Y nunca supieron que ellos eran 'los therian'…

Estefanía Veloz · 22 de febrero de 2026

Y nunca supieron que ellos eran 'los therian'…

Hace una semana circuló el cartel por todas las redes: “Mega convivio therian en la CDMX“. La convocatoria: reunión a las dos de la tarde en ‘las islas’ de Ciudad Universitaria y después, una carrera en el anexo de la Facultad de Ingeniería. Ni modo de no ir.

Los therians —personas que aseguran identificarse espiritualmente con un animal no humano, al grado de adoptar sus gestos, sus movimientos y, cuando se puede, su apariencia— son desde hace algunos meses el tema inagotable de internet: hilos interminables de debate, videos virales de adolescentes caminando ‘en cuatro patas’ por pasillos escolares, columnas de opinión alarmadas. Todo el mundo habla de ellos. Nadie los ha visto en vivo.

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Y nunca supieron que ellos eran "los therian"…
Foto: Cuartoscuro

Las Islas, los pecaminosos jardines hundidos que se extienden frente al edificio de la Biblioteca Central, donde los estudiantes se tienden a leer, a dormir o a hacer todo lo contrario, son el corazón informal del campus. El lugar donde cualquier tribu termina gravitando. También los therians.

Media hora antes de la cita, ni un par de orejas de gato, ninguna cola de felpa.

Un hombre porta un chaleco de ‘apoyo a la comunidad’. “¿Sabe dónde es el encuentro de therians?” No tenía idea. Segundos después, como si la información le llegara por un canal alterno, agregó: “… pero va a haber una carrera allá en Ingeniería”. En la ruta, parejas besándose en las bancas… grupos almorzando en el pasto. Ningún animal bípedo con aspiraciones cuadrúpedas.

De regreso a ‘las islas’, ahí están otros de otra especie. Son los El Universal, Imagen, N+ —algún día Televisa—; hay un corresponsal aparte de Univisión, que no es lo mismo, pero es igual. Me pregunta, le pregunto, todos preguntan. Nadie sabemos dónde diablos hay un therian.

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Y nunca supieron que ellos eran "los therian"…
Foto: Cuartoscuro

Ya llegaron los influencers. El de ‘Proyecto escolar’, genera más revuelo que cualquier cámara de televisión: los estudiantes lo reconocen, se arremolinan por una selfie. Los reporteros de medios tradicionales, observan. Anónimos.

Llegan y llegan cámaras y micrófonos. Decenas de periodistas, camarógrafos, productores, creadores de contenido. Una estudiante advierte: “¡Los van a espantar, son muy tímidos!”.

Tres de la tarde. Una hora de retraso sobre la convocatoria. Ni un solo therian a la vista. Rolando lejos de ‘las islas’, de pronto pasó ‘Chester’… Chester Cheetah, el guepardo animado de esos cheetos naranjas que con polvo de queso manchan los dedos y el alma. Trae orejas puntiagudas color naranja montadas sobre la cabeza, máscara que cubre nariz y pómulos, lentes de espejo que ocultan la mirada. Es casi una persona.

—¿Cómo te llamas?

Sebastián. Tengo 24 años. Estudio ingeniería.

Le pregunté cómo se identificaba.

—Ingeniero —responde y ríe.

—¿Cheetah?

—Sí —otra risa.

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Y nunca supieron que ellos eran "los therian"…
Foto: Cuartoscuro

La historia de Sebastián no empezaba con una revelación espiritual ni con un despertar identitario. Empezaba en Halloween. Se había fabricado el disfraz de Chester para una fiesta, y algo pasó al ponerse el disfraz; algo se ajustó entre lo que llevaba puesto y lo que sentía por dentro.

Dice que no tiene amigos therians, pero sí ‘furros’: personas que se disfrazan de animales antropomórficos, generalmente con trajes completos a cuerpo entero. La diferencia, según Sebastián: los ‘furros’ no se sienten como se visten. Es un juego, un performance. Lo de él era otra cosa. Era un permiso, no una identidad heredada. —Creo que todos deberían animarse —fue lo último que dijo antes de entrar a clases.

Los reporteros seguían en ‘las islas’ girando la cabeza, buscando sin encontrar. Si fueran therians, serían zopilotes: planeando en círculos sobre el mismo terreno, saboreándose las horas muertas.

Entonces comenzó el show. Alguien que no alcanzaba el 1.60 se colocó unas orejas de papel y empezó a caminar en cuatro. Avanzaba unos pasos, se detenía, se lamía el dorso de la mano con una teatralidad cuidadosa. Tres segundos bastaron. Las cámaras salieron disparadas. Una avalancha de adultos con credenciales de prensa empujó estudiantes para llegar primero. Algo es algo.

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Y nunca supieron que ellos eran "los therian"…
Foto: Cuartoscuro

Treinta, cuarenta personas apuntándole el celular a la cara, los brazos estirados por encima de otras cabezas, los micrófonos metiéndose entre los cuerpos, las luces de las cámaras profesionales encendiéndose a pleno sol. Como si fuera el Papa en la Plaza de San Pedro. El joven en el piso, acicalándose. Los adultos encima, unos de otros, empujándose por el mejor ángulo. Los estudiantes alrededor, riéndose. De esos adultos, claro. Terminan siendo el espectáculo animal.

El therian que los enloquece se para y se va. Sin orejas. Sin cola. Sin máscara. Una chica cercana, explica:

—¡No ven que es broma! Se está burlando y todos cayeron.

Ni ella ni sus amigos conocen therians en la UNAM. Nadie en su facultad, en ninguna, los ha visto.

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Y nunca supieron que ellos eran "los therian"…
Foto: Cuartoscuro

Curiosidad: las tribus urbanas que conocemos —punks, darketos, skaters, emos— siempre existieron primero en la calle y después llegaron a los medios. Alguien las veía, las documentaba, las nombraba. Con los therians, el mundo al revés: primero se encendió la pantalla y después se busca la realidad. Primero los medios, después el fenómeno.

Así como Chester se fue caminando lentamente a su clase que de ingeniería, al final, los 50 reporteros se retiraron para el otro lado. Como therians que no saben que lo son. Y con la historia que no encontraron.