Vivir de la basura <br>La historia de Alexander

Francisco Sandoval Alarcón (@MrTerremoto) · 27 de diciembre de 2011

Vivir de la basura <br>La historia de Alexander

Alejandro, mejor conocido como Alexander, es un hombre de 52 años que prefiere vivir libre en la calle, antes que encerrado en el cuarto de un centro psiquiátrico.

Desde hace un año trabaja como recolector de basura en el Distrito Federal. Actualmente vive en una de las jardineras cercanas al bosque de Chapultepec -una de las zonas más visitadas y transitadas del DF- Esa zona aporta muchos de los kilogramos que van a parar a las más de  12 mil toneladas de basura que diariamente se generan en la ciudad.

―En la calle soy very happy, ―me dice Alexander con un marcado espanglish, característico en muchas de las personas que como él han vivido desde niños en los Estados Unidos y hablan con dificultad el español.

Estamos en una jardinera cercana a Chapultepec, junto a la avenida Reforma. Los automóviles parecen estar pegados al asfalto por su lento avance. 6 de la tarde, 2 días antes de la navidad. Al alzar la vista se puede ver el edificio más alto y costoso de esta selva urbana: La Torre Mayor. En una hora oscurecerá.

En ese lugar Alexander improvisó una carpa. La hizo con lona y plástico. Ahí me encuentro con él.  ―Aquí soy libre, ― plática con voz aguardentosa, mientras sus ojos color aceituna miran algo desorbitados producto de la ingesta de alcohol.

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Era 2010 y Alexander aún vivía en el valle de San Fernando, California, Estados Unidos. Ahí ejercía el oficio de carpintero. Era divorciado y tenía 2 hijos, pero sus problemas con el alcohol lo pusieron en una situación “muy difícil” ante la autoridad -que ya lo tenía fichado por conducir en estado de ebriedad-. A finales de ese año, lo deportaron a México. Fue por –mala conducta, – reconoce.

En la frontera trató de conseguir dinero para regresar a California, pero  sólo consiguió mil 500 pesos para el autobús que lo llevo al puerto de Veracruz.

–¿Por qué Veracruz, –le pregunto para saciar mi curiosidad.

Porque es muy bonito, –me responde, al tiempo que me ofrece como asiento un bote de plástico reforzado y que el mismo acondicionó como silla.  Alexander aprovecha para sentarse dentro de la carpa.

Las arrugas en su cara dan la impresión que se trata de un hombre mayor a su edad. Usa una boina negra, pantalón de mezclilla, una playera gris con el logotipo de la Universidad de California y una sucia gorrera beisbolera color azul de L.A Dodgers.  –Bienvenido hermano, –me lo dice con el rostro sucio pero relajado.

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Cansado de Veracruz -donde sobrevivió gracias a lo que le daba la gente en la calle-, decidió venir a la ciudad de México, de donde es originario, para buscar  a un tío. El hermano menor de su padre.

Lo encontró y vivió con él un par de semanas, pero sus problemas de alcoholismo derivaron  en un par de discusiones con el tío, que lo amenazó con encerrarlo  en un “manicomio”.

La advertencia surgió efecto. Al día siguiente, Alexander abandonó la casa y se refugió en las calles del Distrito Federal, donde encontró un nuevo oficio: juntar los desperdicios que dejan los miles de visitantes del bosque de Chapultepec y sus alrededores. Así es como ha sobrevivido todo este tiempo.

En su improvisada carpa, tiene apilados botes de aluminio, cartón y botellas de plástico que acomoda y amarra cuidadosamente. No entiendo por qué su tío lo quiso recluir en un centro psiquiátrico. Alexander no tiene un gramo de loco. Como si fuera a contarme un secreto, me dice que cada semana hay una persona que le compra lo recogido y con ese dinero sobrevive.

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El censo 2010-2011 del Instituto de Asistencia e Integración Social (IASIS) del Distrito Federal (DF), órgano dependiente del Gobierno del DF, revela que en la ciudad de México hay 3 mil 282 personas viviendo en la calle. 2 mil 774 son hombres y 508 mujeres. Otros mil 739 tienen un empleo, como Alexander, y mil 543 están desempleados. Además, mil 853 consumen algún tipo de droga y mil 115 alcohol.

Cuando le pregunto si extraña a sus hijos, hace una pausa para darle un trago a la botella de mezcal que saca de entre sus ropas. Después, toma aire y me cuenta que siendo chicos les enseñó que cada quien tenía que vivir su vida.

Me understand (me entiende).

De su tío no quiere saber nada. Asegura que vivir en la calle es mejor que estar encerrado en un manicomio. ―Aquí en la calle me he topado con gente buena, ―me plática,  mientras señala con su dedo índice 2 carpas instaladas en una jardinera vecina, donde 2 hombres viven rodeados de la basura que recogen. Se trata de otros recolectores amigos de Alexander. ―Prefiero la libertad antes que el encierro.

La oscuridad de la noche se apodera del paisaje. El claxon de los autos aturde a cualquiera, menos a Alexander de quien me despido con la promesa de regresar a visitarlo. Después, le da un último trago al mezcal y se recuesta entre las cobijas que ha colocado como cama dentro la carpa.  Cuando lo veo por última vez me doy cuenta que su rostro está más relajado que el de los estresados automovilistas que circulan por la avenida Reforma a vuelta de rueda.

Al verlo tranquilo no me lo puedo imaginar encerrado en un manicomio. Ahí da la apariencia de ser una especie de Virrey de la basura. Uno que  no paga renta y con un empleo que siempre le arroja dividendos.

―Goodbye mi hermano, acá te espero cuando quieras, ―me despide Alexander con una sonrisa sincera.