Dulce Ramos · 21 de enero de 2014

En una carta Édgar Tamayo Arias, el mexicano condenado a muerte para este 22 de enero en Estados Unidos, pidió que si es ejecutado no quiere que en en el traslado de su cuerpo y su funeral “meta mano el mentado consulado”, porque “son puras pinches mentiras con esta gente, la verdad que me decepciona”.
El diario La Jornada da cuenta de la carta enviada el 7 de enero a Pablo Castro Zavala, presidente de la Confederación de Asociaciones y Clubes de Morelenses en Estados Unidos, en la que Tamayo acusó a la Secretaría de Relaciones Exteriores y a “Derechos Humanos” de no haber hecho nada por él.
En la misiva, Tamayo señala que mandó “una queja para México ¿y sabes qué me dijeron? que mi caso no era importante como para traerme a mis hermanos y hasta la fecha no han venido, parece que hoy iban a ir a México a ver si les iban a dar su visa como turista, pero de repente no se los dan y luego le tienen que calar por aquí por la frontera con la visa humanitaria, pero todo esto lo traté desde hace mucho tiempo.
[contextly_sidebar id=”ec1bcdb807b96c0f482f40f3ced9c76e”]”¿Te imaginas que mis padres no hubiesen tenido sus papeles en orden? nunca los hubiera visto ¿y quiénes son los culpables de esto? El Cónsul General de Houston y los de México, la Secretaría de Relaciones Exteriores, ¿qué se creen estas personas sin tomarnos en cuenta a nosotros?
“Por eso no quiero que metan mano en nada, siempre que algún paisano va a hacer ejecutado, siempre quieren quedar bien entre las cámaras para verse bien con el gobierno de México y los paisanos, y no quiero que me usen y claro que ya se los dije”.
Edgar Tamayo Arias forma parte del llamando caso Avena, donde hasta el momento ya han sido ejecutados en Texas José Ernesto Medellín, en 2008; y Humberto Leal García, en 2011.
Dicho caso, que data de 2004, hace referencia a la Convención de Viena sobre los derechos consulares, la cual obliga a los signatarios a permitir que se preste protección consular inmediata a un detenido. La revisión pendiente en el caso de Tamayo Arias permitirá evaluar si la violación a los derechos a la notificación y acceso consular fue determinante en la imposición de la pena capital.
La disputa legal que Edgar Tamayo Arias ha representado entre México y Estados Unidos durante dos décadas está a punto de encontrar su final el próximo 22 de enero en una prisión del estado de Texas, cuando se concrete la sentencia de pena de muerte en contra del mexicano.
De 46 años, Edgar ha pasado en prisión los últimos veinte tras haberse declarado culpable de asesinar el 31 de enero de 1994 al policía Guy P. Guddis. Pero en ese tiempo, tanto el gobierno de México como organizaciones en defensa de los derechos humanos y organismos multilaterales, han argumentado que las violaciones al debido proceso en el caso merecen una revisión judicial que podría implicar una sentencia diferente a recibir la inyección letal.
Edgar Tamayo Arias nació en octubre de 1967 en la comunidad de Miacatlán, en el estado mexicano de Morelos, ubicado en el centro del país.
Aunque su padre, Héctor Tamayo Pedroza, se negó a hablar sobre cómo fue la vida de Edgar en México —hasta que emigró en 1985 a los Estados Unidos para buscar trabajo—, el expediente que recibió la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (IACHR, por sus siglas en inglés) en enero de 2012 describe “una infancia marcada por la pobreza y el abandono”.
La mala calidad de vida del morelense antes de los 18 años es uno de los argumentos de su defensa para describir a un hombre trastornado, enfermo y quien actualmente sufre de una“discapacidad intelectual leve”; situación médica que —según los abogados— no fue tomada en cuenta por las autoridades estadounidenses cuando lo sentenciaron a muerte y que “explican” su carácter agresivo.
El expediente indica que Edgar y sus cuatro hermanos vivieron con el alcoholismo de su padre y “a menudo sin comida y artículos de primera necesidad”. Él mismo explicó a su defensa que sus padres abusaron físicamente de él, recuerda que su madre, Isabel Arias Corona, lo encadenaba cotidianamente a un ladrillo y usaba una cuerda para golpearlo; mientras que su padre “mojaba un lazo rígido para que los golpes fueran más contundentes”.
También mencionó que tuvo muchos problemas en la escuela porque tenía dificultades para aprender y que desde los 9 años inició el consumo de inhalantes.
En la adolescencia, Edgar tuvo que trabajar para apoyar a su padre, un maestro de educación primaria. A los 17 años sufrió un accidente en el rodeo en el que tenía un empleo, cuando un toro lo golpeó y lo hirió de gravedad, lo que le provocó permanecer en estado de coma.
Edgar dice que tras el accidente se volvió más agresivo y adicto a las drogas y al alcohol “para olvidarse de los fuertes dolores de cabeza”, pues no podía costear el tratamiento médico ni asistir a las consultas psiquiátricas que necesitaba, lo que también lo motivó a migrar a Estados Unidos para tener mayores ingresos.
En Estados Unidos, con actitud violenta
El expediente de Edgar muestra que aún antes del homicidio en Houston del policía Guddis, el mexicano tuvo otros problemas legales.
El oficial Nelson Zoch —encargado de la investigación por la muerte de Guddis— describió a Tamayo como “un experimentado criminal”, una vez que documentó que había registro de otras detenciones.
En 1990 fue detenido por portar una daga de metal de tres pulgadas e intentar golpear a un ciudadano estadounidense; en 1991 fue acusado de robo en una tienda de abarrotes y de lesiones por apuñalar al encargado del lugar con un destornillador; un año después fue acusado de intentar robar la batería de un auto y en 1993 de provocar una pelea en un bar.
El delito por el que fue sentenciado a la pena de muerte ocurrió cuando oficiales detuvieron a cuatro personas que presuntamente habían cometido robo en un centro nocturno la madrugada del 31 de enero de 1994.
Guy Gaddis trasladó a dos de los sospechosos, entre ellos a Tamayo Arias; pero mientras conducía, Edgar sacó una pistola que traía oculta en el pantalón y disparó seis veces contra el policía —tres en la cabeza—, lo que provocó que la patrulla se estrellara contra una casa y dejó herido al otro presunto criminal.
Según el registro policial, el mexicano escapó por la ventana trasera izquierda del auto y fue capturado todavía con las esposas puestas y con algunos golpes debido al accidente. Cuando declaró, admitió el homicidio, pero dijo que la culpa había sido de los policías por no haber encontrado cuando lo detuvieron el arma que portaba.
El 1 de noviembre de 1994 fue condenado a la pena de muerte, pero hasta este 17 de septiembre de 2013 una corte estatal de Texas fijó el 22 de enero de 2014 como la fecha para la ejecución.
Aquí un corrido que hicieron Los Tigres del Norte a propósito de este caso:
*Con información de La Jornada y Tania L. Montalvo (@tanlmont)