Vivir en un cerco

Rosario Carmona, Ricardo Uriel Hernández · 2 de julio de 2011

Vivir en un cerco

José Antonio no sólo vive, en la ciudad más peligrosa del país, además, lleva 7 años encerrado en su propia colonia.

Sus días pasan entre la zozobra y la violencia.

Cuenta que son 17 familias que aún habitan en la colonia. Pero desde 2003 un grupo de supuestos agentes de seguridad privada bloquearon todas las calles, dejaron encerradas las casas al levantar postes de concreto y cercar con alambre de púas.

Colocaron un portón en la entrada principal donde los guardias –sin registro formal en ninguna corporación- los vigilan, registran, decomisan el alimento de sus animales de crianza e incluso, impiden el ingreso a visitantes.

Es la vida en Granjas Lomas de Poleo, en Ciudad Juárez.

José Antonio explica cómo empezó todo.

Bajo el argumento de la construcción de un mega proyecto binacional denominado “San Jerónimo” del lado mexicano y “Santa Teresa” del lado de Estados Unidos, donde se tiene proyectada la construcción de maquiladoras y grandes negocios relacionados con la industria aeroespacial, los promotores emprendieron la embestida para desalojar a los habitantes de Lomas de Poleo que, con sus 345 hectáreas de terrenos, se ubicaban justo en medio del desarrollo.

Pedro Zaragoza Fuentes sostiene que los predios le pertenecen aunque el Tribunal Unitario Agrario Número Cinco donde se dirime la propiedad de los terrenos no se ha pronunciado a favor de ninguna de las partes.

Estado de sitio

Siete años sitiados en su mismo territorio, en el lugar en el que han vivido desde hace 40 años; los cholos tiene controlada la zona y han derrumbado varias casas, quieren echarlos a todos a como dé lugar, así lo dice José Antonio.

En el intento por correrlos de la colonia, les quitaron la corriente eléctrica. Quedan los postes, pero viven a oscuras.

El hombre, que no rebasa los 50 años, a veces piensa que huir es la única forma de terminar con el acoso.

Balacearon su casa, también rafaguearon y mataron a Carlos Abitia, el abogado que los asesoraba y  representaba en diversos juicios en la ciudad de Chihuahua.

José Antonio cuenta su vida reciente en una Ciudad Juárez convulsionada por la violencia:

A su comunidad nadie entra ni sale sin el consentimiento de un individuo que se llama Catarino del Río,  emisario de los Zaragoza, que tiene un grupo de golpeadores, que son los que vigilan.

“Son gente mala, cholos, la gente les tiene miedo. Son guardias y tienen su gente y el que manda es Catarino del Río, tumbaban casas, tienen guardias, no dejan entrar a desconocidos”.

“Ha ido gente y tiene que entrar a escondidas, los guardias andan a caballo y en troca”, acusa y su mirada refleja el miedo de que en cualquier momento que esté lejos de casa algo les suceda a su familia.

En el drama de lo absurdo, el hombre explica que justo enfrente de su casa pasa la red de agua potable, pero no tiene el servicio. Tienen que pedir pipas y a veces el dinero no alcanza.

Prácticamente volvieron a vivir en el desierto, en un pueblo semi abandonado, sitiado.

“Como no tenemos luz, de noche ya no salimos porque está lleno de animales. Hay de todo: víboras de cascabel, coyotes. Incluso a veces escuchan a los perros que salen aullando”.

Las tiendas que existían ya no funcionan porque “los guardias” no dejan pasar a las camionetas que surtían la mercancía, ahora tienen que salir a comprar víveres a las colonias cercanas y deben someterse a la revisión en la caseta de entrada, ahí pueden pasar hasta media hora para que el vigilante les abra la puerta.

Dentro de la colonia había dos escuelas. Los niños subían desde las calles cercanas, pero los padres de familia optaron por sacarlos porque cada vez que ingresaban les hacían revisiones, incluso dentro de los camiones, que definitivamente ya dejaron de pasar.

“El gobierno está haciendo una preparatoria dentro del cerco, no sé por qué se prestó el gobierno a hacer la escuela si está en proceso el litigio y ahí donde la construyeron mataron a un compañero, le tiraron la casa y entonces, qué cimientos puede tener esa escuela. Dicen que va a cubrir a varias colonias pero yo creo que lo están haciendo porque quieren acabar con nosotros”.

Antonio dejó de utilizar su mueble (vehículo) porque ya no tiene dinero ni para ponerle gasolina, ahora entra y sale caminando, no le queda otra.

Litigio y abandono

Hay 25 familias todavía en litigio. Hace poco tuvimos una audiencia en Chihuahua y el abogado de ellos dice que reconocía a cinco familias nada más, y la magistrada Basurto no se pronuncia, comenta.

“Sólo le dijo (al abogado) qué les ofrece, les ofrezco 600 metros y el avalúo de la casa, dijo el abogado. Pasaron a mi padre de 80 años y le preguntó qué le parece la oferta de 600 metros. ¿Qué oferta? dijo mi padre, si yo tengo dos hectáreas, son 20 mil metros, él me da 600, cuál es la oferta. Yo no estoy vendiendo ni estoy pidiendo, venimos aquí porque ellos quieren hacer una oferta, pues que la hagan pero no nos vamos a ir por 600 metros”.

Se ha ido gente por miedo, porque les han quemado sus casas, por la presión, pero nosotros nos iremos cuando nos hagan una oferta.

Reconoce que su familia sufre el acoso permanente.

“En una ocasión me balacearon la casa en la noche. Estaba mi madre, mi papá, mi mujer y mi hija. Mi hija dormía a un lado mío en una cama, en seguida, cuando sonaron los balazos agarre las cobijas y la tiré al suelo y yo me tiré también. Le pregunté si había escuchado y me dijo que sí, pero le pedí que no se asustara”.

Tiene 14 años. Salió a rastrear y vio las llantas marcadas del auto y las huellas que estaban apuntando para la casa.

Yo busqué donde se paró el coche y encontré los casquillos. Fui a poner la denuncia y no procedió porque se estaba cambiando la ley en Chihuahua.

Nada se ha podido hacer y como nos mataron al abogado, todo se ha retrasado.

Antonio admite que no cuentan con las autoridades porque incluso el Secretario de la Reforma Agraria, Abelardo Escobar es primo de la familia Zaragoza, por eso no se mete.

Futuro incierto

En 7 años, se quedó sin trabajo.

Era mil usos, pero en el Centro, donde trabajaba desde hacía 15 años, el dueño cerró el negocio por la ola de violencia y ahora se encarga de cuidar a sus padres que fueron víctimas del acoso de los desarrolladores que terminaron por derribar la casa. Les pasaron encima con las máquinas.

Ahora sobreviven gracias al dinero que les envían sus familiares que trabajan en Estados Unidos, pero admite que si vivir en Ciudad Juárez es difícil, que su casa se ubique en Lomas de Poleo, se ha convertido en una absoluta tragedia.