Silvituc: el bailar entre cerdos

Kristian Antonio Cerino · 16 de diciembre de 2012

Silvituc: el bailar entre cerdos

 

La danza de la cabeza de cochino
La danza de la cabeza de cochino

Silvituc, Campeche.

Un volador se oye a las dos de la mañana y es la hora de contar los estallidos.

Con un palo encendido Manuel Gómez le prende fuego a la mecha y luego de unos segundos el cohete se rompe en el cielo.

Los forasteros creen que encumbrar un volador por los aires de Campeche es con el único propósito de convocar a los habitantes del pueblo. No es así:

—Cada volador es por cada cochino muerto —dice Gómez bamboleándose.

Si llegáramos a oír diecisiete disparos al aire, la traducción no es otra que el sacrificio de diecisiete cerdos en la comunidad indígena maya de Silvituc. ¿Desde cuándo lo hacen y el por qué? En Silvituc (pelar cocoyol) sólo responden a una sola voz: por herencia de los ancestros.

Desde que abrieron los ojos, en Silvituc -a unos 30 kilómetros de la zona arqueológica de Calakmul- se vieron en medio de los cerdos, sacrificándolos y cortándoles la cabeza para realizar La danza de la cabeza de cochino (Pool K´éek´n). En otros sitios como en Hecelchakán, Campeche, y Yucatán, también les cortan la cabeza a los cerdos para bailar. Las besan. Las elevan y las atrapan. Se las comen.

En Silvituc, con los voladores que impulsa Manuel Gómez, la fiesta comienza y dura tres días, una tradición que a la letra dice: nos irá mejor en la siembra.

* * *

A Candelario Uc se le extraña porque durante muchos años era el primero en buscar las palmas y los palos para construir una ramada. Antes de que los voladores hicieran erupción en el cielo claro de Silvituc y retumbara en sus montañas y lagunas, el primer acto era éste.

—También con el maíz (de la cosecha) las mujeres hacían tortillas, y dulce de arroz.

Con la palapa de palma y seto, ya podía pasarse a un segundo acto: el holocausto de los cerdos. Uc, un día les dijo a sus hijos, que nadie podía interrumpir la danza (un festejo anual), que la muerte lo conduciría a la morada de los limpios, pero que los cerdos se quedarían en tierra para bailar con ellos. Le obedecieron al pie de la letra.

A las tres de la mañana, en Silvituc se oye el lamento de los cerdos. Presienten su muerte. Han visto que a otros les han cortado las cabezas, les han hecho un hueco debajo de la pata y los tiran en las mesas para quitarles la piel. Los raspan. A esta hora, en que decenas de indígenas mayas están en los alrededores de la iglesia participando y mirando de la matanza, en las ollas o pailas se calienta el agua que usarán para quitarle los pelos a los cochinos también llamados marranos. A menudo que pasa el tiempo, en el pueblo verde y pedregoso, de luna grande y roja, la leña se consume y ya se prepara un tendedero en donde habrán de colgar a los decapitados cerdos.

Una minoría que vive en Silvituc se sorprendió cuando miraron la matanza colectiva y que bailaban con las cabezas de los cochinos. Le sucede a todo aquel que está por primera vez observando la naturalidad con la que lo toman aquí.

Alfredo Uc, Santos Uc y Juventino Uc, están pendientes de que no escasee la leña, que el agua evapore, de colgar las cabezas en el tendedero, de mover el castakan (chicharrón a medio coser) con el chack mo´ol (tigre) que le llaman aquí a un palo con el que menean o mueven la piel (sofrito) de los cerdos. El humo se evapora o se mete en los ojos de los que ayudan en la matanza de los cerdos negros, blancos y pelirrojos, y se oye fuerte el afilar de los cuchillos y las quejas de algunas mujeres porque no todos cumplieron con la promesa de entregar la ofrenda, o sea, el cerdo. Cuando escucho que las mujeres dicen que no todos llevaron las ofrendas (flacas y gordas) les pregunto si existe algún maleficio que caiga sobre los informales, si les irá mal en la vida:

—A veces, con el tiempo—sentencia Tomasa Pantoja Chan.

A Silvituc, por la matanza de los cerdos y La danza de la cabeza de cochino, los visitantes aparecen por todos los puntos cardinales. Llegan de Centenario, de Sináparo, de Chan Laguna.

—Mi hermano Gabriel sigue firme (con la tradición), sólo que se muriera (no daría un cochino.

—Porque si se promete un cochino y no se da, les puede ir mal —aclara Tomasa Pantoja, una mujer de 54 años que observa con atención la matanza de diecisiete cerdos y cómo cinco hombres fuertes se abalanzan y sujetan a un cochino de unos cuarenta kilogramos. Es el último.

Lo que importa en Silvituc son las cabezas para la danza, pero la carne también será de utilidad para preparar cochinita pibil en las 72 horas que se prolonga la fiesta entre voladores, cervezas (caguamas) que se toman una tras otra y las riñas constantes entre los hombres que se pierden con la ebriedad. Los hombres sacan el musculo, las mujeres sólo las pupilas para contemplar los actos.

El sacrificio de los cerdos es importante. No hacerlo es esperar una mala cosecha. Sembrar maíz en el municipio campechano de Escárcega (al que pertenece geográficamente Silvituc) es lidiar con los campos pedregosos. Algunos vacilan que por cada hectárea de maíz cosechada en Tabasco, colindante con Campeche, en Silvituc deben sembrarse cinco. Sólo así se comprende que la creencia de que la matanza de los cerdos para ofrecerla a los ancestros y a dios, es porque vivir de la siembra entre estas montañas resulta costoso. Cualquier espacio se aprovecha para sembrar chile, calabaza y maíz, frutos que habrán de guardarse en los lek, una vasija vegetal que empezaron a usar los mayas para conservar calientes las tortillas (wajj)

Manuel Gómez con una botella vacía a sus pies de Caña Real, lanza un último volador a las seis de la mañana. Es de los pocos, porque me dice que nació en Balancán, Tabasco, que no habla cantado como lo hacen los campechanos y los yucatecos.

—Se lo juro, sí se da la siembra —dice con voz entrecortada.

—¿Ya se acabó la botella—le pregunto.

—Sólo cuesta 10 pesos—lo dice como aclarándome que puede comprar otra.

El único requisito que se le pide a los hombres de Silvituc para concentrarse en el primer cuadro del pueblo es llevar cuchillo y que éste perfore y decapite con inmediatez al cerdo.

—Sin cuchillo no hacemos nada —precisa Ramón Co Sosa, un campechano que ya perdió la cuenta de los cochinos que ha ejecutado.

El hijo de Co es uno de los muchos matadores de cerdo de la región. Sólo un año falló a esta fiesta porque se fracturó el brazo y se vieron en la necesidad, ambos, de pasar varios días en el hospital de la capital. Ya no quiere acordarse de aquellos días tristes por estar en la gran ciudad y no en Silvituc y entre los cerdos. Por hoy, ya alejado de la antigua pena, prefiere escuchar música norteña, seguir quitándole los pelos a los puercos.

—No queremos que se pierda la tradición —dice cuando me recuerda que él organizó 16 años el sacrificio porcino, que registró en una libreta los nombres y apellidos de los donantes, que vive feliz por esto y más a los 60 años.

Hoy todo es diecisiete: 17 cerdos, 17 fogatas, 17 pailas o tinas, 17 mesas, 17 cabezas, 17 cuchillos (¿o más?) y 17 lamentos que le escuché a los cerdos antes de morir.

Por más que Juan de Dios Sierra hurgue en sus neuronas no sabe quiénes iniciaron la tradición, sólo que lo hacen “por devoción”.

Lamenta que algunos hombres sean “irresponsables” olvidándose de la promesa.

—Aquí hubo un señor que se le quemó su casa por no cumplir, ya después sí siguió (se ríe) pero ya pa´ qué.

Cuando la posible maldición, por no cumplir la promesa, le llega a uno de los hombres de Silvituc, es mejor resignarse y tomar pozol (bebida hecha de maíz y cacao) llamado zacá por estos rumbos

—Sólo si está enfermo, no podrá darlo, y es perdonado.

Ya con la decapitación total de los cerdos, las cabezas se cuelgan en un tendedero como si se pusieran a secar camisas y pantalones. Las cabezas son expuestas pero antes ya fueron lavadas y saladas para lo que vendrá después.

“Le echas sal en la nariz, en los ojos, en el hocico. Se le quita las cerillas, sin rajarle las orejas, y se florea (la cabeza al salarla por dentro se hace una figura de flor) para que la sal agarre”, agrega Alfredo Uc, un ejidatario que se siente orgulloso de ser maya.

—¿Por qué sopla la nariz y las orejas del cerdo? —le pregunto a uno de los tantos matadores que hoy parecen sicarios.

—Ni modo, tengo que besarle al cochino la trompa (para que salga toda la sangre)

Silvituc es un pueblo estático, entre calles empedradas y otras semipavimentadas, entre su gran laguna que rodea la comunidad y los peces que alimentan a sus habitantes. Es tan tranquilo que las fiestas (modernas) de otros lugares cercanos, no han podido modificar el estilo de vida de este rincón maya de Campeche.

La fiesta de la Santa Cruz, días en que se sacrifica a los cerdos, es la de mayor adrenalina, ya después celebran en junio a San Juan Bautista, una festividad-dice Alfredo Uc-“más calmada” y de mayor “respeto”

Incluso, un sacerdote de origen brasileño (Manuel Santana) que oficia misa en Silvituc, le dijo en 2012 a los feligreses: “algunos aquí me saludan pedos (ebrios), no buenos, ni sanos, pero un tecladista que se presentó en Silvituc les cantó -en otro momento- “hay que chupar, hay que chupar, hay que chupar, hay que chupar, hay que chupar… que el mundo se va a acabar…”

* * *

El 1 de mayo se reclutan a los cerdos. El 2 es la matanza y la decapitación. Durante este día la cabezas de los cochinos se meten en ollas de peltre o en vaporeras cuyas tapas se amarran con alambra recocido. El resto de los cerdos, como la carne y el chicharrón, también se le ofrece a los santos patronos de Silvituc: la Santa Cruz y San Juan.

En Silvituc, un pueblo maderero y de vestigios arqueológicos aún por rescatar, sus habitantes (unos mil 200) saben que en 72 horas nadie podrá dormir, que habrá danzas, bailes de música tropical, una gran comilona acompañada de cervezas y el eco en el cielo de los voladores que a decir de un nativo “culebrean” cuando salen disparados.

Silvituc es parecido a un pueblo hindú que respeta y venera a las vacas. Sólo que aquí los cerdos son los más respetados 362 días del año. En los otros 3, se sienten perseguidos, acosados, asesinados.

El 2 de mayo, la víspera de la Santa Cruz, las mujeres de Silvituc, agregan sal y ajo a las cabezas que habrán de cocerse a lo largo de 8 horas. Por la noche, las 17 ollas con las 17 cabezas de cerdos, ya dentro de las cacerolas de peltre o aluminio, son depositadas en un hueco gigante (pic) que abren en este suelo de tierra y piedras. El agujero, ya con las cabezas enclaustradas en las ollas, es cubierto por leña y más piedras. La leña es quemada y cuando ésta se va haciendo carbón cae sobre el depósito y tapa por completo el boquete para sepultar las ollas con las cabezas de los cerdos. Los hombres con palas y palos lanzan más tierra, más piedra, para asegurarse de que el hoyo ha quedado oculto. El calor que se siente en este lugar parece como estar en las faldas de algún volcán.

Una vez cumplido con este episodio de la tradición, la mayoría se marcha a sus casas. A dormir un rato. Sin embargo, algunos se quedan a cuidar el entierro porque no habrá fiesta si alguien intenta robarse el tesoro.

En el amanecer del 3 de mayo, Manuel Gómez vuelve a dar la voz de ataque. Por cada olla que es sacada del hueco o del horno artesanal, lanza otra vez un volador. Esto lo repetirá todos los días de la fiesta. Se oye uno, dos, tres…

Alfredo Uc dice que nadie puede llevarse las ollas a sus casas si el comité (o los socios) que organiza La danza de la cabeza de cochino no lo ha autorizado. Al salir el sol cada quien reconoce su olla, se llevan su cerdo cocido y dientón porque así se ven cuando alguien le quita la tapa a un par de vaporeras. Es tanto el calor alrededor del hueco que Santos Uc se ha alzado la playera sport por arriba del ombligo.

Entre cantos de pájaros, el griterío de los pericos que pululan en la zona, el humo que aún evapora de la tierra en donde cocieron a los puercos, hombres y mujeres se retiran a sus casas -unas de material, otras de madera y teja de zinc- con las cabezas que habrán de poner sobre una bandeja metálica o de plástico, adornada con papel multicolor de china para la gran noche en que bailarán con las extremidades de los cerdos.

De esta manera, las cabezas son conducidas, a pie o en camionetas, al caserío maya de Silvituc.

Alfredo Uc camina acompañado de un perro café. La olla que lleva en su mano izquierda está caliente (6.10 de la mañana). Descansa a mitad del camino. La cabeza cocida pesa pero Alfredo llega a su casa y le quita la tapa que fue amarrada con un alambre:

“Como es aluminio, está bien caliente”

Cuando abre la olla, la cabeza se ve envuelta en hoja de plátano “para que le dé sabor”

De 7 a 12 del día, en las casas estas cabezas serán adornadas y puestas en la mejor bandeja de la que disponga la familia. Las veremos, para la tarde, cubiertas de papel, de banderitas de papel, de colorido.

Campeche es una caldera. La gente se corta muy poco la barba y los jóvenes se rapan el pelo o se lo machetean; hay cada invención. La gente se ocupa para no aburrirse en este sitio en donde pasan constantemente los loros y los tucanes. Las mujeres de Silvituc maduran a la fuerza, usan zapatillas a los 10 años. Los perros se agarran por nada y algunos creen en la leyenda de Xtabay: la mujer que embruja a los hombres para perderlos o matarlos.

Pero hoy Xtabay no está, sólo los cerdos que ya han muerto, que serán usados para la danza y que serán comidos para el amanecer del día siguiente.

A la 1 de la tarde, los habitantes que ofrendaron un cerdo, retornan al centro del pueblo con las cabezas cocidas puestas en bandejas adornadas. Llegan 17 cabezas y se ponen en una mesa, de ahí las tomará un personaje imprescindible en la celebración: Ricardo Ortega, 57 años, campechano.

Él es el responsable de esconder las bandejas y las cabezas. Sin que los niños (a quienes para el acto llaman “perritos”) lo miren, toma bandeja por bandeja y con autorización de los dueños, las oculta entre las casas de madera y tejas de zinc. Esconderá, en esta edición, 17.

En 30 minutos las desaparece todas. Ortega, quien camina cabeceándose, avanzó rápido por estas calles y con una temperatura que supera los 40 grados.

Jura que las cabezas no pesan por más que uno le mira ponérselas sobre su misma cabeza para repartirlas en los escondites de la comunidad.

Al llegar a una casa dice a bote pronto: “me dan permiso”

—¿Cómo se llama lo que tú haces? —le pregunto mientras camino con él.

—¡Soy perrero!

—¿Y qué haces?

—Yo elijo el lugar para esconder las cabezas

—¿Y todas aparecen?

—Tienen qué aparecer, si no, no comienza el baile —señala el hombre de 57 años.

Una vez en Silvituc un par de cabezas no fueron encontradas. Se cuenta que alguien se las robó. Todos eran sospechosos.

Una vez escondidas todas, Ortega convoca a los niños de Silvituc para ir en pos de las cabezas. Así, en tenis, sandalias o descalzos, los niños morenos (la mayoría de la población es morena) salen a prisa y se meten entre las casas porque saben que aquel que halle más cabezas, se llevará el premio: un refresco. Aunque yo vi que a algunos le entraron a la cerveza cuando repartieron el botín.

“Se solicita la presencia –se dice en un micrófono- para ir a buscar las cabezas de cochinos”.

El perrero, o sea Ricardo Ortega, les da ciertas pistas para que las hallen:

—Júa-Júa, Júa-Júa —le grita Ortega a los niños como si estuviera arriando vacas.

—¡Búscalo! —los anima.

A las 2.15 se ha encontrado la primera. No es necesario verlo. En Silvituc entienden que Manuel Gómez ya hizo elevar un volador en la casa en la que fue hallada la cabeza. Plofffff, suena con fuerza. Por cada hallazgo debe escucharse dos cohetes, uno en la casa y otro en la plaza. Es decir, que si son 17 cerdos, serán, en este rito de la búsqueda, 34 disparos.

Los niños, una docena, encuentran todas las cabezas para las 3 de la tarde. David de Jesús Reyes Rosado, encontró la primera. Otros como Juan Alberto Montejo y Enrique Rivero, hallaron otras “arriba de una cama”, encima del ropero, detrás de una escalera, entre una estufa.

Cada ocasión que los“perritos” encontraban las cabezas, las entregaron a Ricardo Ortega. Lo que hacía con las bandejas, era ponérselas en su cabeza, entrar al salón de fiesta del pueblo y bailar. Pocos supieron explicarme el origen de lo que bailan y lo único que me contaron es que realizan esta danza acompañada de la música de la Jarana. El danzante se pone en su cabeza la bandeja con la cabeza del cerdo, da 9 vueltas a la izquierda y otras 9 a la derecha y después coloca la bandeja sobre la mesa central que todos contemplan. Con las 17 cabezas al centro, Silvituc descansa brevemente porque en la noche del 3 será la gran danza, aunque ya hemos visto una probadita al danzar Ortega y los niños chimuelos.

* * *

Para la danza de la cabeza de cochino no se lleva puesto un vestuario autóctono. Cada quien viste como puede, pero la mayoría elige el mejor de sus trajes. Muy pocos son los que permanecen en sus casas cuyos techos se tapizan de salamandras. Casi todos están en el baile de música tropical y en espera de la danza que los unifica cada año. Pablo Reyes y Alejandro Balam Sierra narran que en otros pueblos ya no se cree en “nada”. En Silvituc, dicen, se conserva la tradición.

A la media noche, uno de los socios del comité que organiza la danza toma el micrófono y les pide a los asistentes prepararse y ponerse sobre sus cabezas las bandejas con los 17 cerdos. Los primeros en hacerlo son los dichosos socios, después serán sustituidos por sus esposas, hijos, nietos y amigos.

Las mujeres y los hombres de Silvituc danzan con los cerdos en sus cabezas en el momento en que las manecillas del reloj se unen en el número 12. Ya es 4 de mayo: algunos hombres se quitan los sombreros de rancho para tomar parte de la fiesta. Los danzantes dan vuelta a la izquierda y a la derecha en 9 ocasiones. Se mueven guapachosamente, con cadencia, hasta parece que bailan semiagachados sin perder de vista que nadie puede caerse y estropear más la cabeza del cerdo. Bailan todos en medio del griterío y del grupo musical que improvisa La Jarana, misma que se baila en Yucatán y que significa “jolgorio” o “bullicio”. En la península la coreográfica para bailar La Jarana es muy diferente a la que se practica en la geografía de Silvituc. Podría decir que lo hecho en la tierra en donde se pela cocoyol (coco pequeño) no hay nada escrito que nos indique los antecedentes de La danza de la cabeza de cochino.

Alrededor de la mesa central, 17 hombres y mujeres, y más porque se suman otras personas que llevan tortillas hechas a mano o panes llamados biscochos, hacen un círculo. Todo aquel que guste danzar debe estar en él, como lo están un par de maestros que han llegado aquí procedentes de Hecelchakán:

“Siento una emoción (el bailar) estar en Silvituc”, dice Mildred May.

El otro, el acompañante de May, lanza la cabeza por el aire y la captura de nuevo. Su acción provoca un grito de júbilo antes que concluya la danza. Los músicos dan fin a La Jarana. Las 17 cabezas son cortadas y perforas con cuchillos. Se reparten, se las comen con tortillas y chile. Unos se llevan a la boca las orejas de los puercos, y otros más astutos se hacen tacos con doble tortilla.

De los puercos sólo van quedando los cráneos. Veo que muchos chupan los huesos duros de los cerdos. Están contentos. Lo han hecho por enésima vez y ya sienten que habrá buena cosecha. Algunos están conscientes de la fiesta pero el resto ya tiene la camisa desabotonada por los efectos de las cervezas que se venden al por mayor. Y caen.

—Mi marido (Candelario Uc) hizo bien en dejarle la tradición a sus hijos —me dice Ernestina Sierra, una mujer longeva que habla la lengua maya, que mira fijamente por donde pasan los loros y un cerdo que deambula en esta calles de Silvituc, un puerco que con el hocino revuelve la tierra, quizás contento porque este año no fue condenado a muerte.