Rosario Carmona/RIcardo Uriel Hernández · 20 de julio de 2011
El día que Pedro salió de la cárcel de Ayutla, Guerrero, no sabía qué hacer, a dónde ir.
Una muda de ropa era todo lo que llevaba consigo.
Ni una moneda, ni una disculpa.
Simplemente le notificaron que se podía ir, que era inocente… 11 años y 10 meses después.
Lo primero que quiso hacer fue regresar a su pueblo, La Ciénega del Sauce, ver a su mamá, su única familia en el mundo.
Pero a más de 20 días, no lo ha podido hacer, porque no existen garantías de seguridad en su comunidad.
Pedro sigue esperando que las circunstancias le permitan reencontrarse con su mamá y recuperar, en cierta medida, el tiempo perdido.
“No sabía si me tenían preso porque estaba solo o porque era pobre”.
Históricamente la familia de Pedro Gatica enfrentaba problemas de tierra en la comunidad de La Ciénega.
Las rencillas ocasionaron que sus cinco hermanos y su papá, Epifanio, fueran asesinados.
Cuando Pedro tenía 12 años de edad fue víctima de un atentado. Quisieron matarlo y en el intento, murió otra persona.
Las circunstancias obligaron a Pedro y su mamá a dejar su pueblo. Pero volvieron años adelante, cuando parecía que todo se había calmado.
El destino aún le tenía preparadas varias sorpresas a Pedro.
El 21 de febrero de 1999, mientras Pedro, su padrastro, su madre y dos hermanos ponían una cerca en su terreno, era asesinado el comunero Raymundo Flores Zeferino.
Pedro, que había cumplido los 16 años de edad, se enteró del homicidio sin darle mayor importancia, pero fue 6 meses después que las autoridades lo involucraron.
Fue detenido y acusado del asesinato.
Con el argumento de que por sus características fisiológicas era mayor de edad, lo ingresaron al reclusorio de Ayutla.
Muchos factores se conjugaron en su contra y determinaron su futuro.
Indígena tlapaneco, no hablaba español, era menor de edad y era pobre.
Al solicitar una copia del acta de nacimiento para demostrar su minoría de edad, le preguntaron a su mamá para qué la quería y cuando ella respondió que lo habían metido a la cárcel porque decían que tenía 18 años, sin investigar el registro del libro de actas, le entregaron un documento donde se confirmaba que tenía 18 años.
Así ingresó a prisión.
Pasó un año de proceso hasta que le dictaron sentencia.
“15 años de cárcel por homicidio”, dijo el juez penal.
Fue presentada una apelación y la Primera Sala Penal de Guerrero se tardó 4 años para resolver la reposición del proceso.
Pero aún faltaba lo peor.
El Juzgado Mixto de Primera Instancia fue obligado a realizar careos para determinar la responsabilidad de Pedro en el crimen. Se tardó 6 años en cumplir con la resolución.
El 4 de marzo de este año, Pedro recibió una nueva sentencia donde le confirmaban los 15 años de prisión, pero se presentaron los argumentos legales que demostraron la serie de irregularidades y sobre todo la tardanza en el proceso. Pedro logró su libertad casi 12 años después, ya con 28 años de edad.
Pagando culpas
El origen del conflicto que llevó a Pedro a la cárcel data de los años 80, cuando el padre de Pedro enfrentó las pugnas por tierras en su comunidad.
Ocho meses después de que Pedro nació fue asesinado su padre, los responsables fueron los habitantes del pueblo que peleaba los terrenos.
Uno a uno fueron muriendo los hermanos de Pedro hasta que él tuvo que huir con su madre, pero nada terminó con escapar. De hecho, lo peor aún estaba por venir y los años en prisión así lo demostraron.
Hoy Pedro quiere regresar a su pueblo, como lo hizo hace 12 años. Mira al cielo y sonríe confiando en que por fin se hace justicia.
Coincidir en prisión
En sus días dentro de la cárcel, Pedro conoció a mucha gente, la mayoría indígenas como él.
Ahí vivió una realidad que en Guerrero se ha convertido en una constante, ser pobre y tlapaneco es quedar expuesto al olvido, a una justicia lejana y a procesos que están muy lejos de ser legales.
Pedro estuvo sujeto a un proceso que superó, por mucho tiempo, el plazo que dura la prisión preventiva y el razonable para ser juzgado que es de dos años máximo.
La abogada de la organización “Asilegal”, Ana Lilia García, que retomó la defensa hace 8 meses, revela que el caso de Pedro no es el único.
De acuerdo con las cifras oficiales de la Secretaría de Seguridad Pública, en noviembre del año pasado, el 51 por ciento de la población penitenciaria de Guerrero y un 76 por ciento del Centro de Readaptación Social de Ayutla se encontraban sin sentencia definitiva.
El valor de la libertad
En sus días de prisión, Pedro aprendió español.
Pasó de la adolescencia a la juventud sin ver a su madre, porque las primeras veces que ella fue hasta Ayutla para las visitas, se la pasaba llorando y ninguno de los dos soportó la tristeza, prácticamente se vio abandonado tras las rejas de la cárcel.
Ahí, en prisión se mantenía de ayudar a sus compañeros que podían comprar los materiales para tejer hamacas, 5 pesos diarios le pagaban.
Después de pasar casi la mitad de su vida en prisión, Pedro no sabe exactamente por qué estuvo aislado de su gente, de su comunidad, del mundo; por qué se le obligó a estar tras las rejas todo ese tiempo.
Sus hermanos fueron asesinados, su padre también, atentaron contra su vida siendo apenas un niño, y aún ahora, que lleva alrededor de 20 días libre y está convertido en un hombre, no puede regresar a su comunidad.
La vida de Pedro está en peligro, quienes lo acusaron de homicidio aún viven en La Ciénega; es libre, pero desterrado de los suyos, de su gente y de su comunidad.
Está en espera de ver a su madre, en espera de una reparación del daño, por estar casi 12 años en prisión, como si la libertad tuviera precio.