Un deudo demasiado sentimental

Abenamar Sánchez · 2 de noviembre de 2011

Un deudo demasiado sentimental

Hey, por favor: no vayas a pensar que el personaje de esta historia es un fanático o, como lo dice él, “un raro animal”.
Se llama Héctor Penagos y sólo es un deudo demasiado sentimental.

De pie junto a un largo altar, en el corredor de una casa refugio de perros en el oriente del Distrito Federal, está refiriendo las historias de la muerte de Tommy y de Don Tomás.

La de Mariposa, su otra mascota difunta, que “pudo haber sido cruza de zorro y pekinés”, porque era un perro que llegó del monte, la mencionará, breve, al final.

De estatura media, corto cabello profusas cejas y delineada barba, porte bravucón, se le debilita la voz y, mientras mujeres niños y hombres lo escuchan con atención, hace el esfuerzo por continuar.

Tommy, un Schnauzer, murió el último viernes de agosto de 2008, y Don Tomás, una mezcla de Schnauzer con Maltés, el último sábado de agosto del año siguiente.

Las fotografías de ambos y de Mariposa están pegadas a una urna de cenizas en la esquina del altar, la urna de cenizas de Don Tomás, el único de los tres que murió en este país.

Son imágenes impresas que caben en la palma de la mano, que caben justas en el bolsillo de la azul camisa a cuadros de Héctor, sobre la que se ha puesto una playera naranja con motivo de la ofrenda.

Héctor es de Guatemala; Tommy y Mariposa están sepultados allá.

En el patio de una modesta casa en el centro sur de la capital de ese centroamericano país, a casi dos horas de vuelo de aquí, está un pequeño jardín, tres o cuatro pasos de ancho y nueve o diez de largo, como este lugar donde está el altar; es un jardín con matas de rosas y de plantas que dan flores de una variedad de colores, con dos pequeñas lápidas en medio.

Allí, en la profundidad, están Tommy y Mariposa.

Flores “siempre” tienen; veladoras, principalmente en un día como hoy, sólo en la casa. Pese a que lleva dos meses que llegó a México, está Héctor seguro que Tommy y Mariposa tienen velas encendidas allá.

La foto de Don Tomás, aquí, en el altar que ha ofrendado la Casa Lulix en las primeras horas de la noche de este martes en la Delegación Iztapalapa, la alumbra una veladora y la alcanza el humo del incienso.

A Héctor se le vuelve a quebrar la voz; carraspea; interrumpe brevemente su relato; se le asoman las lágrimas.
Empieza a narrar cómo y dónde conoció a Don Tomás.

***
29 de septiembre de 2009. Calle cercana a la Estación del Metro General Anaya, Delegación Coyoacán, Distrito Federal.
Es de noche.

Tirado, sobre el asfalto, se queja un perro.

Un ingeniero en sistemas computacionales, quien estuvo viviendo durante años en México pero luego volvió a su país de origen y ora está de viaje de trabajo, se detiene junto a él y le viene a la mente el recuerdo de su mascota que murió hace un año.

Coge al perro atropellado, lo lleva consigo y empieza a buscar alguna asociación protectora de mascotas para solicitar la ayuda. Tras varias negativas de apoyo, dio con la Casa Lulix, un refugio de perros rescatados de la calle y de maltratos, fundada hace once años luego de vivir la dueña, con su mascota, una experiencia parecida a la que estaba viviendo él.

Así fue como el perro llegó a la Casa Lulix.

En recuerdo a su anterior mascota de nombre Tommy, el hombre lo bautizó Don Tomás. Andrea Peña, la dueña de la Casa Lulix, lo nombró Jenaro. Creía ella que era el nombre que le quedaba.

Don Tomás recibió un trato “digno de ser humano”. “Había que salvarlo a cualquier costo”. Héctor Penagos estaba dispuesto a hacerlo, con la ayuda de una doctora y de Andrea.

El perro, ya algo viejo de edad, se estabilizó de salud.

“Llegó a mostrar una ligera mejora”.

Cuando Héctor Penagos estaba por terminar de creer que había un nuevo integrante en su familia, Don Tomás murió.

Esa muerte reavivó en Héctor el dolor por su anterior mascota.

Tommy, un Schnauzer de tono oscuro, había muerto hacía un año, de una “rara manera”.

“¡Pero de muy rara manera!”

Nacido en México y llevado a Guatemala por Héctor en cuanto éste decidió volver a su país, había salido a correr con su nuevo amo un domingo. Era él quien se había acercado a Héctor, cuando sus otros dueños lo abandonaron.

“Hay perros que lo adoptan a uno, en vez de que uno los adopte”.

Al día siguiente despertó enfermo. Fue llevado con el veterinario. Se le detectó cálculos en la vejiga y se le practicó una cirugía. Mostró un ligero alivio. Tras casi una semana de tratamiento, murió un viernes en la mañana.

Héctor recibió la noticia vía teléfono y se “puso mal”.

“Tommy era un perro educado.”

Cada que Héctor llegaba del trabajo o de la calle, estaba esperándolo junto a la puerta.

“Ora no está.”

***
Termina su relato y se lo ve triste.

Permanecerá unos minutos más ahí parado, junto al altar, hasta que Andrea Peña dé por concluida el festejo de los santos difuntos, con la invitación de servirse café, pan y dulces.

También siguen las fotos de Tommy, Don Tomás y Mariposa ahí pegadas sobre la urna de cenizas. Mariposa murió de 20 años, demasiado vieja, y Héctor no sufre tanto la partida de ella.

“Se puede decir que ella sí vivió su vida al máximo.”

Es como si algún humano hubiera alcanzado los 100 años. “Sí, sí, eso; duele aún su partida, pero no tanto como la de los otros… A los tres los quise mucho, pero no me puedo olvidar de Tommy”.

Se le tornan acuosos los ojos.

“No soy un fanático, sólo hablo de los perros que he amado, que han sido mi familia; son mis difuntos, fueron mis amigos”.

Ahora tiene cuatro mascotas.

Recoge las fotos de sus difuntos, con delicadeza. En el altar quedan, entre flores de cempasúchilt, las fotografías de otros. Aclara que el trabajo es el motivo principal de su viaje de fin de año a México, pero que no dejará de visitar a esta casa.

–Aquí está Don Tomas; Tommy y Mariposa, allá.
Sentimental.