Una extraña devoción perruna

Abenamar Sánchez · 1 de noviembre de 2011

Una extraña devoción perruna
Día de Muertos para mascotas. FOTO: Abenamar Sánchez

El altar está de perros.

Los dueños, los empleados y los clientes de una empresa de servicios en la avenida Jesús Reyes Heroles, en la colonia Valle de Ceylán, sobre el norponiente de la Ciudad de México, se encuentran festejando con muchas horas de antelación el Día de Muertos, pero ninguno de los rostros que aparecen en las fotografías colocadas sobre el altar, enmarcadas en pulidos cuadros, es de humano.

Algunos llegaron acompañados de sus perros mascotas —por ejemplo, una hembra de la raza Viejo Pastor Inglés, tocada con una corona de princesa; un salchicha con breves listones y ajustados trajes— y éstos se desplazan con la misma actitud de calma y espiritualidad con que lo hacen sus amos. Si alguno dirige la vista hacia el altar, lo hace con tal dejo de silencio y añoranza, al grado que los lejanos siseos de ventiladores alcanzan la nitidez de los zumbidos.

El altar es de tres gradas o niveles y tiene el tamaño promedio de dos ataúdes para hombres adultos. En la parte más elevada, sobre una caja de maderas que le sirve de pedestal, está la fotografía de un cocker de nombre Jessy, privilegio por ser uno de los difuntos atendidos recientemente por esta empresa de cremación de mascotas. Casi junto a ella está Nikita, una hembra labrador a quien sus exdueños le han colocado al lado una bolsa de churrumais, un manojo de zanahorias y una manzana.

“Si comía como humano”.

También entre calabazas de plástico, blancas velas y artificiales huesos, sobre las gradas de descenso están, entre otras, las fotografías de Bonnie, de Bruce Willis y una figura tallada de Draco. Bruce es una cruza de maltés con cocker y lleva puesta una ajustada y dorada camiseta de los Pumas, el equipo de futbol nacional. Draco, un mastín oscuro, tiene una historia de muerte que se acerca a la legendaria creencia mexicana de que el humano y el perro están el uno para el otro y que éste siempre acompañará a aquél en el camino al inframundo: era un perro sano; murió “de la nada” el día que la hija de sus amos fue dada de alta del hospital donde llevaba tres días internada por problemas de respiración; se cree que absorbió todo el mal que aquejaba a la pequeña y dio su vida por ella.

Altar con comida y fotos dedicado a las mascotas. //FOTO: Abenamar Sánchez

De ser así, que cada perro acompañe al humano muerto al inframundo, en la urbe llamada México, en caso de que hoy se murieran los 20 millones de habitantes, cada perro tendría la gloriosa tarea de viajar cuatro veces al más allá, o al menos que cada uno coja un coche, que es la cantidad que le correspondería a cada perro dada a la cifra similar que comparten, y trepe a las cuatro almas en un solo viaje. Se estima que en México hay un perro por cada diez metros cuadrados, y en esta empresa de cremación, de nombre Pets Memorial, han pasado un promedio de tres perros difuntos por día.

La dueña, Montserrat Berriel, interviene para dejar en claro que tres por día no es una cifra estable:

—Hay días en que hay más y en otros menos: como se trata de decesos, es algo que no se puede predecir.

***

Es media tarde de domingo, hace calor, y los deudos de los difuntos atestan silenciosos el espacio donde está el altar.

El edificio 128 de la Reyes Heroles es una ancha bodega con tragaluces en los que esta tarde relumbra el sol y extractores de aire que, empotrados con su aspecto de calabazas gigantes en el techo de zinc, giran y giran sin cesar.

El altar ha sido levantado en la esquina del primer compartimento que se encuentra apenas se franquea el portón principal. Al fondo está el área de cremación y en el lateral unos cubículos que sirven de oficinas.

Los empleados han dispuesto también, cerca del altar, una alfombra gris trazada en medio con una callecita de orillas de cempasúchil artificial.

Jessy es una de las clientas de este lugar.//FOTO: Abenamar Sánchez

“Habrá una pasarela de mascotas”.

Yuna, una hembra de la raza Viejo Pastor Inglés, no espera el momento para posar ante las cámaras y lucir su corona de princesa tocada con un moño de coloridos listones.

—Es una diva —dice su amo cuando la ve colocarse frente al altar luego de que él mismo la ordenó posara para unas fotos.

¡Aaaah!, exclama alguien de entre la gente cuando ve a Yuna ponerse frente al altar y asumir esta y otra pose como lo haría cualquiera de esas seductoras chicas “flacas” sobre el escenario.

“Impredecibles, como cualquier deceso”.

La muerte atrapa desde cualquier forma. En este altar no tiene la figura de una calavera humana con una larga hoz entre manos, sino en la de dos mastines blancos con los esqueletos dibujados con un oscuro rotulador.

—Son la muerte —dice un joven mientras recorre las fotografías colocadas sobre el altar y en las paredes que terminan en esquina ahí junto.

En una se lee:

Brandy:

… espéranos allá arriba que tu guiarás nuestro camino.

Te amamos

15/03/11

La dedicatoria y petición a Brandy, un schnauzer gris plateado, con tono oscuro en lomo y cuello, está acompañada con un corazón dibujado.

Y en agradecimiento a un cachorro que en vida se llamó Monolito, Emilia, Rubén y Javier escriben:

Bebito… Gracias por estar con nuestra familia humana y perruna.

19 de octubre de 2009

Se dice que las mascotas son los niños de la familia humana o de sus amos, y por lo tanto se les festeja su Día de Muertos formalmente el 1 de noviembre, porque cuando se mueren se convierten en angelitos.

Nikita, una mascota a la que le gustaban las frituras.//FOTO: Abenamar Sánchez

El 1 de noviembre se festeja a los niños difuntos y el 2 a los adultos, se lee en un texto introductorio sobre el Día de Muertos que está pegado en uno de los ventanales junto a la entrada al edificio.

Por encima del altar, pendidos de hileras, planean unos angelitos, pequeños artificios con cara de perro, que representan la llegada del alma de las mascotas. Por ello, los hombres y mujeres que esta tarde asisten al festejo han traído los juguetes y el alimento preferidos de sus difuntos.

Un hombre viejo, de oscuros lentes, como para que no se le noten las lágrimas que podría derramar, ha traído un pequeño comedero y lo ha depositado sobre el altar. Alguien ha colocado también una bandeja de limones.

Para la gripe, dice.

Como se trata de muertos, tampoco faltan las flores de cempasúchil y de seda y el aire de congoja.

***

Madre e hija se retiran cabizbajas.

Yuna las observa desde donde se ha retirado tras la sesión fotográfica, con aire de quietud.

La hija lleva una pequeña urna en manos y se la ve adolorida. Tras ella camina la madre.

Los demás las observan con tristeza.

Llegaron poco antes que comenzara el festejo. Entraron calladas, seguidas de una chica que llevaba una especie de bebé en camilla, recubierta con una blanca frazada.

—Disculpen, señoras, —salió poco después, del área del crematorio, un hombre para hacer el anuncio— haré un poco de ruido, porque voy a hacer una cremación.

Las mujeres que aguardaban junto a la alfombra gris asintieron con un movimiento de cabeza.

—Un amigo va en busca de una luz.

Madre e hija se metieron a un cuarto que da al área de cremación para despedir, por última vez, a su mascota.

No duró más que unos minutos el ruido anunciado por el hombre.

Ora; la hija con la urna  y la madre tras ella, se marchan tristes.

Hay mascotas que hacen pensar que son “humanos metidos en cuerpos de perros”,  ha dicho Montserrat Berriel, recordando a Zirro,  un setter irlandés que con su muerte hace cuatro años la llevó a crear Pets Memorial.

Continúa el festejo; Zirro, el que se comía una rebanada de pizza tras quitarle con cuidado los chiles jalapeños en caso de tenerlos, observa desde una amplia foto; Yuna mira hacia el altar.

Está de perros.