Moisés Castillo · 12 de enero de 2013
A principios de los 60, el presidente Adolfo López Mateos se divertía a lo grande con sus amigos Enrique Guzmán y Manolo Muñoz. El mandatario, aficionado de las giras al exterior y de la revolución Cubana, convocaba a los íconos del rock and roll mexicano a echarse unos “arrancones” en la carretera vieja México-Cuernavaca a altas horas de la noche. Eran tiempos del presidencialismo omnipresente, del milagro mexicano y de una efervescencia rocanrolera a nivel mundial. Elvis Presley y The Beatles, la mejor prueba de ello.
Así se comportaban aquellos rebeldes sin causa clasemedieros o la Generación Jet como la bautizó el fotógrafo Antonio Caballero, pionero de las fotonovelas que fueron la catapulta definitiva hacia la fama de cantantes y actores jóvenes de la época. Precisamente así se llamó el trabajo fotográfico memorable que publicó en la revista Novelas de Amor, que editaba Grupo Pirámide, luego Novedades Editores. Escribió el argumento y convocó al ex líder de Los Teen Tops, Carlos Riquelme, Horacio Salinas, Lucía Guilmain, entre otros muchachos.

“La historia muestra un grupo de jóvenes de clase media alta, que vive su vida al máximo, de manera acelerada, a la velocidad de un jet, nada les importa. En esos años es cuando se comienza a gestar una rebelión juvenil, eran los rebeldes, los niños fresas sin causa. Eran jóvenes de la élite que tenían todo el tiempo para vagar, perder el tiempo y reventarse”.
La locación fue uno de los salones del Hotel Del Prado. Antonio consiguió escenografía de los estudios Churubusco y montó el set ante la supervisión de representantes de la Secretaría de Gobernación, que cuidaron como perros de caza que no se instalara un lugar ilícito de juegos de apuesta. Sin embargo, los ahí presentes sabían que sólo iban a tomarse la foto o pedir el autógrafo con el artista de moda.
Todos los del medio del espectáculo querían salir en esas fotonovelas que producía el reportero gráfico, que inició su carrera en 1952 y que realizó más de 500 trabajos visuales de ese tipo. Muchos actores y modelos como Tere Valez, Ricardo Rocca –hermano de César Costa-, Enrique Rocha, Jorge Rivero, Verónica Castro, Alma Muriel, Isela Vega, Norma Lazareno, Fanny Cano, Claudia Islas, Macaria saltaron al cine o la televisión gracias a ese tipo de publicaciones.
Ningún fotógrafo era tan ecléctico e ingenioso como Antonio. Retrató a políticos, deportistas, artistas, cantantes, actores, comunidades de los pueblos más irreales del país. Laboró como freelance en Cine Mundial, Crónica, “Jueves” de Excélsior, Vogue, Revista de Revistas, Mañana, Siempre! y Madame.
Gracias al apoyo de Alfonso Morales –curador, museógrafo, director de la revista Luna Córnea– y del galerista Ramón López Quiroga, la obra de Antonio ha sido revalorada y expuesta en Corea del Sur, España, Italia, Estados Unidos, Francia y Canadá. En 2006, el Museo del Louvre, adquirió para su acervo una serie de imágenes con la temática de sus fotonovelas.

Actualmente, la Generación Jet y otras imágenes se exponen en la Galería José María Velasco. Cuando observé las fotografías de Antonio Caballero me percaté que ni los protagonistas de esas historias ni yo volveremos a ser jóvenes. Ya Nick Romano (John Derek) había sugerido en la película Llamar a cualquier puerta (Knock on any door, 1949): “vive rápido, muere joven y deja un bonito cadáver”.
-Las fotonovelas eran muy famosas en Brasil, Italia, España, pero en México era un género totalmente desconocido, ¿cómo te acercaste a este tipo de publicaciones populares?
Estando en el periodismo hice todo tipo de fotografía y me llamó mucho la atención ir a los estudios de cine. Cubría producciones para la revista Cine Mundial, pero lo hacía para aprender las técnicas cinematográficas. En esos años no había escuela de iluminación, ni de cine, ni de foto. Los cinefotógrafos eran autodidactas o se iban a Estados Unidos o a París a aprender. Yo aproveché las virtudes de los técnicos mexicanos y pude mover los aparatos, a manipular las luces que eran de carbón. Los estudios y locaciones fueron mi escuela. A México llegaron las fotonovelas por los señores César Civita y Giorgio de’Angeli. Las compraban en Sudamérica y Europa y aquí había un grupo de compañeros de Novedades que se dedicaba a traducir y montar las fotos ya hechas. Había un editor que se llamaba León Wainer, quien me dijo “estoy pensando en hacerte rico” y yo incrédulo le respondí “ah pues cómo”… Éramos muy pobres, la fotografía no se pagaba bien: ocho pesos por foto e invertíamos dinero en papel y químicos. “Mira, nosotros traemos mucha fotonovela, por qué no hacerla en México. Toma estas cuatro hojas de esta novela corta, invéntate algo y me lo traes en fotos y vemos cómo le hacemos el texto”. De acuerdo -le dije-, pero necesito dinero para pagar. “Cuántos reportajes has hecho a los artistas y cuánto te dan ellos, nada. El chiste es que trabajen gratis”. Y así me fui a la escuela de actuación de Andrés Soler, invité a estudiantes y estrellas que daban clases.

-¿Cuál fue tu estrategia para convencer a los actores?
Cubría TV para Cine Mundial y les empecé a decir que nos iba a ir bien, pero primero tenían que participar de “a grapa”. Aceptaron muchos y me inventaba las historias. Me los llevaba a Tlatelolco, a las Torres de Satélite, al Parque Hundido, a lugares emblemáticos de la Ciudad de México. Agarré a José Juan y Lucha Moreno que iniciaban como cantantes vernáculos, tenían mucho éxito en televisión. Hicimos dos fotonovelas: una romántica y otra mexicana. Y empezó a pegar. El título de esa serie se llamó: “Hay que salvar este amor”. En esa época había una publicación llamada Ayúdeme doctora corazón que sacaba Yolanda Vargas Dulché, pero era dibujada. Novedades vio que era una oportunidad de éxito hacer fotonovelas y se decidió sacar Novelas de amor. Me llamaron a mí y empezamos a trabajar en las historias y planear las producciones.
-¿Cuánto cobraban en promedio los actores de fotonovelas?
Se les pagaba al principio dos mil pesos, tres mil y ya en los 60 era demasiado dinero. Muchos artistas me buscaban para pagar su renta y con un día de trabajo o dos cubrían sus gastos. Me decían “oye, adelántame una fotonovela”. La que más cobró fue María Félix, pero no fue conmigo. Una artista de esa talla pedía 50 mil pesos por un argumento y eran cuatro o cinco semanas de filmación. En cambio, en la fotonovela eran tres días de trabajo, máximo. Había competencia. Novedades Editores sacó revistas como Novelas de amor, Capricho. Ya había gente especializada en hacer argumentos. Luego vino Ediciones L, de los Ocampo, que eran dueños de disqueras y se asociaron con Manuel de Landa y sacaron Cita y Chicas. Manuel Vigil publicó la primera fotonovela a color: Linda. Hice con Yolanda Vargas Dulché la revista Amiga, y en esa estuve hasta que llegó el quiebre de las fotonovelas en 1982-1983, esto se debió por el aumento del papel y costos de impresión. También hubo una lucha de contratos exclusivos para los artistas entre Novedades, Editorial L y Cita, ofrecían sueldos muy altos. Era mucho dinero de nómina y ya no había tanta ganancia. El declive fue inminente ante el auge de las telenovelas.
-Ante la desaparición de las fotonovelas, ¿hubo actores o cantantes que le cerraron puertas o que lo trataron mal?
Todo mundo quería salir en una fotonovela. Les daba más popularidad y era el trampolín grande para ser estrellas de TV y cine. Ellos no ven eso, son egoístas, piensan que se lo merecen todo. Al principio me llevaban regalos con tal de que les hiciera una historia, estaban de visita todos los días en mi casa. Cuando terminó todo, la mayoría ni me conocía. Yo fui el pionero de muchos artistas como Enrique Guzmán, inclusive internacionales. Llegaban a México y los contrataba. Al escultor Carlos Piñar le hice una fotonovela simultáneamente con el rodaje de la película Cristo 70. También me llevé muy bien con Verónica Castro y ella nunca dice nada. Era reportero al mismo tiempo de El Heraldo de México y ahí sacamos el certamen “El rostro de El Heraldo”. Una de las personas más pedantes es Lucía Méndez –ganó el concurso del diario en 1972- y hasta la fecha: prepotente, una persona sin valores.

Brownie Fiesta, temblor de 1985 y Marilyn
Antonio Caballero recuerda que a los cuatro años de edad quedó congelado al tener en sus manos una Brownie Fiesta, una bellísima camarita fotográfica que le regaló su padrastro. Ese momento fue mágico para el niño que le gustaba dibujar a todas horas del día. Con los años ese artefacto de colección se perdió como miles de fotos, rollos, negativos y demás material fotográfico tras el terrible sismo que sacudió la Ciudad de México en 1985.
En ese año su estudio estaba en el primer piso de un edificio ubicado en Álvaro Obregón y Orizaba. En la planta baja se encontraba la farmacia Roma. Toda la zona fue devastada. Las autoridades obligaron a los habitantes despejar el inmueble y, en esos momentos de pánico, Antonio guardó cosas en la cajuela y en el asiento trasero de su coche. Mucha gente ayudó al fotógrafo pero la gran mayoría se robó fotografías y otros objetos de valor.
Lo que quedó de ese gran archivo visual fue resguardado en su casa y en la de varios amigos, quienes no tuvieron el cuidado adecuado y se echaron a perder negativos, fotos, transparencias, rollos. Al final rescató muy poco, 25 por ciento de su labor de más de tres décadas.
En su juventud tuvo la fortuna de tener como vecina a María del Carmen Sánchez, quien se casaría con el gran Héctor García. En una vecindad de la colonia Guerrero conoció a su maestro a mediados de 1953 y, al poco tiempo, le reveló los secretos de la fotografía.

Actualmente Antonio se dedica a la fotografía científica en el Instituto de Investigación en Materiales de la UNAM. Extrañamente no le da tanta importancia a su imagen más célebre que tuvo una gran repercusión mundial: la parte íntima de Marilyn Monroe. El fotógrafo tenía 22 años y durante la conferencia de prensa que ofreció la sex symbol en el Hotel Continental Hilton captó ese bello instante que le provocó sentimientos encontrados.
En plena euforia, un periodista le preguntó a la actriz estadounidense: “¿Usa usted ropa interior?” Y ella contestó con una sonrisa sugerente: “Sí, Chanel No. 5”.
“Su visita a México fue todo un suceso. Yo estaba a los pies de ella y por la cantidad de gente no podía moverme. Fue hasta que revelé el rollo cuando descubrí, asombrado, esa imagen tomada de churro. En esa época la moral era otra, y a mí se me hizo ofensivo tomarle el vello púbico”.
A sus 72 años de edad, el discípulo de Héctor García tiene en su mente el consejo que le dio su maestro: “Tienes que ser el mejor fotógrafo. Hacer lo que no hace nadie. Si quieres ser el número uno en México, tienes que subir sobre quien sea, ser creativo como ninguno”.
> La Generación Jet, de Antonio Caballero se presenta en la Galería José María Velasco, en Peralvillo 55, Colonia Morelos,Delegación Cuauhtémoc. Hasta el 3 de febrero.