Animal MX · 22 de mayo de 2026
Hacer trámites por teléfono con el banco es una de las experiencias más frustrantes del mundo moderno, y resulta que ni siquiera el líder de la Iglesia Católica se salva de sufrir el agobio de los sistemas automatizados. Una divertida y muy humana anécdota sobre el Papa León XIV (el antiguo cardenal estadounidense Robert F. Prevost) se ha vuelto completamente viral en redes sociales. El sacerdote agustino Tom McCarthy, amigo cercano del pontífice y próximo superior provincial de los Agustinos del Medio Oeste en Estados Unidos, soltó el chisme durante una reunión parroquial en Chicago, y el internet no puede de la risa.
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La historia ocurrió un par de meses después de que el Papa fuera elegido para suceder en la silla de San Pedro. Como cualquier mortal que se muda de casa, el Santo Padre necesitaba actualizar su número de teléfono y sus datos de contacto en la cuenta bancaria que ha mantenido por años en la ciudad de Chicago.
Armado de paciencia, el Papa León XIV marcó al número de atención a clientes del banco. Tras pasar por el clásico e interminable filtro de las preguntas de seguridad del sistema (nombre de la mascota, código postal y fecha de nacimiento), la agente de servicio al cliente que le atendió le soltó una respuesta tajante: para poder realizar cualquier cambio de datos, era obligatorio que se presentara de forma presencial en la sucursal.
Obviamente, viajar de Roma a Illinois solo para firmar un papelito no estaba en los planes de la agenda papal. El pontífice intentó explicarle a la señorita que el trámite presencial iba a estar “un poquito difícil” porque actualmente se encontraba viviendo “fuera de la ciudad” y le era imposible viajar.
Ante la insistencia de la empleada de que la política del banco no tenía excepciones, el Papa no tuvo de otra más que aplicar el clásico “¿A que no sabe con quién está hablando?”, pero de la forma más tierna y santa posible:
“Disculpe, ¿cambiaría algo si le digo que soy el Papa León XIV?”, preguntó el pontífice.
¿La respuesta de la trabajadora? Le colgó el teléfono de inmediato, asumiendo que se trataba de una broma pesada o de un intento de fraude telefónico.
“A ver, yo también le hubiera colgado”, comentó entre risas el padre McCarthy al recordar la anécdota.
“Creo que esto es lo que ha conectado tanto con la gente. En un mundo donde todo es negativo, tener una historia divertida como esta demuestra que el Papa es un ser humano común y corriente que pasa por los mismos dolores de cabeza que nosotros con el maldito servicio al cliente”, añadió el presbítero.
¿Cómo se resolvió el asunto? Obviamente, el Papa no iba a tomar un avión, pero tampoco se iba a quedar cruzado de brazos. Un miembro de la orden de los agustinos tuvo que intervenir y marcarle directamente al presidente del banco para explicarle el malentendido.
Al principio, el directivo se puso rejego y defendió las estrictas políticas de privacidad de la institución. Sin embargo, el sacerdote aplicó la vieja confiable de las finanzas:
“Bueno, entonces el Papa va a tener que cerrar su cuenta y mudar su dinero a otro banco”.
Asustado por la idea de perder los ahorros de Su Santidad y la megabronca de relaciones públicas que eso significaría, el presidente del banco reculó de inmediato: “¡No, espere, no queremos perder la cuenta del Papa!”. A lo que el agustino remató: “¡Pues entonces cámbiele el maldito número de teléfono!”. Y santo remedio, los datos fueron actualizados en el sistema.
En las benditas redes sociales, la caja de comentarios se llenó de memes y aplausos para la trabajadora que aplicó el reglamento a rajatabla sin importar las jerarquías divinas. Definitivamente, la experiencia de León XIV lo muestra más cercano y vulnerable al protocolo de atención al cliente como el que más exento quiera estar en nuestra época.