Jano Mendoza (@leeronoleer) · 6 de octubre de 2011

Como cada año, las especulaciones en torno a quién sería galardonado con el Nobel de Literatura llegaron al máximo burbujeo horas antes del anuncio oficial en Estocolmo. Es norma que salgan a flote candidatos poco conocidos junto a plumas populares, nominados por las casas de apuestas, por las opiniones de los libreros y el cotilleo de los críticos especializados.
En 2011, Bob Dylan, por ejemplo, generó mucho ruido al lado del perenne aspirante sirio, Adonis, y el poeta sueco Tomas Tranströmer. La lista de los candidatos fue grande y la mayoría de los autores comparten, casi siempre, una constante: no pertenecer al mainstream. Vargas Llosa, en 2010, por ejemplo, causó muchísima extrañeza para los angloparlantes y buena parte de Europa. Cuando no es un autor americano en México sucede lo mismo y, cada que es anunciado, buena parte de los lectores escucha el nombre y se pregunta con qué se come eso.
El ganador de 2011, Tomas Tranströmer, no es la excepción, se trata de un poeta nada prolífico, pero con bastante prestigio y traducido a 60 idiomas. No ha sido escritor de tiempo completo, sino un psicólogo que escribe poesía desde 1951. El único libro que conozco de él se llama El cielo a medio hacer, di con él gracias a la recomendación de una amiga japonesa, quien me comentó que era gran autor de haikus.
Recuerdo a un autor exquisito, repleto de imágenes condensadas que describían la naturaleza, desde insectos hasta los detalles de una habitación. A pesar de que el ejemplar resume muchos años de poesía, noté una continuidad sorprendente, aunque el mundo del autor se iba expandiendo. La Academia consideró que merecía el Nobel de Literatura por “por ofrecernos, en imágenes densas y diáfanas, una nueva vía de acceso a lo real”. El cielo a medio hacer siempre me va a recordar, de forma muy concreta, la descripción de inviernos muy oscuros y veranos luminosos.
Tomas Tranströmer fue en su juventud un viajero inquieto. Hoy sólo puede viajar con la lectura pues ha perdido la capacidad de hablar y de caminar. En los siguientes días será conmovedor ver el cómo recibirá el premio, seguramente habrá algo de controversia en torno a que el país que otorga el galardón se lo haya brindado a un autor de su país (tras 60 años de no hacerlo). He seguido la transmisión en vivo del anuncio del premio Nobel durante años y nunca había escuchado un festejo así en la sala de prensa, es evidente que los suecos llevaban años esperándolo. Nadie pudo contener su emoción, ni el lector del anuncio que suele ser un témpano.
Es seguro que los pocos ejemplares que quedan se agotarán en cuestión de días y que en unos cuantos meses los estantes de novedades lucirán sus libros con una foto melancólica de él. No habrá, sin embargo, demasiados libros porque su magistral obra poética encuentra fácilmente morada en menos de mil páginas.
Pd. Sobre las predicciones
La semana pasada desayuné con el poeta mexicano Armando González. Le pregunté quién creía que sería el ganador del Nobel de literatura y me dijo, con mucha tranquilidad, Tomas Tranströmer. El cómo lo supo y por qué estaba tan seguro se lo voy a preguntar y ya se los contaré después.