Respeto y amor: rescatistas y especialistas buscan nuevas formas de enseñar en escuelas veterinarias

Ana Estrada · 10 de febrero de 2023

Respeto y amor: rescatistas y especialistas buscan nuevas formas de enseñar en escuelas veterinarias

Hace unos días, el video de Paulina, una joven que estudia medicina veterinaria, se hizo viral por asegurar que es común entre estudiantes de veterinaria que se practique con perros u otros animales sin hogar que se encuentran en los centros caninos de distintas ciudades. Por supuesto, los reclamos saltaron de inmediato.

En el clip que se viralizó, Paulina asegura que “los perros con los que nosotros practicamos son donados por el centro canino“. Estos animalitos, hallados en la calle, son los que no fueron adoptados “y se iban a eutanaciar (sic) y en lugar de dormirlos se los dan a la Facultad de Veterinaria y nosotros practicamos con ellos en distintas materias”.

La joven asegura que, como estudiante de octavo semestre de la carrera, tanto ella como sus compañeras y compañeros, “necesitamos practicar para ofrecerles un servicio digno a nuestros pacientes”. Pero… ¿y qué hay de esos animalitos? ¿Necesitan esas cirugías? ¿qué pasa si son perros o gatos sanos?

Alina Gonzalez Gallardo, abogada penalista que dedica una muy buena parte de su tiempo en rescatar animales a través del proyecto Rescatalandia, asegura que es innegable que tanto alumnas de medicina humana y medicina animal necesitan practicar, sin embargo deben (y pueden) encontrarse otras formas de hacerlo.

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“Vale la pena explorar y discutir el tema de que en general, en las sociedad -y en la carrera de veterinaria-, los animales no humanos son considerados seres de segunda, tercera o cuarta clase y sus vidas no importan tanto como importan otras cosas. Su sufrimiento y sus agonías pasan a un segundo plano“, dice Alina.

Bueno… ¿y qué otras propuestas puede haber para que estudiantes de veterinaria aprendan?

Como ejemplo, sólo 4% de las universidades en Estados Unidos, utilizan animales para prácticas de estudiantes o para investigaciones, según la organización Animal Ethics.

Por supuesto, esto no ha sido un proceso logrado de la noche a la mañana. Es algo que requirió su tiempo, pero es un ejemplo de que sí se puede encaminarse a eso.

Ante esto, la médica veterinaria zootecnista Reyna Cofas, egresada de la FES-Cuautitlán de la UNAM y con 17 años de experiencia, dice que un red de profesionales de la salud animal que se conecte a universidades donde se ofrece la carrera podría ser un inicio.

Ella, junto a su marido quien también es veterinario, manejan una clínica en Ciudad de México y, desde hace años, contratan estudiantes y les enseñan, bajo supervisión, cómo atender pacientes.

“Es un sueño que tenemos desde hace un tiempo. Nos gustaría hacer una red que más médicos se unieran y que pudiéramos crear una unidad en la que, si tenemos un caso, los estudiantes pudieran llegar al lugar y ver cómo va el tratamiento, cómo se realiza la cirugía en perritos que realmente lo necesitan”, dice la experta.

Relata que practicar procedimientos médicos en animales sanos, además de que no lo necesitan, las condiciones de aprendizaje serán distintas a cuando se presenta un caso real.

“Es importante comenzar a esparcir esta semilla de que, si hay médicos veterinarios interesados, apoyen en recibir estudiantes que quieren conocer y saber más porque dentro de la escuela es una cosa, pero al salir ¡la vida es diferente!”.

Más o menos así (por supuesto, con método más controlados y perfeccionados con el tiempo) funciona en la medicina humana.

Por ejemplo, para que un médico cirujano pueda trabajar, debe tener una cédula específica que diga su especialidad y, por supuesto, para llegar ahí se hace con experiencia que se forma bajo protocolos muy estrictos, con supervisión en todo momento.

 

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El dolor y la felicidad de dedicar energía al rescate de animales

Hace unos dos años, Alina y su novio hicieron un viaje para celebrar el cumpleaños de ella que es a finales de octubre. Entre fiestas de Halloween, disfraces y niños pidiendo su calaverita vieron en la calle a un gato negro malherido.

Cubierto en sangre, con su hociquito destrozado y sin un ojo, lo subieron con ellos al auto y, casi a medianoche y en una ciudad extraña, se pusieron a buscar un veterinario. Lo encontraron y lograron estabilizar al animal. “Nunca había escuchado llorar, de verdad llorar, a un gato”.

Estuvo a punto de morir y cuando lo llevaron a Ciudad de México, se contactó con uno de los poquísimos especialistas en el país capaces de reconstruir la mandíbula del gatito. Fueron meses de recuperación, de alimentarlo tres veces al día con cuchara, lavarle los dientes y mimarlo hasta que sanó; después tuvieron que retirar su ojito.

La historia no terminó ahí: meses después se dieron cuenta que tenía Virus de la Inmunodeficiencia Felina (FIV, como VIH en gatitos) y leucemia. Tuvieron que adaptar la casa, darle otros alimentos, cuidarlo.

 “Lo llevé hace un mes al veterinario a sus chequeos anuales y las pruebas salieron negativas, que no significa que ya no tenga el virus, pero significa que la carga viral es tan baja que es indetectable. Me dijeron que está tan bien cuidado, feliz y su sistema está tan bien, que combatió el padecimiento. Ese día lloré de felicidad”, relata Alina.

Esas son las historias agridulces a las que se enfrentan rescatistas todos los días.

Y no siempre hay finales completamente felices.

Para Marisol Cid los procesos le han resultado dolorosos. Su mamá, quien vive en Tierra Blanca, Veracruz, se dedica al rescate de animales. Ella, en Ciudad de México, ha puesto sus granitos de arena para ayudar a perritos que sufren.

Hace unos años se viralizó en redes el caso de un perrito al que mantenían amarrado en el exterior día y noche, con sol o lluvia. La correa era tan corta, que el pobre no podía ni siquiera recostarse y debía mantenerse erguido o parado todo el tiempo.

Se movilizó (las redes sociales ayudaron un montón) y logró que las autoridades rescataran a ese perro y a otro que estaba en las mismas condiciones, ¿el problema? Ella debía llevarse a ambos y hacerse cargo de sus necesidades.

Fue su primer rescate -casi- solita (Alina le ayudó a difundir el caso, por ejemplo). No pudo llevarlos a su casa, pero encontró un refugio donde los recibieron siempre y cuando ella se hiciera responsable de los gastos, aportando 2 mil pesos mensuales por cada perro.

Como fotógrafa freelance, el dinero no siempre abunda, y ha habido personas -extraños del internet que empatizan con la historia- que le ayudan a cubrir el gasto de vez en cuando.

Hace unas semanas, uno de los perritos –Rex, de nueve años-, murió sin haber encontrado una familia aunque, eso sí, con una vida mucho más digna que la que tenía antes del rescate.

“Me dolió mucho porque no pude darle una casa, sé que al menos conoció la libertad, pero me quedé con eso”.

El otro perrito, de tres años, es Café con Leche, una cruza de pitbull muy activo y juguetón que todavía busca un hogar amoroso.

Mi corazón está destrozado de pensar que nunca pude darle una familia, él merecía sentirse amado por una familia, le di hasta donde más pude pero no fue suficiente, su cuerpo no resistió.

Ahora es procurar a su hermano, espero poder darle un hogar definitivo.

— Marisol Cid (@_marisolcid) January 31, 2023

Ambas explican que el rescate de animales es un proceso al que se le invierte mucha energía. Coinciden en que puede ser doloroso, sí, pero también hay esperanza en ello.

Y es eso: el darle una vida digna a animales que han sufrido, conectar con ellos y verlos felices, es una recompensa que también puede ser muy luminosa.

“Tener la esperanza de que ese animal va a estar bien y encontrar las maneras de darle su final feliz es lo que aminora todo lo feo del proceso“, concluye Alina.