Kristian Antonio Cerino · 2 de noviembre de 2011

Las puertas del cementerio están abiertas. No se ve a simple vista un letrero que diga: Bienvenidos a Pomuch, “ahí donde se tuestan los sapos”.
El acceso principal es un portón desgastado que hace un ruido macabro cada vez que lo azota el viento… Un poco de aceite lo aliviaría.
A esta hora en la que el sol nace en el sur y los perros han cerrado el hocico después de ladrar por las calles del pueblo, aún nadie camina por los estrechos pasillos del panteón.
A simple viste sorprende que los cráneos y fémures estén a la intemperie y que a cada paso en el camposanto, los restos humanos cobren matices distintos. Así es Pomuch, con sus 8 mil habitantes, y no como lo pintan.
A Pomuch, comunidad campechana y maya del municipio de Hecelchakán, se llega rodando por toda la costa. Lo primero que ven los peregrinos en el Camino Real, así se le conoce por su historia prehispánica y colonial, son lagunas, playas, vestigios arqueológicos y miles de casas construidas con piedras y palmas. Podríamos decir con facilidad que el colonialismo de Campeche, lugar de serpientes y garrapatas en lengua maya, viste a la ciudad y a cada una de sus comunidades.
Al caminar por los pasillos del panteón es difícil creer que en otros lugares los hombres y las mujeres le teman a la muerte. Aquí esos miedos sobran. Aquí la convivencia entre vivos y muertos es pura camaradería.
Cuando alguien sugirió: vayan a Pomuch porque ahí su gente limpia los huesos de sus muertos, los que escucharon concluyeron en que eso sólo sucedía en las películas de terror y producidas por los americanos.
¿Quién no recuerda aquellas producciones cinematográficas en donde los huesos de los asesinados eran guardados en sótanos, cajuelas de autos o entre jardines?
En Pomuch, pueblo de piedras, dulce de coco y panes elaborados desde 1890, la realidad supera por mucho a la ficción expuesta en el cine.

El cementerio de los pomucheños es un icono entre las comunidades de origen maya. Otros puntos han perdido la lengua madre y esta costumbre de venerar a sus muertos. No así Pomuch, el pueblo que celebra a la virgen de la Concepción, a 50 kilómetros de Campeche, la ciudad amurallada y repleta de cañones.
En el rústico pueblo no saben del poema “Qué costumbre tan salvaje”, escrito por Jaime Sabines, pero lo honran.
Sabines, el chiapaneco, escribió que sepultar a los muertos es un acto de salvajismo y se ríe de las veladoras y de las coronas que colocan los vivos sobre el difunto: ¿para qué lo enterraron? ¿Por qué no lo dejaron fuera hasta secarse, hasta que nos hablaran sus huesos de su muerte?
Lejos del urbanismo que sepulta sus tradiciones, en el corazón de Pomuch se cumple el precepto del maestro Sabines: Habría que tener una casa de reposo para los muertos, ventilada, limpia, con música y con agua corriente. Lo menos dos o tres, cada día, se levantarían a vivir.
Los cadáveres en Pomuch no se ponen en pie; es probable que su “alma” y su “espíritu”, sí, como lo creen sus pobladores que les compran flores y veladoras para apapacharlos en estos días.
Algo sucede en este pueblo cuyo reloj dejó de caminar, porque los muertos son más importantes que los vivos y de ahí que los mantengan limpios y los guarden en osarios de madera y los cubran con un mantel especial que ellos mismos bordan a mano.
Nadie lo creería pero entre la ventisca y las piedras, los muertos vuelven a la vida y los vivos levantan sus cráneos, tórax, pelvis y fémures en el acto más natural entre los que aún respiran y los que se reducen a polvo en cada brochazo.
Manuel Canché está ansioso por venerar a su padre en el panteón. Lo hará cuando cierre su local en el mercado de Pomuch.

A sus 70 años, nunca ha olvidado la tradición de limpiar los huesos de su abuelo y de su padre, José Domingo, entre los días 26 y 31 de octubre. No hacerlo sería como un desprecio a sus muertos que en vida les dieron “todo”.
Jura que cuando los muertos eran depositados en una cabaña porque no había camposanto, “un día sin querer”, y por motivos extraños, esta choza se incendió…
-Todos se quemaron.
Lo que sabe Canché, y que le narraron sus abuelos y padre, es que el panteón de Pomuch en un principio era muy pequeño, y después se redujo a nada con tantos muertos; las epidemias sacaron a muchos de sus casas y los arrinconaron en las bóvedas.
Ni los propios pomucheños saben explicar cómo comenzó la tradición de limpiar las osamentas y los restos humanos de sus familiares. El rito es una mezcla entre la cultura maya y el cristianismo. Se acercan a la muerte como lo hicieron sus ancestros y oraron como les enseñaron los conquistadores españoles a través del cristianismo.
Cuánto razón tenía Octavio Paz cuando escribió su libro de ensayos El Laberinto de la Soledad. Al bosquejar la muerte dice: “para los cristianos la muerte es un tránsito, un salto moral entre dos vidas, la temporal y la ultraterrena; para los aztecas, la manera más honda de participar en la continua regeneración de los fuerzas creadoras, siempre en peligro de extinguirse si no se les provee de sangre, alimento sagrado”. Lo mismo ocurre entre los Pomucheños. La muerte y la vida es la unión, es el orgasmo compartido, es el grito colegiado. Y no están pensando en abandonarse y sepultar esta manera de expresarse cariño.
Canché, un hombre bilingüe, pide no temer por la forma en que “ellos” abrazan a sus muertos y lamenta que algunos simplemente los olviden.
-Así lo aprendimos. Así lo harán con nosotros.
Si un punto no entendemos sobre el estilo de vida de los pomucheños es ¿cómo saber en qué momento un cadáver que es sepultado bajo piedra (digámoslo así en Campeche) está obligado a ceder este sitio e ir, ya en piezas, a otro?

De acuerdo con las crónicas históricas, el cuerpo de los pomucheños durará bajo piedra entre 3 y 4 años. Cuando se cumpla el periodo y más si el panteón requiere de nuevos espacios por los que van muriendo, el cuerpo del hombre o de la mujer son exhumados. Abren el ataúd, dejan que el o los cadáveres se oreen sobre las bóvedas y cuando el olor se lo ha llevado el viento, entonces es ahí cuando sus familiares, pieza por pieza, lo introducen en una caja de madera y lo llevan a una cripta en donde compartirá morada con otros conocidos o desconocidos.
-Se ponen al sol hasta que se sequen.
-¿Y no se mueren de insolación?
-No, se mueren de tristeza cuando nadie se acuerda de ellos.
* * *
A las 9 de la mañana aparece la primera familia. Cargan flores y veladoras sin olvidar lo más importante para la ocasión: un mantel limpio, una brocha y gran voluntad para desempolvar a sus muertos.
Pomuch es un pueblo colmado de triciclos. Los hombres pedalean y las mujeres llevan en sus manos las compras. Se ven por los caminos del sur y del norte en esta comunidad que desde la carretera que une a Campeche con Yucatán, no se sabe nada de ella a no ser por un letrero que dice Pomuch. La mayoría lo ignora.
Y es precisamente en triciclo como llega Félix y María, un matrimonio que por años han limpiado los restos de sus padres, hermanos e hijos.
Se comunican en maya, lo más íntimo, y usan el español para explicar el porqué apapachar a sus muertos limpiándolos, dándoles agua y rezándoles por sus almas.
Félix Cohuó limpia con una brocha el cráneo de su madre y el de su hermano, Alfonso, que murió a los 18 años.
Su madre, explica el pomucheño, falleció hace 30 años y sus huesos todavía se ven en buenas condiciones.
-¿Todavía se conserva?
-Ya lo están viendo. Mire sus dientes, qué firme, pero hoy ya no duran- Dice el hombre moreno, cortés como el campechano rural y luciendo la guayabera rimbombante.
-¿Es una herencia?
-Ahhh, claro, la heredamos de nuestros papas.
-Y después ¿le van a venir a limpiar a usted?
-Ah bueno, si mis hijas y mis hijos me quieren, sí.
Entre preguntas y respuestas Félix, con 78 años a cuesta, no deja de mover las manos porque no vaya a ser que llueva y deje abandonado el rito.
Cuando sacude las piezas con respeto, éstas crujen en la medida en que son depositadas en el osario de madera y entre un mantel recién bordado con los nombres de cada uno de los difuntos.
-Este hueso está duro-Interrumpe- Era de mi mamá, se murió en 1981, y mire usted cómo está.

Con un mantel sucio, el que se colocó el año pasado y que ahora será sustituido por uno nuevo, limpia el hueso de la mano de su madre María Cam:
-Mire este hueso es de su mano, aquí se le ve la fractura que sufrió un día, eso nos dijo.
Félix y su esposa, acompañados de su nieta, cambian hoy 7 manteles de 7 familiares que empezaron a morir desde hace 30 años.
De cerca se observan los cráneos expuestos como una galería fotográfica. Ya lo dijo el poeta: Dime cómo mueres y te diré quién eres. Los rostros de los muertos de Pomuch están gozosos, y quién no podría estarlo si aquí los resucitan con cantos y oraciones y comida. Creo que ahí podríamos concluir que estos cráneos lucen vigorosos y bien peinados porque se les quiere al grado de bañarlos a brochazos y llenarnos de besos a cada instante.
Y es quizás que al caminar por las calles angostas del panteón de Pomuch, una frase rotulada en las criptas sea las que más llame la atención:
Señor, consérvalo en tu gloria, como nosotros lo conservamos en nuestro corazón.
Los manteles con los que envuelven los huesos son bordados con punto de cruz. Son toda una obra de arte porque no se bordan a las carreras, sino con tiempo y “despacito” para que la ofrenda tenga validez.
Aquel que dijo que “la muerte es un espejo que refleja las vanas gesticulaciones de la vida” y que “hay que morir como se vive”, seguramente pensó en Pomuch.
Los ángeles, las palomas, las cruces, las flores y los colores, son la más alta reverencia que los vivos hacen de sus muertos con paños, letreros, manteles y con sus oraciones.
Así como los primeros en presentarse en el camposanto, hoy otros ya están cruzando el portón macabro de Pomuch y librando los más de 400 perros que deambulan por estas calles, para no sólo limpiar los restos, sino el de platicar con sus muertos. Sí, el decirles cuánto los extrañaron durante el año:
-¡Ya estoy aquí papá!
-¡Me extrañaste mamá!
-Cómo no te voy a querer…
* * *
History Channel dedicó hace algunos años 8 minutos para mostrarle al mundo el estilo de vida de los pomucheños a través del rito que practican con sus muertos.
En el video está registrada la fachada del panteón de Pomuch: respeto y silencio. Hoy el respeto y silencio rotulado ha sido sepultado con cemento blanco con el propósito de pintar toda la barda, un muro que por cierto lo podría saltar un atleta o un ladrón perseguido por la policía.
Socorro Rodríguez Ruiz, historiadora de Culturas Populares de Campeche, le dice a los enviados del Canal de la Historia que su comunidad es la única “con esencia cultural”.
Sentada y portando una bata campechana, señala que limpiar los huesos de sus muertos equivale a “purificarlos”.
A la letra y con su voz en el documental, reseña:
La muerte para los mayas es que estos van a regresar a consumir lo que se les ofrezca; son elementos de identidad
Martha Aurora Caamal, mujer pomucheña, explica que sacudir el polvo de los muertos es como pintar las casas:
“Hacemos rezos para todos, primero para los chicos y después para los grandes. Esta creencia nos las heredaron los mayas, los mayas que restauraban a sus muertos y los conservaban por muchos años”.
Ambas, entrevistadas por los enviados, coinciden en que la comunicación entre vivos y muertos “existe” y que el “muerto es un eslabón más de la generación”.
El osario, a decir de la amantes de la tradición, es el espacio de intimidad, en un espacio de comunicación.
“Se establece una comunicación directa a través de sus restos, se le habla como si estuvieran vivos, se le cuestiona, se le baña y se le depositan ofrendas, agua, veladora y se le pinta su casa”.
Sucede algo curioso en Pomuch, así como pintan las fachadas de sus casas así pintan las bóvedas llenísimas de cráneos y fémures.
En otro video difundido a través de la red electrónica, el Centro de Iniciación Artística de Campeche, aclara que los manteles nuevos, con los que se envuelven los restos, “es parte de la purificación”. Sin ropa nueva, los espíritus simplemente no llegan y se hacen del rogar.
A todo el ritual de los pomucheños, incluyendo el canto de “Salgan ánimas de pena, que el rosario santo rompa sus cadenas”, lo han llamado: “Los santos restos”, mismos que deben venerarse como a los santos de las iglesias.
* * *
Antes de abandonar Pomuch se hizo necesario preguntar cuál sería el menú para sus muertos, o qué prefieren comer en medio de tanto agasajo y entre tantos huesos: ¿Carne con hueso?
Unos dicen que pibipollo, otros dicen que relleno negro y unos más que los muertos prefieren puchero de gallina. Al menos en eso pensó cuando le dije “comida” a Miguel Coox, un maestro y abarrotero del pueblo.
A medio día en Pomuch la gente correo como loca, uno piensa en que los muertos han salido del panteón y están bailando con Michael Jackson, pero no…
Los que corren van por 2 objetivos: por el pan de Pomuch y por los dulces de coco y granulado que hace la señora María Candelaria López.
Si para algunos ensayistas y escritores mexicanos “la muerte es la palabra que jamás se pronuncia porque quema los labios”, en Pomuch, “en cambio, la frecuenta, la burla, la acaricia, duerme con ella, la festeja, es uno de sus juguetes más favoritos y su amor más permanente”.