Abenamar Sánchez · 8 de marzo de 2011
A Salomón Chávez se le quiebra la mirada cuando en un rapto de confianza platica sobre su grande deseo de subirse a la tarima del carnaval, aquí en Veracruz.

Hombre setentón, nacido en el estado de Michoacán, lleva 50 años apoyando en la realización del Carnaval de Veracruz, pero durante ese tiempo no ha sido más que un protagonista fantasmal.
Actor invisible, su nombre no figura públicamente en el catálogo de personajes carnavalescos, como el del exrey Catrín, la rumbera Juana Muñoz y el loco Fentanes.
Don Salomón, como lo llaman los del Comité del Carnaval, parece más un hombre hecho para coordinar que para bailar. De hecho interrumpe la entrevista para dar la orden que en el desfile una funcionaria ocupará determinado lugar.
Se lo ve jovial
Tras su escritorio, con su gorro y camiseta de carnaval, blancos y tapizados de anuncios de marcas, cuenta sobre su eterna espera de subirse a la palestra del carnaval, Habla con un dejo de alegría, pero nomás recuerda su papel, su mirada se empieza a quebrar.
Cómo no, lo dice él, si te quedas con las ganas de subirte al escenario mientras la gente está bailando y el rey y la reina y exreyes reparten saludos, sonrisas y coquetean, subidos en una carroza o caminando entre la multitud en el bulevar Manuel Ávila Camacho, un tramo de más de cinco kilómetros que se ha ganado la fama de lugar de alto turismo por el carnaval.
Pertenece al llamado Club 20-30, hombres que hace unos 40 o 50 años en Veracruz se organizaron para fortalecer el carnaval. Nadie le prohíbe se suba a los escenarios, pero es un hombre al que casi siempre le ha tocado estar en la parte organizativa.
El danzonero real

De lo que dice, he aquí la verdad, en don Daniel Rergis, alias el Catrín. Hombre espigado, don Daniel, danzonero desde la niñez, tiene el aplomo de un gran bailador. Con sus setenta y tantos años, de traje blanco, se pasea y pasea con aire juvenil, junto a su carro alegórico, esta tarde en el bulevar.
El Catrín, sobrenombre ajustado a la actitud de quien lo lleva, fue Rey del Carnaval en 1982, un año después de que participara en la película El Danzón. Saluda y recibe saludos. Dice que nació danzonero y danzonero morirá, y que es carnavalero y carnavalero siempre será.
Sonríe, cuando platica del lugar donde nació. Fue en esta ciudad de Veracruz, al lado de un salón de bailes de danzón. Desde entonces supo que el danzón era para él. Trabajó durante años como maniobrista en el puerto, pero en cada Carnaval ha sido todo un rey.
–Aquí uno sabe para qué nació –dice casi a gritos la rumbera Juana Muñoz Reyes, junto a seis compañeras vestidas también de brillantes colores.
Está por empezar el desfile del carnaval, don Daniel se ha subido a su carro alegórico y ellas aguardan, sentadas a orillas del bulevar, arrejuntadas como si fuesen unas hermanitas que la madre les ha pedido la esperen sin moverse, por temor a que se pierdan entre el gentío.

La rumbera del puerto
–Estamos aquí desde hace una hora; venimos a bailar –dice retadora, mientras baja la mano, tocada con varias esclavas en la muñeca y antebrazo. En una de ellas lleva escrita fuerza del sol.
Sus compañeras y ella, casi todas entre los 60 y 75 años, bailan rumba y el son jarocho, pero ella lo hace en honor al antaño líder azteca Cuauhtémoc. Por eso, y porque le gusta la alegría, está en el carnaval.
Habla casi a gritos; por todos lados hay música y la gente baila. El Carnaval Loco, que esta vez las acompaña, empieza a bailar a medio bulevar, en lo que queda de espacio entre dos carros alegóricos.
La locura de carnaval
Carnaval Loco es la representación del espíritu de alegría del carnaval. Viste un mono multicolor, sombrero y máscara de hule espuma y lleva un monigote en la espalda, el arlequín veneciano.

Se llama Roberto Fentanes Zamora, un joven pintor que salió al desfile con la esperanza de ganar uno de los premios por mejor representación para con el dinero financiar una exposición de sus obras.
Lo platica apurado, como si ya le urgiera por ganar.
Juana y sus amigas lo miran asombradas, mientras se suman a la marcha.
Bailan y bailan.
–Aguantamos –dice Juana.
Juana, Miriam, María y sus cuatro compañeras bailan juntas desde hace 18 años. Se hacen llamar El Grupo de las Uvas. No ensayan porque ellas creen que el baile, la rumba o el son jarocho, se lleva en la sangre.
–Aquí dentro llevo el baile –dice Juana mientras se da palmaditas en el antebrazo derecho. Con el actual grupo participa desde hace 18 años, pero hace 60 que conoce el carnaval.
Fue por su esposo que conoció el carnaval. Él la robó adolescente, allá en el municipio de Lerdo de Tejada, y la trajo a conocer la fiesta. Desde entonces le ha gustado el carnaval, tanto que cuando enviudó hace 41 años no pudo encontrar mejor pretexto para pasarse a vivir a Veracruz.
Aquí crió a sus once hijos y supo que el carnaval es alegría y el baile da más salud.
Es que esto es vida, dice Roberto Fentanes y para reforzar lo que dice, cuenta que él dejó de participar durante seis años en el carnaval, pero ahora que volvió ya no piensa dejarlo de nuevo.
Entre los varios personajes que Roberto Fentanes ha personificado está, como lo dice él, el mismísimo Diablo, porque éste es la representación de la tentación de la carne y la lujuria en el carnaval.
Pero el personaje que más le ha gustado es el que está representando ahora. Le llevó tres meses confeccionar el traje, que principalmente consta de un mono hecho con pedacitos de tela.
Es el único de su familia que le gusta participar en el carnaval.
–No me canso porque esto es mi vida –dice.
–Yo tampoco, que hasta canto –se suma Juana y se suelta a cantar.
No se la escucha con precisión. Músicas suenan a todo el volumen, y a ellas se suman el rumor del viento y la marea. La gente avanza bailando.
–Es que esto es la alegría, ha dicho el Catrín.
Don Salomón Chávez ha dicho lo mismo, pero también ha confiado que a la tarima desearía subir.