Vivir en Tepito, la historia de Doña Chelo

Rosario Carmona/Uriel Ricardo Hernández · 22 de marzo de 2011

Doña Chelo, madre de diez hijos.//FOTO: Ricardo Hernández

Nieta de un sacerdote, que no la quería por mal hablada y respondona; esposa de un padrote con el que la casaron con engaños; madre de 10 hijos, todos con carrera universitaria, Doña Chelo, agradece a la vida y al barrio que le ha dado todo: “vivir en Tepito es la gloria”.

Aunque se define como atea, agradece: “a Dios la vida y a Tepito la comida”.

De sus hijos dice que son 10 y tener esa cantidad en este barrio ya es conformar una banda, “aunque en una banda siempre hay un pendejo”, y suelta una carcajada que acompaña la mofa.

Cuando habla de sus hijos, se llena la boca al presumir con orgullo que cada uno hizo lo que quiso. De algunos de ellos ni siquiera sabe en dónde están. “Greco, parece que ahorita está en Canadá, pero estuvo en España, Alemania y Suiza”. Pero tampoco le importa, recuerda sus nombres, las carreras que cursaron en el Instituto Politécnico Nacional y en la Universidad Nacional Autónoma de México y algunas anécdotas:

El cabello largo de un hijo, cuando una de sus hijas le notificó que se salía de su casa, la otra que salió con su domingo siete y el que un buen día se fue a Cuba no para agarrar las armas, sino para levantar la zafra.

Sadok, el barbón, estudio Publicidad y Mercadotecnia, ahora vive con su madre y vende diversos artículos en Tepito, le siguen Efrén, Hortensia, Noemí, Alída, Greco y Aníbal…

De los cuates, dice que Aníbal estuvo en el Instituto Nacional de Geología y Greco fue egresado de la UNAM, de la facultad de Ciencias, estudió biología molecular, es el que se fue y ha andando por ahí, por ahí. Parece que cuando estaba en Suiza le dieron un diploma y lo cuenta con el mismo entusiasmo que le nace para referirse a sus otros hijos.

Efrén y Zadoc regresaron al barrio.

Dice que  varios de sus hijos se hicieron la vasectomía porque no quieren tener familia, y ella, pues simplemente no se mete en sus vidas.

Danik fue el último. Es una persona muy hábil, entró a la UAM para estudiar psiquiatría y no terminó la carrera, pero es muy hábil para ganar dinero. Hace mucho que no lo veo y como ni me interesa, dice.

“Yo siempre les he dicho, mira cuando nace un hijo, es otra persona, se le corta el ombligo y se les hace independientes, tengo mis obligaciones, mi responsabilidad hasta donde aguantemos los dos, pero no debo decir es mi hijo, como una propiedad privada o para que me mantengan, yo no soy parásito y no soy perro para que me saquen a pasear”.

En el 48 nació el mayor, un 4 de enero y del más chico, no se acuerda.

Casada con un padrote

Cuenta que un día, su madre, una mujer de un metro noventa de estatura, le dijo: “Chelo acompáñame”; se fueron caminando hasta una casa que estaba en la calle Manuel Doblado. Había mucha gente, “mi mamá me dejó afuera, después me ordenó entrar y me dijo firma este libro, después me di cuenta que me había casado con un señor que se llamaba Manuel Hernández”, al que nunca había visto en su vida.

Su madre la casó con un hombre que nunca había visto.//FOTO: Ricardo Hernández

Con él (a quién definió como un  vividor y padrote) procreo sus diez hijos, tres de ellas mujeres.

Ahora, a sus 81 años, nos invita a sentarnos en una silla de plástico, en su casa, que antes fue una vecindad y que adquirió en 146 mil pesos, y que ahora renta como bodega para que los comerciantes de la zona guarden su mercancía.

Doña Chelo cuenta que sin la ayuda de su marido se hizo cargo de sus hijos, vendiendo trajes volteados.

“Compraba trajes sastre, para caballero (no me gusta vender cosas para mujeres, porque son muy latosas) en muy buen estado, de lana, de buena tela, los descosía los volteaba y los cosía nuevamente, si estaban mal de la pretina o algo así se las ponía nueva, y cuando ya estaban listos los lavaba en gasolina y luego los vendía”.

La gasolina, detalla, se usaba para evitar enfermedades contagiosas, porque  a mediados de los años cuarenta, había mucha enfermedad venérea que traían los braceros que regresaban de Estados Unidos y aquí se las contagiaban a sus esposas o a prostitutas.

“Los pantalones quedaban bien bonitos, como nuevos, así  volteados”.

Ten un libro, ándale léelo para que te des-asnes

El relato que a Doña Chelo estaba comenzando a apasionarle fue interrumpido por  Lalo (Eduardo con amor, dijo llamarse el niño de seis años) que se acercó para pedirle que si le compraba unos dulces para él y su primo Ulises.

Los niños son su debilidad.//FOTO: Ricardo Hernández

La mujer de carácter fuerte, que asegura que no se deja de nadie y que todavía pega duro, sacó de la bolsa de su chaleco algunas monedas y se las entregó al pequeño.

El niño que vive en la vecindad de al lado, va a jugar al patio de doña Chelo. Tienen 6 años y ya trabajan, porque así es en el barrio, porque aquí al que no trabaja le pegan y así le va, cuenta mientras los niños guardan los diablitos con la mercancía del puesto y luego se suben en unos coches de plástico a dar vueltas frente a ella.

Ahora esta mujer que es integrante de una obra, que en Tepito se le denomina: Las siete cabronas invisibles, se gana la vida rentando su patio como bodega, trabajo que la mantiene ocupada todos los días excepto los martes.

“Aquí me encuentran cuando quieran, vengan un día a platicar conmigo o nos ponemos de acuerdo y vamos a tomar un café, pero en martes eh. Sólo les recomiendo, por seguridad, que no vengan con relojitos o  cosas ostentosas, porque los pueden asaltar, yo aquí me tengo que cuidar de las ratas, aunque ya sabe que conmigo mejor no meterse, incluso los polis, por eso no me meto a vender lo prohibido”.

Doña Chelo, como la conocen en el barrio,  dice que no terminó la primaria y que aprendió a leer a fuerza de soportar las burlas de sus hijos. “Ten pa`que  te des-asnes y le aventaban sus libros”.

“Pero yo no me considero analfabeta porque yo he salido, yo voy a exposiciones, a museos, voy a aprender”.

Los martes, el único día que descansa, se sale de su casa y se refugia en la Cineteca Nacional donde elige, de preferencia, películas sobre mujeres.

Siempre ha sido vaga

Nació en Canal del Norte y entre los 3 y 6 años vivió en el pueblo de Tacuba, junto al rastro. “Desde chiquita, de 4, 5 años, me largaba a los corrales y me robaba las marranitas que acababan de nacer, los borreguitos y se los llevaba a mi mamá. ¿Para que comieran?, no, de ociosa, de vaga. Es que fui muy vaga, hasta la fecha, no me puedo quedar en mi casa, siento que me ahogo. No sé, mira, los martes Tepito no trabaja desde el terremoto, y yo me largo, me voy aquí, allá, no sé dónde me meta, pero me largo”.

Me voy a la cineteca, dice orgullosa, ahí me gusta ver de todo.

“Las que hablan sobre la mujer, donde se identifica uno, donde se retrata uno”.

Basta escarbar un poco en la memoria para que los recuerdos de su infancia se agolpen. “Chamaca, chamaca dejé de ser católica a los 12 años, en el 42, ya no fui católica porque me di cuenta, al tener un abuelo sacerdote católico y una mamá tan animal, tan cerrada,  tan obediente a la religión católica y yo decía no, no se vale. De mi abuelo, lo que yo supe es que  murió multimillonario, porque era una ratota de cuenta”.

Dejé de ir a la iglesia y ahora sólo creo en mí. Lo que yo no pueda hacer por mí, nadie lo va a hacer. Y pensando así sacó adelante a sus 10 hijos.

Con orgullo presume su historial que le ha valido el respeto de los tepiteños. Un día me agarré a punta de tijeras con un matón que se le puso a uno de mis hijos y así me lo llevé; otra vez, a una prostituta grandota que medía más de 1.90, que le echó chile a mi hija, bien chiquitita, por meterse en su casa, que voy y que le meto chile por la cola, le pegué y no se levantó, mientras los vecinos gritaban ¡Chelo, Chelo, Chelo!

Pa`que no se anduvieran metiendo con mis hijos.

A sus 81 años, doña Consuelo está entera.  Esconde la mirada detrás de sus gafas ray ban negras, pero no es por timidez ni por presunción. Justo hace unos días le operaron los ojos, enfermos de cataratas y glaucoma, pero ahora, dice, “mis niñas quedaron limpiecitas” y está lista para seguir devorando la vida en vistazos.