Moisés Castillo · 30 de julio de 2011
Dicen que el viajero cuya mirada se dirige hacia su propio ser, puede encontrar en él mismo todo lo que busca. Ésta es la forma más perfecta del viaje. Y Daniel Guzmán, a sus 47 años de edad, por primera vez en su vida se lanza a un mar de fondo para contemplarse, cicatrizar heridas y mirar lo que no ha visto. Había olvidado lo que debía recordar.
Regresar a Oaxaca, tierra de su madre, quien murió el año pasado, le da la oportunidad a Daniel de vivir lo no vivido: buscaba sin encontrar. Para el artista de la Colonia Doctores, todas las cosas cambian, todos los días, todas las noches, pero la sonrisa de su madre siempre tendrá la misma luz de mil lunas.
Exponer en el Museo de Arte Contemporáneo de Oaxaca, le ha permitido liberarse de la iconografía urbana muy relacionada al rock and roll y preguntarse cosas más íntimas y religiosas: quién es Dios, dónde está, qué hace Daniel Guzmán en Oaxaca. Son preguntas que no van a tener respuestas con la exposición que realizará en el mes de septiembre titulada “Materia Oscura”.
Casualmente se puede remontar a su primera obra significativa “Carne Negra”. Es una serie de dibujos que hizo en el periodo 1991-1992 y fue un homenaje a su escritor favorito William Burroughs. En su novela El almuerzo desnudo, el escritor estadounidense usa ese término para describir la piel del yonqui William Lee: cuando se inyecta droga, poco a poco se le empieza a formar un hematoma terrible, la carne se va desgastando hasta pudrirse.
Antes de salir de la Escuela Nacional de Artes Plásticas, Daniel leía mucho a Samuel Beckett pero su preferido siempre fue el polémico novelista nacido en St. Louis Missouri. En el camino se encontró a un amigo que también estaba en la onda de Burroughs, y se percató que la técnica usada por su escritor predilecto podría emplearla en sus dibujos y creaciones artísticas.
El autor de Exterminador aprendió la técnica cut-up de su amigo Brion Gysin, que consistía básicamente en crear collages narrativos sin perder el sentido de lo relatado. Así Daniel retomó frases e imágenes para formar un todo unificado.
“Estaba muy metido en esta interiorización de la tinta y el acrílico. Fue la primera serie de dibujos que me abrió el camino para seguir en este proceso de estar abierto a lo que escucho, a las imágenes que veo y tratar de incorporarlas a mi trabajo”.
17 años después, presenta en el MACO “Materia Oscura” y, estar en Oaxaca, no sólo significa realizar un viaje interior para ubicarse en algún lugar del tiempo, sino experimentar extrañas dulces sensaciones: buena nostalgia. Recordar a su madre: amores que no alcanzan los oleajes.
“En Oaxaca por fortuna he conocido a gente maravillosa. He ido a pueblos donde hablan zapoteco y para mí es como estar en otro planeta. A lo mejor me puedo relacionar con la comida o con cierto aire festivo que tiene la gente. Esas cuestiones de la pasión desencadenada me gustan. Con el mezcal me siento en un viaje interminable, en una nebulosa”.
El Payo, Javier Solís y R&R
Daniel Guzmán es quizá uno de los artistas mexicanos más reconocidos en el extranjero. Pero al ferviente admirador de Cézanne, Matisse y Orozco, le incomoda que le digan “artista”.
Se considera un simple ciudadano que busca ciertas respuestas a través de sus dibujos y esculturas. Prefiere dar talleres con los artesanos de Teotitlán del Valle, Oaxaca, que tener un foco de atención permanente; prefiere convivir con la gente del pueblo y aprender a hacer tapetes, que buscar el éxito y el aplauso de los críticos de arte.
“Fue una experiencia que me desarmó. Te das cuenta que el lenguaje que usas en el D.F. no funciona para ciertos lugares. Tienes que buscar la forma de comunicarte por las limitaciones de ellos y de nosotros. Para mí fue una experiencia extraordinaria y abrumadora. Lo que me interesa es la vulnerabilidad del autor”.
Daniel vivió mucho tiempo en la calle de Doctor Durán, a unas cuadras del tradicional mercado Hidalgo. De niño estuvo rodeado de cómics y leía las aventuras de Kalimán, El Payo ¡Un hombre contra el mundo! decía el slogan; y también Lágrimas y risas. En su casa no había libros, sólo el diario deportivo Esto que hojeaba su padre todas las mañanas y el periódico Órbita.
En su familia nadie se había dedicado a alguna actividad artística. Su madre originaria de Oaxaca, quiso ser maestra pero por muchas razones nunca pudo terminar la carrera. Llegó en la década de los cincuenta al D.F. donde consiguió trabajo de secretaria, actividad que ejercería toda su vida. Estuvo en el Sindicato de Músicos de la ciudad de México, donde tuvo la oportunidad de conocer a figuras del momento como Pérez Prado.
Por otro lado, su padre nació en Veracruz y aquí en la capital conoció a la que pronto sería su esposa. Siempre fue un hombre trabajador y de oficios. Por un tiempo fue panadero, zapatero, trabajó en fábricas y los últimos 25 años estuvo en el Hospital de Rehabilitación haciendo calzado ortopédico. En ese ambiente creció Daniel, entre la cultura popular, los míticos cines Maya y Titán, la música oaxaqueña, Los Panchos y Javier Solís, el gran ídolo de su padre.
Al pequeño Daniel, siempre le gustó hacer copias de personajes de los cómics, se la pasaba horas enteras con su lápiz y su libreta de hojas cuadriculadas. Fue como una droga que ya no pudo dejar y la combinó con un poco de rock and roll de Led Zepellin, The Beatles, Deep Purple, Grand Funk, que escuchaba su amigo que le llevaba 10 años. Ya nada fue como antes. De inmediato hubo una conexión entre el dibujo y el rock. Le parecieron maravillosas las portadas de los discos, la parte gráfica, lo visual. Se embriagó de ruido y salto al vacío.
Sus padres le habían dicho que lo único que le podían ofrecer era estudiar y terminar una carrera. Así que desde la Prepa 2 “Erasmo Castellanos Quinto”, Daniel sabía que quería estudiar diseño gráfico en la ENAP, gracias a una profesora que le dio un taller visual.
Sin embargo, pasó un año aburrido y decidió cambiarse de carrera a Artes Visuales. Ahí conoció a su primer gran maestro Tomás Gómez Robledo, quien fue fundamental en su desarrollo como artista. Poco después, tomó clases con Gilberto Aceves Navarro, su gran maestro de dibujo y que ha sido un ejemplo a seguir para muchas generaciones.
El maestro Aceves Navarro fue quien lo cuestionó sobre sus intenciones de hacer arte y provocó que Daniel se sumergiera en una disciplina de trabajo y amor por el dibujo. Nada de “éxito”, ni de “futuro económico” y tener una “carrera de artista”.
En la ENAP conoció a compañeros como Abraham Cruzvillegas, Damián Ortega, Eduardo Abaroa y Sofía Taboas, con quienes formó el grupo Temístocles 44, a principios de los 90, que sin duda le dio un giro radical a la escena del arte en México. Al terminar la carrera fue Cruzvillegas quien le hizo recordar la parte afectiva de haberse relacionado con el mundo del cómic y el rock. En la escuela había dejado atrás estas referencias muy personales e íntimas, que no tenían que influir en el discurso de sus dibujos.
“Con Abraham redescubrí ese pasado y empecé a meterlo en formas de citas, títulos e imágenes. Fue como encontrar otra forma de inspiración y de ahí se dio una forma de dibujar muy natural. Tanto, que al abrir un libro y si me gusta una frase, la apunto y se puede quedar ahí un buen rato en la libreta y después la puedo usar para una obra. Hago un reciclaje de frases e imágenes”.
En ese tiempo, la vida era cierta para Daniel. Conocía a personas que de repente encontraba en una especie de paseo público como Guillermo Santamarina y Mariano Villalobos. De alguna forma, estos amigos entrañables le insinuaron que también sus emociones son cosas que lo acontecen. A principios de los 90, Santamarina fue el primer curador que le dio la oportunidad de mostrar su obra al público y el contacto con el ambiente del arte en México.
“Él hacía curadurías independientes. Fue en un lugar que encontró en la Zona Rosa y lo habilitó como una galería temporal y expuse con Gabriel Kuri, Damián Ortega y otros amigos. Para mí esa experiencia de salir de la escuela y estar en ese espacio de exhibición independiente, fue un gran paso pero el camino ha sido muy difícil”.
A Mariano Villalobos lo conoció en una fiesta y de inmediato hicieron un click gracias al rock. Y este amor por la música desencadenó la formación de un grupo que se llama Los Pellejos. Música distorsionada, grasosa, sin contemplaciones. Daniel se encargó de dirigir el arte del disco, que próximamente saldrá bajo la producción de Quique Rangel de Café Tacuba.
Daniel viste una chamarra gris deportiva, unos pantalones causales y luce unos lentes de pasta negros. Es una persona sencilla y directa. Sabe muy bien de lo que habla. Dice que como fanático del rock le hubiera gustado diseñar el arte de algún disco o la parte visual de alguna banda legendaria, como en su momento lo hizo Arturo Vega con los Ramones. Lamenta que ahora la música se distribuya de una forma tan fría y se deje a un lado la parte gráfica y visual.
“Ahora los chavos bajan la música de Internet y la parte visual se pierde y debe ser una parte fundamental para cualquier banda de rock. Cuando veo la TV, todos los grupos se parecen, es como un desfile de modas y no te dice mucho acerca de la identidad de los grupos. Antes los grupos sí se preocupaban por mostrar una identidad a partir de la portada del álbum, la forma que escribían y ahora me parece un misterio”.
Para Daniel tener una banda de rock no es una forma de pasar el “tiempo libre” o un divertimento, es parte del viaje. Dispone de sus tiempos entre el trabajo y la fiesta, toda es parte de la creatividad. Los artistas que más le interesan son los que no ven diferencia en horarios para la creación y esclarecer sus dudas existenciales.
Tal como dice B.B. King, el mejor método para viajar es la música. Y Daniel entre sus dibujos, la literatura y el rock, tiene días venturosos en el vaivén errante de las cosas.