Roselia Chaca · 2 de enero de 2012
De prestado
Apenas y se nota entre la milpa con su metro y medio de altura. Su nombre en diminutivo, Rosita, coincide con la imagen de su frágil figura, aunque sus movimientos con el palón sobre la tierra testifican lo contrario. Las doce brazadas de parcela que labra todo los días no le pertenecen. No tiene derechos sobre ella, ni sobre ninguna otra en la comunidad mixe. Así lo dice la autoridad. Ella acata. Sobrevive de prestado.
42 años acarician su apiñonada piel. Del norte de Veracruz llegó hace 20 años al poblado de Mogoñé Viejo, agencia de San Juan Guichicovi, municipio perteneciente al distrito de Matías Romero, en la zona húmeda del Istmo de Tehuantepec ( Oaxaca). Tres hijos nacidos en territorio mixe. Un esposo que rumbo al norte se fue un día. Abandonada a su suerte se aferró a lo más valioso que le prestaron, la tierra.
“No soy ejidataria, aunque produzco la tierra”, dice sonriendo mientras camina entre los surcos y clava el palón sobre la hierba.
“No hay tierras desocupadas en la comunidad, todo tiene dueño…No soy de aquí. No tengo derechos dicen. La necesidad me obligó a sembrar y un vecino me dio una tarea para sobrevivir. Aquí estoy, sobreviviendo” expresa a modo de argumento mientras se seca el sudor.
Rosa Torres Martínez rasga el vientre de la tierra desde tres años, uno después de la partida del marido. Al borde de la crisis económica recolectaba los sobrantes de las cosechas en los campos de la zona, lo que despertó la compasión de un vecino, ofreciéndole 12 metros cuadrados de sus tierras. No dudó ni un segundo. Aceptó sin saber nada de labranza, pero el tiempo y la perseverancia le enseñaron. Hoy siembra maíz, yuca, cilantro y rábanos.
Cuando se le pregunta si sueña con sus propias tierras, Rosita sólo afirma con la cabeza, pero ella misma se responde:
-¿Cómo. Con qué dinero lo compro? Soy pobre, no puedo.
La campesina no aspira a mucho, sólo lo que pueda atender su persona, porque a sus hijos no les interesa el campo. Empieza la jornada mucho después que el resto, no puede antes, las obligaciones en la casa la retienen hasta las nueve de la mañana. La atención a la parcela termina después de las dos.
En el corredor de su humilde vivienda, acomodadas están 26 botellas (tres litros cada una) llenas de maíz cosechadas en este año. 78 litros del amarillento grano la ayudarán a sobrevivir hasta febrero, cuando la tarea sembrada sea recolectada. Con esta nueva cosecha alimentará a su familia durante todo el 2012.
Por derecho
El término mixe Nääxwiin significa “Madre Tierra” y no es casualidad que un grupo de mujeres indígenas de la zona norte del Istmo de Tehuantepec, al sur de la República Mexicana, acuñaran la frase para asignar a su organización Casa de la Mujer Indígena Nääxwiin A. C., pues entre sus prioridades está trabajar con campesinas. Se conformaron en el 2000 en el interior de la Unión de Comunidades Indígenas de la Zona Norte del Istmo (UCIZONI), en el 2003 se independizaron logrando la primera casa de la mujer indígena en la región.
Dora Ávila Betancourt, asesora de Nääxwiin, expuso que para las mujeres de más de 17 comunidades de Matías Romero, San Juan Guichicovi, Santiago Ixtaltepec y Santa María Petapa la tierra es territorio, agua, cultura, tradición, aunque también es lo que está sobre y debajo de ella.
Para una de las fundadoras de Nääxwiin, no tener la tierra a nombre propio trae varias consecuencias para las mujeres: Falta de acceso a créditos. No se les autoriza proyectos productivos a través de programas federales. Se quedan sin propiedad cuando hay separación, en muchos casos las tierras están a nombre del suegro. Al morir el esposo el terreno pasa a manos del hijo varón y ellas son abandonadas.
“En estas poblaciones el derecho agrario se hereda, los padres lo dejan a los hombres y no a las hijas. Otras mujeres tienen derechos por viudez y la comunidad se los cede, sin embargo, hay pueblos en que la asignación de la tierra se va a otro ejidatario y no a la viuda.”, explicó.
Es común también los casos en que los esposos emigran o abandonan a sus parejas llevándose los documentos para después vender las parcelas o el ganado sin tomarlas en cuenta, quedando desprotegidas junto con sus hijos.
La falta de certeza sobre la tierra es una problemática que la organización Nääxwiin planteó a la Procuraduría Agraria, por lo que pidió difundir el derecho de las mujeres entre las autoridades comunitarias agrarias y las asambleas.
Para Näáxwiin es claro la violación de los derechos de las mujeres indígenas campesinas estipuladas en convenciones, leyes y declaraciones internacionales que el Estado mexicano aceptó respetar, como la Convención sobre la Eliminación de todas las Formas de Discriminación contra las Mujeres ( CEDAW) que en su Artículo 14 especifica: “El estado adoptará todas las medidas apropiadas para eliminar la discriminación contra la mujer en las zonas rurales a fin de asegurar, en condiciones de igualdad entre hombres y mujeres, su participación en el desarrollo rural…”
Asimismo se violenta el Artículo 17 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos: “Todos, hombres y mujeres, tienen derecho a la propiedad individual y colectiva”, además del Artículo 3 de la Convención N°169 sobre los Pueblo Indígenas y Tribales que a la letra dice: “Los pueblos indígenas y tribales deberán gozar plenamente de los derechos humanos y libertades fundamentales, sin obstáculos ni discriminación, de igual manera a los hombres y mujeres…”
Mujer con voz
“Mala mujer”, es la frase que los hombres del pueblo escupían cuando se referían a ella. Estela no lo olvida, como enterrarlo si todos los calificativos que recibió cada vez que se entrometía en los asuntos del ejido contribuyeron a su temperamento fuerte, a lo que hoy es; una mujer recia que no deja pisotear sus derechos por nada y nadie.
No le importó ser llamada una y otra vez ¡Mala mujer!, si con eso era escuchada en la asamblea. El carácter de Estela Vélez la confrontó con las autoridades ejidales de El Zarzal, agencia de San Juan Guichicovi, durante más de 15 años. Hoy, a sus 51 años, además de ser la presidenta de la Casa de la Mujer Indígena Nääxwiin, se ganó el respeto de la comunidad y su voz motiva a otras campesinas.
Nadie le regaló ni un centímetro de las tres hectáreas de tierra que posee, lo peleó después de que su madre le traspasó documentos de derechos ejidales de su padre, aunque éste nunca tuvo un milímetro de parcela. Después de tanto exigir logró que la asamblea le entregara lo que por derecho y herencia le correspondía.
Participativa en los asuntos ejidales se percató que las viudas eran mucho más vulnerables, pues sus tierras pasaban a los hijos varones, dejándolas en completa indefensión, entonces las organizó y explicó sus derechos sobre el patrimonio familiar. Por supuesto que el miedo fue una contante entre ellas, pero al final tuvieron fe en sí mismas.
“Me decían -cómo lo exponemos, cómo lo decimos-. Nos dábamos fuerza. Algunas las tomaba de la mano para darles valor y así pudieran hablar ante la asamblea. No se crean, fue muy difícil al principio, pero se lograron avances.”, dijo una de las 15 mujeres de un total de 185 ejidatarios de El Zarzal.
Estela Vélez considera que el camino del respeto a los derechos de las mujeres indígenas campesinas es tortuoso, pero no imposible de andar.
Por obligación
En el estado de Oaxaca convergen 16 grupos indígenas, la mayoría se rige por el Sistema de Usos y Costumbres. El estado cuenta con 542 municipios, de los cuales 412 se administran por estos “sistemas normativos internos” , en casi todas, las decisiones sobre la vida pública, incluyendo la tierra, se toman en asambleas, relegando a las mujeres al espacio privado, la casa.
Juan Nava Valenzuela, jefe de residencia de la Procuraduría Agraria ( PA) en Matías Romero, reconoció la falta de sensibilidad en muchos pueblos que se aferran a las “tradiciones” y “costumbres” antes de dar el paso a la participación de la mujer en el ámbito público y el campo, relegándola al espacio privado, la casa.
Las autoridades ejidales y comunales argumentan que la mujer no accede al campo debido a varios factores; “fragilidad física” para desempeñar trabajos pesados como el arado de la tierra, el desmonte, recorrido de colindancias, etc., la falta de tiempo, pues atienden los hijos y la casa.
Enteradas de sus derechos y obligaciones en el campo, las mujeres ahora exigen respeto en las asambleas, en casos más drásticos denuncian las violaciones a sus garantías ante la PA, ésta emprende la conciliación, si no hay respuesta positiva acude al Tribunal Unitario Agrario.
Sólo en este 2011, de los 42 municipios que atiende la PA se presentaron 89 casos de mujeres exigiendo respeto a su derecho a la tierra. Las estadísticas indicaron de 6 a 8 casos por mes. De todos, el 80 % terminaron en el tribunal, todas tuvieron resoluciones positivas a favor de la mujer. Algunas resoluciones no se ejecutaron porque no hubo condiciones, en casos más dramáticos las asambleas expulsaron a la mujer de la comunidad.
“La ley reconoce a hombres y mujeres el derecho a tener a su nombre una parcela. Si un ejidatario tiene un título de derecho agrario y quiere venderla, debe notificar por escrito a su esposa y en el contrato se debe anexar la notificación de la esposa e hijos como derecho del tanto. Es necesario que en las asambleas ejidales y comunales se hable de los derechos agrarios de las mujeres y se reconozcan.”
Se ha avanzado pero falta mucho por hacer.
De acuerdo al diagnóstico sobre la mujer indígena en México que arrojó el Encuentro Nacional Feminista en el 2010 en Zacatecas, “se determinó que los principales problemas que enfrenta este sector son: acceso a la tierra, territorio y recursos naturales; procuración y administración de justicia; muerte materna, VIH, y la violación de derechos sexuales y reproductivos; violencia de género, la paramilitarización y militarización, desplazamiento interno, acceso a la educación y cultura en su propio idioma, vive de manera directa las consecuencias del fenómeno migratorio, no tiene acceso al conocimiento y manejo de las nuevas tecnologías.”