Rosario Carmona y Uriel Ricardo Hernández · 10 de mayo de 2011

El placer y la fortuna de ser madre marcaron a María para siempre.
“Antes me gustaba el coto”, dice. Pero ahora asegura haber cambiado para vivir y superarse por sus hijos. Lo único malo de la historia es que sus reflexiones llegaron a destiempo y tiene que esperar más de un año para poder estar con ellos.
A María todo le llegó temprano: la maternidad a los 14 años, con su primer hijo y el segundo a los 16; luego, una operación de la vesícula, de la que por poco se muere; más tarde una hernia, y finalmente, fue detenida intentando pasar droga al Reclusorio Preventivo Norte apenas hace un mes.
“Me amenazaron con un cuchillo cuando iba a visitar a mí tío (preso por robo), me dijeron tienes que meter un paquete, les dije que no”, cuenta.
Entonces llegaron las amenazas contra sus hijos y su familia si se negaba. Quienes la obligaban eran unos jóvenes que nunca había visto, la interceptaron cuando hacía fila para ingresar al penal, junto con una amiga que iba a ver a su novio, también preso.
Así, le entregaron los paquetes, “era mota”, asegura la menor de edad, mientras cuenta los últimos tres años de su vida y a veces, sus recuerdos la llevan, casi sin querer, a la imagen de su padre muerto de un balazo.
Lo recuerda como si fuera ayer.
“Yo estaba en la ventana y lo escuché gritar el nombre de mi mamá, ella corrió a abrazarlo y ahí se murió”.
Ese hecho cambió su vida para siempre. Entró a la escuela pero sólo cursó el primer año de primaria. No sabe leer ni escribir. “Apenas estoy aprendiendo a sumar y a leer un poco”, cuenta.
Sus ojos se empiezan a inundar y sus recuerdos siguen llegando como un manantial que busca una salida de su cuerpo. De pronto, las preguntas, los reproches la alcanzan y las lágrimas se asoman.
Regresa a la historia, que para su desgracia no es como las telenovelas que se pueden ver en la televisión en que la mujer detenida con droga siempre sale avante y se sobrepone a todo. La historia de María es real y apenas empieza.
“Estaba afuera del penal y se me acercaron, me dijeron que tenía que pasar el paquete, que lo metiera. Yo no quería, le dije que no iba a poder y que me enseñan unas fotos de mis hijos”, explica como buscando justificar lo que vendría después.
“Me pasé y es cuando me agarra la custodia, me dijo que sacara lo que traía, le conteste que dos celulares: ¡no te hagas pendeja! me gritó y me encontró la droga”.
“De aquí te vas a la grande”. La amenazaron y al argumentar que era menor de edad, la llevaron a la montada y de ahí al centro de atención especial para mujeres infractoras, Comunidad para Mujeres CM.
Su tristeza no para, su llanto tampoco, es diez de mayo, recuerda, y no hay a quién festejar y mucho menos quién la festeje a ella.
“Estoy triste porque no tengo a mis hijos, pero aquí me tratan bien, extraño estar con mis hermanos y mi mamá”.
TRAGEDIA FAMILIAR
La mala fortuna que persigue a María se extiende a su hermana menor.
Cuatro meses antes que María fuera detenida, su hermana fue trasladada al mismo centro.
Ella también se encuentra recluida por los mismos delitos. Aunque no se ven en el interior del centro, dice quererla mucho, al igual que a sus cinco hermanos, todos menores que ella y a los que su mamá sostiene haciendo quehacer en varias casas.
De sus hijos cuenta: “Ariel es mi primer hijo, se estaba muriendo porque nació con un pulmón más pequeño que el otro, se quedó un mes en la incubadora. Cuando fui por él terminaron operándome de la vesícula y estuve a punto de morirme porque me operaron mal, me sacaron los intestinos para limpiarlos. Mi tía quería demandar pero mi mamá ya no quiso”.
Después, cuando ella tenía 16 años, nació su segundo hijo: Eidan, que ahora tiene 10 meses de edad.
Fue entonces que le sacaron una hernia.
Como toda madre, María espera lo mejor para sus hijos. Que puedan estudiar y realizar sus sueños, “llegar a ser alguien”, dice, sobre todo Ariel, quien tiene problemas de lenguaje. Le gustaría que fuera doctor.
“En mi vida ha habido cosas no tan buenas”, asegura al hacer un balance, “pero otras sí muy buenas. Estar con mis hijos, verlos nacer, estar con mi mamá, con mis hermanos”.
LOS LARGOS DÍAS DE ENCIERRO
Dice que nunca esperó estar presa. Mucho menos encontrarse ahí dentro con su hermana.
Cuando la iba a visitar la abrazaba mucho porque era su manera de demostrarle el cariño que le tenía.
Pero ahora que las dos están en el centro no se ven mucho y casi no hablan. Su hermana tiene 15 años de edad.
Admite que quien sufre más por el encierro de las dos jóvenes es su mamá.
Ella es su ejemplo: “Nos sacó adelante a todos los hijos, trabajando en la limpieza de casas y ahora sigue al pie del cañón con nosotras. Dice que le echemos ganas y sí se enojó cuando me encerraron porque dice que fue por una chistosada que me estoy perdiendo de los mejores momentos de mis hijos.
“Ahora que no los tengo me arrepiento”, agrega.
Y sí, si hay algo que María quisiera cambiar: “Si pudiera modificar algo en mi vida sería esto, no estar aquí”.