Nueva York y el amor irracional <br>de ocho artistas mexicanos

Moisés Castillo · 14 de enero de 2011

Nueva York y el amor irracional <br>de ocho artistas mexicanos
Nueva York.

No hay motivos prácticos para que a uno le guste Nueva York, declaró en una entrevista Woody Allen, quizá la persona que mejor ha retratado a la ciudad camaleónica. NY cambia constantemente hacia el progreso y la opulencia. Dicen que es un lugar difícil para vivir, especialmente si no tienes dinero. Es extremadamente complicado sobrevivir a la capital del mundo, que puede aplastar a cualquiera como un bicho raro.

Sin embargo, para José Limón, el hombre que bailaba con los pies en la cabeza; Enrique Norten, el arquitecto que desarmaba televisores; Alondra de la Parra, la mujer orquesta; Víctor Rodríguez, el pintor de la fotografía; Eugenio Derbez, el comediante de los crímenes perfectos; Magos Herrera, la jazzista que quiso ser monja; Bianca Marroquín, la dulce bailarina; y Antonio Sánchez, el baterista de las manos de seda, NY se convirtió en un personaje más en sus historias, una presencia determinante y eterna. Estos artistas mexicanos siguieron, sin proponérselo, los pasos de José Juan Tablada, Diego Rivera, Frida Kahlo y Octavio Paz, que hace varias décadas fueron atraídos por la magia y las posibilidades que NY  ofrecía a su obra.

Alondra de la Parra, directora de orquesta.

Wilbert Torre se encontró desempleado cuando corría el mes de octubre del 2004 y las hojas secas de los árboles comenzaban a crujir sobre las calles de la ciudad que nunca duerme. Reportaba la realidad neoyorquina como corresponsal del periódico Reforma. Vivir más de cinco años en la Gran Manzana le permitió reinventarse como periodista y persona. Lo que más le sorprendió de NY a través del tiempo, fue descubrir la increíble fuerza laboral de más de un millón de mexicanos trabajando en hoteles, jardines, oficinas, tiendas, restaurantes. Un hormiguero lleno de energía y sueños. Entre el agradable caos de los barrios neoyorquinos, un grupo compacto de artistas mexicanos hacía ruido.

En ese momento, Wilbert Torre respiraba un cierto aire espeso de contratiempos y destiempos, hasta que conoció a Julio Villanueva Chang, director de la revista Etiqueta Negra, en un taller de periodismo narrativo de la fundación Nieman de Boston.

Torre creía que el destino había huido de su vida, pero encontró en Villanueva Chang una nueva forma de escribir y acercarse periodísticamente a los personajes principales de sus historias. Desde la prestigiosa publicación peruana, Torre se aventuró en el mundo de los perfiles, se adentró en la vida de las personas desde todos los ángulos posibles para escribir una radiografía de cuerpo completo.

El arquitecto mexicano Enrique Norten.

Así surgió el libro Todo por una Manzana, editado por Jus, como una poderosa inquietud periodística de conectar el pasado con el presente: ocho artistas mexicanos contemporáneos que se comieron Nueva York. Fue un trabajo casi faraónico de cinco años para mirar y retratar cómo ocho artistas nacionales decidieron expatriarse a Nueva York para buscar su verdad artística.

“Viví como reportero de diario por muchos años y me interesaba la crónica y la narración. Estaba inquieto por saber qué estaban haciendo en NY artistas mexicanos y los encontré por acumulación. Quería hacer un libro de perfiles a partir de un trabajo de seguimiento, de un acercamiento permanente a su obra, no sólo a través de entrevistas. Quería conocerlos a fondo para entender no sólo su arte, sino las razones que los habían arrastrado a NY“.

Todo por una manzana no es un libro de historias de “éxito” ni un manual de cómo triunfar en la ciudad más cosmopolita. Es un libro que capta el sufrimiento y lo complejo de ser artista, es un libro que describe la batalla diaria de estos mexicanos que dejaron muchos pedazos de su vida en el camino por perseguir su obra y sus anhelos.

Magos Herrera, jazzista mexicana.

Como afirma su autor, “son un ejemplo de lo mejor que podemos ser en momentos en que el país se desvanece en un baño de sangre. Cada uno de los esfuerzos y obras de estos artistas son una especie de faros que iluminan y demuestran lo mejor que hay en México, lo que podemos ser los mexicanos en un presente muy complicado”.

Wilbert Torre es un periodista y escritor, o viceversa. En Todo por una manzana retrata con tal precisión y soltura a los ocho artistas mexicanos, que hasta parece que los conoce de toda la vida. Los perfiles nos demuestran que no podemos vivir con la esperanza de la esperanza. Todo por una manzana es una obra que atrapa y desgarra, que te deja en medio de un laberinto de espejos en donde puedes reconocer o reconocerte: “para verme tenía que mirarte”.

Dice Wilbert Torre que entre sus maestros, influencias y lecturas, se encuentra Julio Villanueva Chang, el escritor norteamericano Gay Talese y libros como Las llaves de la ciudad de David Lida. Además, ha tenido el privilegio de ser tallerista de la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI). Un capítulo de su primer libro, Obama Latino, fue finalista del premio de la Fundación de Gabriel García Márquez. La FNPI lo eligió como uno de los Nuevos Cronistas de Indias.

Su entrañable maestro, Tomás Eloy Martínez, decía que así como los buenos gobiernos persisten en la memoria por su relación con la cultura, hace falta un periodismo culto, no panfletario. Para eso se necesitan personas cultas. “El amor por la cultura sólo nace en la gente culta y se irradia a la sociedad donde uno escribe”, dice el periodista. Y Wilbert Torre nos ofrece un libro inteligente, luminoso y con palabras exactas.

Eugenio Derbez, actor mexicano.

“Hay quienes piensan que escribir es un acto de inspiración: estar frente a una máquina, a lado derecho una musa y de repente salen las palabras. Escribir es un acto tormentoso, es un ejercicio que puede ser muy doloroso. Me costó mucho acercarme a la gente y me ha costado muchísimo sacrificio y dolor escribir”, expresa.

¿Cómo fue la selección de estos personajes?

El libro desde un principio me lo imaginé como un texto de acumulación. Cuando llegué a la Gran Manzana en 2003 empecé a ver que Enrique Norten, el arquitecto mexicano más visible fuera de México, estaba haciendo cosas importantes. También por el 2005 conocí a Alondra de la Parra, llegó a NY cuando apenas era una jovencita y dirigía una orquesta. Con el paso del tiempo empecé a conocer artistas como Magos Herrera, que buscaba reinventar su música jazz. A casi a todos los conocí por esa época, fueron días y días de visitas, conversaciones, cosas que viví directamente: obras de teatro, conciertos, ensayos, juntas. Por ese tiempo también conocí a Eugenio Derbez, quien hizo un paréntesis en su carrera de actor de tele para ser actor dramático. Fueron coincidiendo conmigo en NY.

¿Cuáles fueron los retos para crear Todo por una manzana?

Uno de los principales desafíos era tener la posibilidad de que fuera un trabajo de largo aliento, un trabajo de reporteo, de acumular información. Quería ver a estos ocho artistas desde otra posición, acercarme a ellos de manera diferente, ganarme su confianza, sobre todo estar presente en los momentos donde afrontaban una circunstancia y ver sus reacciones, la manera en cómo respondían al entorno con sus colegas. Entré a su mundo y conocí sus deseos, emociones postergadas, contradicciones y sueños.

¿Quién fue el artista con el que lograste una mayor empatía?

Evidentemente todos fueron muy generosos conmigo al soportarme, en tolerar mi presencia en ensayos, reuniones, en cosas que para un artista son privadas. Me decía una amiga que leyó el libro que me había sentido muy cercano a las mujeres. En este sentido, hubo un trato muy especial con todas ellas. De Alondra de la Parra me impactó su enorme creatividad, es una chica llena de ideas. De Magos Herrera su ganas y deseos por reinventarse como artista desde una ciudad compleja como NY, sin que esto representara perder su identidad y esencia como cantante. Por otra parte, de Eugenio Derbez me llamó la atención su forma de ser. Me motivó muchísimo su deseo por ser un actor dramático. Su viaje era distinto. Derbez tenía una fortuna en México, era un comediante reconocido y fue a NY para alcanzar sus sueños.

¿Cuál fue el perfil que alcanzó todos los ángulos posibles?

Hay algunos perfiles que requieren un trabajo de investigación mayor. El perfil de Enrique Norten tiene un trabajo más metódico y profundo. A Enrique Norten si hay algo que debe reconocérsele es que él tuvo la valentía y la decisión de seguir sus instintos como arquitecto y sus intenciones como artista para desfiar a las corrientes tradicionales de la arquitectura mexicana y empezar a hacer una arquitectura mucho más universal siendo mexicano. Norten es considerado un apóstata en el mundo de los arquitectos mexicanos por haber desafiado las corrientes arquitectónicas más tradicionalistas. En él persisten algunas influencias de Luis Barragán, el más grande de los arquitectos mexicanos, como la luz como una presencia vital y algunos rasgos minimalistas, pero sus obras tienen poco o nada que ver con otros arquitectos como Ricardo Legorreta, constructor de los hoteles Camino Real en los años setenta, unos bunkers masivos y pesados como una pandilla de elefantes, mientras que los edificios de Norten suelen ser etéreos, transparentes, ligeros.

¿Cuáles son las diferencias más notables entre Nueva York y la ciudad de México? Afortunadamente en los últimos años México comenzó a cambiar de manera positiva. Existen muchos cambios en el DF, como la creación de espacios de arte al aire libre, como lo vemos en Paseo de la Reforma. En los museos hay más apertura a mexicanos contemporáneos y artistas de vanguardia. Sin embargo, aún existen resistencias del arte mexicano tradicional para aceptar el arte mundial. Hay que aprender del mundo del arte, como una obra universal, y aceptar las influencias sin escándalos y prejuicios.

¿Qué se necesita para triunfar en NY?

Además de obra y talento, se requiere el deseo profundo por alcanzar algo, un sueño. Se necesita ser muy fuerte y perseverante, no darte por vencido a pesar de la feroz competencia. Allá eres un ser aislado. Se requiere de mucha fortaleza porque NY es una ciudad que te asfixia hasta hacerte casi desaparecer.

 

¿Cuál es tu búsqueda con este libro y qué esperas de él?

He elegido los perfiles porque creo que contar historias universales con las que se identifique el lector es el mejor camino para intentar traducir y explicar el mundo en el que vivimos. A diferencia del vértigo y el caos que dominan al diluvio de información en los diarios, videos, textos express y las redes sociales, un perfil es una ventana distinta en la que la mirada se amplifica y los detalles cobran razón y sentido. Es la oportunidad de acercarse a una persona en la punta de los pies.

Lo que espero de Todo por una manzana es que al leerlo una persona pueda asomarse al mundo con frecuencia oscuro y desconocido de un artista, percatarse de que son seres como uno, llenos de sueños, temores, contradicciones y anhelos.

Hacia el final de la conversación, el autor confiesa que le tiene un profundo amor a Nueva York: allí perdió su primer empleo, nació su primer hijo y empezó a imaginar y a escribir su primer libro, Obama Latino. Segundos más tarde le pregunto cómo debe iniciar alguien interesado en escribir el perfil de Wilbert Torre.

“Jajajaja, no sé, no creo que a nadie le interese escribir sobre mí. Soy un ser humano lleno de deseos y contradicciones. Fui un niño inquietísimo, un mal estudiante, un amante precoz y un mediocre jugador de futbol. Mi vida, desde los primeros años, fue un desorden: mi cuarto era un caos y mis juguetes siempre estaban rotos o extraviados. Lo único que sobrevivía a esa catástrofe infantil eran mis cuentos. Ahora que he sobrepasado los cuarenta años, las cosas no han cambiado en gran medida: con frecuencia no encuentro las llaves o el teléfono, y mi estudio es un desorden de libros y cuadernos de notas. Pero yo que lo pierdo todo, tengo por ahí guardada una hoja vieja y amarilla en la que escribí mi primera historia de reportero: tenía siete años y mi papá acababa de regresar de reportar un terremoto en Oaxaca. Hoy vivo en Washington DC con Maki y mis hijos japo-mexicano-gringos. A Nicolás siempre estoy contándole historias de trenes y superhéroes…”