No puedo confiar en mis recuerdos

Moisés Castillo · 23 de febrero de 2013

No puedo confiar en mis recuerdos

Dicen que para recordar algo tenemos que recordarlo mal. La memoria inventa, reorganiza en varias capas el momento recordado. Pero, ¿qué pasaría si nos injertaran la memoria de alguien más? ¿Podríamos escribir nuestra propia historia? Para el escritor Juan Pablo Anaya (Ciudad de México, 1980) la única vía para alcanzar una experiencia con una memoria implantada es reconfigurar y completar esos trozos impersonales cada vez que el presente reclame ciertos recuerdos.

Kant

Esta es la temática de “Canción de amor para un androide”, primer ensayo de cuatro que conforman el libro Kant y los extraterrestres (Fondo Editorial Tierra Adentro) que obtuvo el Premio Nacional de Ensayo Joven José Vasconcelos 2012. El ufólogo por convicción posee una pluma paciente y seductora que logra transportarnos a un domingo cualquiera para ver Blade Runner –película de ciencia ficción de 1982- en el cine Futurama y preguntarnos sobre la posibilidad de una orfandad sin nostalgia.

Juan Pablo dice que el ensayo es un lugar para reinterpretar las significaciones de la memoria que nos fue heredada o implantada. Un intento de escapar a las configuraciones laberínticas de esa imposición. En este sentido, el autor opta por el ensayo literario para perderse en el camino de la reflexión, fluir sin un fin. Ya lo decía Montaigne: “sé de lo que huyo, pero no lo que busco”.

En Kant y los extraterrestres el escritor chilango usa la ficción para crear historias imposibles y fusiones notables como la novela Moby Dick y la película hollywoodense Orca, la ballena asesina. Si bien existen referencias a la cultura popular y a la llamada “alta cultura”, el colaborador del blog de Letras Libres trató que no existiera una división sino una especie de gancho o provocación para generar una discusión con el lector.

Así surgió el ensayo “Ahab en el diván”: Juan Pablo le platicó a su madre por teléfono que estaba releyendo la novela del escritor estadounidense, ella con cierta inocencia le contestó que ya había visto el filme y le contó Orca, la ballena asesina. Con este acto lúdico-involuntario comenzó a construir una relación de espejo.

“La película es la copia invertida de la gran novela de Melville: la historia de la venganza de una orca macho contra el capitán Nolan. La tarea del jefe del barco ya no es llevar aceite de ballena que dará luz a la civilización, ahora el empleo del capitán consiste en cazar monstruos marinos para venderlos en los acuarios”.

Kant y los extraterrestres es una oportunidad para creer en el ensayo como una alternativa luminosa de hacer literatura y tomar distancia del estigma que se tiene hacia este género literario: aburrido y complejo. Al final hay que apelar a la inteligencia del lector para que salte el aparato publicitario abrumador de las grandes editoriales que intentan imponer ciertas novelas como las únicas que valen la pena.

-¿Estamos frente a un libro paranormal, extraño? ¿Cómo definirías este libro de ensayos?

Es un libro que pasa por muchas reflexiones filosóficas y siempre trato de empujar las discusiones hacia lo que llamas “paranormal”. Lo que pretendía hacer era literatura, construir juegos para atraer al lector desde temas muy populares mediáticamente como el de los extraterrestres. Casos que atrapan la atención de manera masiva como el de Jaime Maussán y así desarrollar una discusión filosófica.

-¿Cómo fue la arquitectura del ensayo?

Hay muchas veces que un título se vuelve como la brújula para pensar lo que estás haciendo. Alguna vez en la maestría tenía que escribir un ensayo sobre Kant y estaba que me jalaba los pelos porque no lo lograba aterrizar nada. En el mundo anglosajón producen una cantidad de textos increíbles y me compré un diccionario de la filosofía de Kant. Y al hojearlo leo una entrada que dice “Vida extraterrestre”. No lo podía creer y se me quedó en la mente que Kant hablaba sobre extraterrestres. Así se perfilo el título del libro. Lo extraterrestre es sinónimo de otredad. En el propio título creo que está el hilo conductor que atraviesa todos los ensayos.

-¿Qué tipo de ensayo escribes? ¿Es ensayo que defiende la libertad en oposición a los escritos académicos o aquel que privilegia la argumentación de tesis?

Creo que el ensayo literario tiene que deslindarse del ensayo académico. Incluso es normal que suceda en países anglosajones. En Inglaterra, donde estudié, están -por un lado- los académicos que escriben artículos, algunos de ellos destacados. Por el otro está el juego de la literatura. Claramente están trazadas las fronteras. Algo que intenta hacer Montaigne es una especie de diálogo consigo mismo, algo que en el aparato académico es demasiado pesado e impide ese nivel de reflexión que sí tiene el ensayo literario. No me gusta pensar en el ensayo como una especie de confesionario del “yo”. Pensando en la tesis del libro de que tenemos una memoria implantada, a mí lo que me interesa en el ensayo es hacer la disección de esa memoria implantada que nos constituye. Entonces el “yo” para mí es una construcción desde el comienzo y veo al ensayo como ese examen de la memoria implantada que nos constituye.

-¿Cómo surge la idea de combinar o fusionar temas en los ensayos? Una especie de fusionar la “cultura popular” con la “alta cultura”…

En principio sí me interesaba esta dicotomía que existía entre alta cultura y cultura popular, pero poco a poco en el camino del ensayo fui como tomando otra postura. Surgió de algo muy vivencial porque estudiaba filosofía y de repente, al final de la carrera, me fastidiaba porque con las clases no podía  escuchar música o pasarme un buen rato en el cine, que era lo que me gustaba hacer. Y la literatura fue uno de los caminos que hizo que estudiar filosofía no fuera tan aburrido o tan árido. Me pasaba que en cualquier borrachera siempre tenía muchos juegos de asociación entre lo que había estudiado y la música que conocía. Esto pasa en la vida diaria cuando recorres grandes trayectos en el Metro, vas leyendo para tu clase, estás terminando de hacer un subrayado y no deja de pasar el ambulante vendiendo la recopilación de los éxitos de los 80. La conclusión a la que empecé a llegar fue que esta dicotomía entre la alta y baja cultura no me interesa. Jugando con la misma idea de la memoria implantada yo tenía todas esas referencias populares, era algo que me constituía. Empiezas a estudiar y en principio tienes esta actitud de “todas esas estupideces que consumes en la televisión y esas canciones de rock que son tontas por sus letras”, pero logré verlas desde otra perspectiva. Esa dicotomía aparece claramente en el ensayo “Ahab en el diván”. Mi pregunta era cómo desde esta basura mediática se puede empezar a pensar.

-Precisamente se refleja en ese ensayo: el ocaso del arte literario debido a la degradación de las obras originales en copias que deforman su perfecta arquitectura…

Esa parte del profesor Acha-Benavides sí es ficción, pero traté de inventarle un contexto coherente en el que estuviera fuertemente a debate la dicotomía entre alta y baja cultura y por tanto el texto de Umberto Eco, Apocalípticos e integrados, donde se aborda claramente este asunto. Hay una actitud así muy de occidente al decir que se están degradando nuestros productos culturales. Por otra parte, todos los ensayos están ficcionados, nunca tuve ese profesor, no tengo la edad del personaje que habla en ese libro y a lo mejor este recurso prevaleció tras esa situación que me pasó con mi mamá y Moby Dick.

-¿Por qué escribir ensayo y no novela o poesía? ¿No importa que sea un género “menospreciado” o que cause “repulsión” a los lectores?

Creo que tiene que ver mi formación, pero también me interesaba una escritura que fuera un ejercicio del pensamiento. En ese sentido, el ensayo es un lugar propicio. Me interesaba un lugar del pensamiento no académico porque el mundo académico tiene una especie de cláusula edípica como dice Gilles Deleuze  “no podrás hablar sobre esto hasta que no hayas leído esto y aquello”. Entonces una manera de huir de esa como formulación edípica es pasar al ensayo literario. Y bueno sí, el ensayo es desdeñado, ni modo. Creo que existe alguna cláusula que dice que la literatura lo que no tiene que ser es aburrida. Eso es lo que intenté ante un género y ciertas problemáticas que alguien podría pensar que son áridas o cansadas.

-¿Hubo algunas lecturas o influencias en el proceso de escritura?

La relectura fuerte en el ensayo “Ahab en el diván” sin duda fue Pierre Menard, de Borges, que para mí, a pesar de que lo presentan como cuento, es un ensayo perfecto. También hubo lecturas de Jonathan Swift en el tercer ensayo. Me gusta hacer caminos de lectura. Si voy a entrar a un tema como que trato de empezar a jalar las cosas que están próximas o las lecturas que estarían rodeando todo ese asunto. También volví a leer la novela de Philip K. Dick, ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?. Y bueno como que he estudiado mucho la filosofía de Gilles Deleuze, hay en el libro muchas de esas lecturas que permanecen en el fondo.

-¿Cómo funciona la “melodiografía” que aparece en la parte final?

La idea de poner una melodiografía es que funcione como una bibliografía, eso es un poco la idea de crear la palabra. Lo que no quiero es que sea un soundtrack, no es la música que puedes poner para leer el libro. Lo que yo quería es no que fuera un soundtrack que estuviera afuera o que acompañara al libro sino que fuera una lista de canciones que cito en el libro y normalmente no todas las citas son explícitas, la mayoría son veladas. Cuando alguien lea la melodiografía puede ir recordando lo que leyó en los ensayos porque incluso títulos, comienzos o cierres de párrafos están hechos con letras de las canciones. Por otra parte, creo que esa melodiografía tiene unas coordenadas temporales: atraviesa la edad de mis hermanos y la mía. Y también tenía ganas de hacer algunas confesiones de gustos musicales. Otro ejercicio para la escritura era hacer un playlist y examinar todas las letras y decir esta frase me convence, a ver si me la puedo fusilar, a ver cómo la parafraseo y tal.  Jugando con los aparatos teóricos que rodean los textos académicos quise decir “yo pienso desde estas canciones que no se me salen de la cabeza o que me brotan en la mente”.