Emilia en “Mal de amores”: ocupar espacio y amar sin pedir disculpas

‘Manita de gato’ a una vieja fórmula

Cambian los presupuestos, los escenarios y la cantidad de episodios, pero la maquinaria es prácticamente la misma: secretos, infidelidades, familias disfuncionales, ricos perversos, amores imposibles y revelaciones capaces de poner la vida de todos patas arriba.

La industria descubrió que no necesitaba matar a la telenovela. Bastaba con darle una “manita de gato”, quitarle el horario de las ocho de la noche y ponerla detrás de una suscripción mensual.

Mira esto: “Colisión” y el poder femenino como motor del melodrama

Para entender este fenómeno no basta con mirar al pasado de la televisión latinoamericana. Los K-dramas y las series turcas demostraron hace tiempo que el melodrama puede viajar por el mundo cuando está acompañado de una estética atractiva, actores carismáticos y una producción sofisticada.

Latinoamérica, en cambio, parece haber encontrado una ruta todavía más sencilla: reciclar directamente una tradición que durante décadas dominaron Televisa, Telemundo o Univision.

La educación sentimental que no ha cambiado

Y aquí aparece una pregunta incómoda: ¿qué tan moderna es una historia cuando cambia sus temas, pero conserva intacta su educación sentimental?

Podemos hablar de diversidad, enfermedades terminales, corrupción, discapacidad, racismo, sexualidad o dilemas éticos. Pero incorporar esos asuntos no significa necesariamente cuestionarlos.

Una protagonista LGBT puede existir dentro de una narrativa que sigue entendiendo el amor a través de los celos, el sacrificio y la dependencia. Un personaje con discapacidad puede aparecer sin que jamás se cuestioné a la sociedad que lo excluye. Podemos llenar una pantalla de personas morenas sin poner en duda el racismo o el clasismo que durante décadas hicieron de la piel clara el estándar de belleza, éxito y respetabilidad.

Porque las telenovelas siempre hicieron algo más que entretener. También nos enseñaron cómo amar, cómo formar una familia, qué hacía a una mujer “buena” y a un hombre deseable, quién merecía ascender socialmente y qué comportamientos debían ser castigados.

Esa educación sentimental, sin embargo, no desapareció con el streaming.

El choque con el neoconservadurismo moderno

Y eso importa particularmente ahora, cuando han cobrado fuerza movimientos y tendencias como los provida, las tradwives, el princess treatment, el voto familiar, la feminidad pasiva y otras expresiones del neoconservadurismo que popularizó el formato décadas atrás.

No porque una serie vaya a convertir mágicamente a un espectador en conservador. La cultura popular rara vez funciona de manera tan sencilla. El problema es más sutil: las historias que consumimos pueden normalizar y perpetuar ideas mucho después de que las instituciones hayan dejado de defenderlas abiertamente.

El problema, entonces, no es hacer telenovelas. El problema es creer que con una fotografía impecable, personajes LGBT y una plataforma internacional se convierten automáticamente en televisión progresista.

Mismos perros con diferentes collares

Porque quizá seguimos viendo la misma historia: la mujer que debe pagar por su libertad; el amor que necesariamente implica sufrimiento; la familia como máxima autoridad moral; la riqueza como pecado; la diferencia como conflicto; y la felicidad como premio después del sacrificio.

Televisa cambió de nombre. Netflix cambió el control remoto. Max cambió el horario. Pero algunas de nuestras viejas ideas siguen intactas.

La verdadera revolución, quizá, no sería hacer telenovelas para el streaming. Sería atreverse, por fin, a contar historias que no necesiten pensarse bajo la misma lógica que perpetúa frases como “maldita lisiada” sin siquiera cuestionarlas.