Tamara Mares · 16 de octubre de 2025
La tradición alfarera de Huáncito, Michoacán, ha quedado en manos de artesanas como Bernardina Rivera y Edith Granados, quienes han mantenido vivo este arte de su pueblo purépecha pese a la discriminación del gobierno estatal.
Ollas, cántaros con dibujos de flores, torres de cántaros y pequeñas jarras con diseño de cabeza de perro, todos hechos con barro bruñido, son algunos de los diseños únicos que elaboran todos los días.
Rivera, una mujer de la tercera edad, comenzó a moldear el barro desde joven: primero, aprendió en su familia a los 15 años, y una vez casada conoció nuevas técnicas de su suegra, aunque los diseños que hoy trabaja son libres y de su propia imaginación.

“Es tradicional, desde cuándo se empezó a hacer este trabajo”, remarca la mujer purépecha. “Nuestros abuelos, nuestros tatarabuelos, todos lo sabían trabajar”.
Edith Granados, quien se ha dedicado a la alfarería desde sus 12 años de edad, trabaja principalmente jarras y ollas con diseños de flores. La tradición la heredó de su madre.
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Ella acostumbra viajar a Guadalajara, Jalisco, para vender sus piezas de barro bruñido, pero en años recientes se ha enfrentado con obstáculos para comercializar.
“No nos dejan vender, a nosotros como vendemos la artesanía no podemos nada más llegar y vender, tenemos que sacar un permiso, pero no nos lo quieren dar”.

Según información oficial del municipio de Chilchota, la localidad de Huáncito cuenta con 2 mil 399 habitantes, cuyas principales actividades productivas son la agricultura, ganadería, comercio y alfarería.
En 1994, el académico Eduardo Williams, del Colegio de Michoacán, publicó en el compendio Arqueología del Occidente de México: Nuevas aportaciones el artículo “Ecología cerámica en Huáncito, Michoacán”, en el cual detalló que una de las particularidades de la alfarería en la región es el uso de la tierra charanda para pintar la loza, ya que este mineral sólo se consigue en esta zona.
“Aunque existe una cierta uniformidad en toda la loza producida en el pueblo, cada artesano tiene un estilo personal, y el mismo diseño se realiza de manera muy distinta en cada taller doméstico”, resaltó el etnoarqueólogo sobre la importancia de estas piezas.

El proceso, que puede tardar incluso varias semanas según la pieza, consume tiempo y se ha convertido en un trabajo remunerado injustamente, pues han bajado las compras directas en la localidad y los revendedores –quienes llevan las piezas a ciudades como Guadalajara y Morelia– pagan menos mientras utilizan sus creaciones para tener hasta diez veces su costo en ganancia.
Las dos ciudades están a 3 y 3.5 horas de distancia de Huáncito, respectivamente, por lo que realizar el viaje es costoso y tardado.
Además, ellas han denunciado que las autoridades municipales de Morelia, Pátzcuaro y Guadalajara les han cerrado las puertas para vender en las plazas públicas, de manera que la venta sólo se puede hacer mediante un revendedor o en sitios designados –como mercados de artesanías–, aunque suelen tener menos afluencia de clientes que en las plazas.
“Nosotros nada más llegamos acá, a Pátzcuaro, y ahí mis nueras van a vender, pero a escondidas”, dice Rivera. “[Las autoridades] dicen que no podemos estar ahí, que ahí andan puros turistas. Yo sé que a ellos [los turistas] les gustan las piezas, pero el presidente municipal ya no nos deja que vendamos ahí”.
En tiendas en línea, un florero –como el que elaboran Rivera y Granados– se vende hasta en 880 pesos, mientras que las creadoras lo cobran entre 300 y 450 pesos.
Por otras piezas de menor tamaño, los revendedores que comercializan en Morelia o Guadalajara les pagan entre 30 y 40 pesos por piezas que ellas necesitan vender en 100 pesos, para después ofrecerlas a turistas en 280 y hasta 320 pesos.

“Yo cuando voy a vender allá, sacando las cuentas de cuánto es, cuánto tiempo cuesta trabajarlo y todo, yo así lo doy a 100 o 110 pesos, y cuando voy a ver los puestos [de revendedores] están a 280 o 320”, comparte Edith Granados. “Me siento triste, porque parece que lo regalamos. Las que se hacen de dinero son las compradoras, a ellas sí les va bien”.
Las autoridades han obligado a las artesanas a retirarse de los espacios cuando intentan comerciar ellas mismas. “Si andamos por ahí, cerca del centro, nos corretean”, reclama. “A mí me han quitado la loza, una vez yo traía ollas y servilleteros y me las quitaron”.
Edith tiene cinco hijas, pero sólo una quiso continuar con la tradición alfarera de su familia. La labor no es redituable para el esfuerzo que implica crear las artesanías, además de los obstáculos que enfrentan al querer hacer su venta en plazas públicas.
“Mis hijos dicen: ‘No, ma, tanto tú haces para que te queden bonitos, lo más bonito que puedan quedar, y no costea’”, comparte.

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Ella quisiera que las artesanas de Huáncito y de comunidades indígenas cercanas que se dedican a la alfarería se juntaran para establecer un precio base de venta, y así evitar que revendedores se aprovechen de su necesidad.
Las artesanas hicieron un llamado a que las autoridades municipales y estatales reconozcan su trabajo al garantizar condiciones dignas para su venta, así como un trato y remuneración justa.
“Quisiera que este tipo de trabajo lo valoraran”, lamenta. “No valoran el trabajo que hacemos”.