Miku: la historia de una guerrera en la lucha libre mexicana

Mariano Mangas · 5 de marzo de 2023

Miku: la historia de una guerrera en la lucha libre mexicana

“Si no respiras al momento de caer, te vas a quedar sin aire”, le comenta el profe Pirata Morgan a una jovencita delgada, bajita y de rostro fino. No es la primera vez que Miku pierde el aire tras una caída: cuando tenía 13 años, la luchadora sufrió un grave golpe cervical que la envió a urgencias. 

“Es que está chiquita”, interviene Carroñero, su rival de entrenamiento, un hombre musculoso que le saca medio cuerpo. 

“No le hace. Ella está en proceso de imitar, ver, oír. Es la misma exigencia”, agrega Pirata Morgan. “Dale el pinche aventón, no la trates con dulzura”.

En las entrañas de La Merced, el gimnasio Konkreto está oculto detrás de puestos de comida, tuppers y jarciería, rodeado del bullicio de decenas de marchantes que cruzan por la esquina de Fray Servando y Circunvalación. 

Por décadas, este ha sido un “santuario de las estrellas y donde nacen las estrellas”, mayormente dominado por gladiadores que forman parte del alma de La Merced, un barrio que hace metáfora del día a día de su gente en el emblemático luchador Fuerza Guerrera.

En la parte superior del Konkreto, a un costado de las desvencijadas máquinas para ejercitarse, el cuadrilátero retumba con las caídas de Miku y sus compañeros, mientras ejecutan los comandos que el profe Pirata Morgan les ordena.

“Aquí no es el estereotipo de hombre o mujer, aquí todos somos iguales y afortunadamente tengo compañeros muy buenos que me han apoyado, me han enseñado”, asegura Miku mientras se recupera del entrenamiento. “Solamente una minoría me ha tocado que discrimine por ser mujer, por mi estatura, por mi personaje o la edad que tengo”.

Desde 1935, cuando Natalia Vázquez abrió la brecha en el cuadrilátero, las mujeres se han enfrentado a la moral de una época encarnada por el regente Ernesto Uruchurtu, que vetó del entonces Distrito Federal a las mujeres gladiadoras: 50 años después, en la Navidad de 1986, las reinas del pancracio volvieron a llenar la Arena Coliseo.

“Hoy en día, varias empresas y arenas nos han dado la oportunidad de estar en un cartel totalmente femenil desde la primera lucha hasta la estelar. Arenas con gran reconocimiento como mi casa la López Mateos, la Naucalpan y la propia Arena México”, asegura Miku.

Amor apache

Israel Aguilar y Claudia Martínez son originarios de Tlalnepantla, Estado de México; el padre fue futbolista, mientras que la madre se dedica al acondicionamiento fitness con baile. Ambos querían que Miku escogiera un deporte, lo que la llevó a practicar karate, gimnasia, basquetbol, futbol y lucha grecorromana desde los tres años.

“Yo diseñé mi máscara desde los ocho años y cada cosa que trae tiene un significado: el corazón al revés significa el amor que le tengo a la lucha libre pero está al revés porque es un amor apache”.

“Tengo una C en japonés y una I, que son las iniciales de mis papás. Atrás tiene una M de Miku”, recuerda la gladiadora, que ahora tiene 17 años.

Aunque las luchadoras Lady Apache, Faby Apache y Marcela le han enseñado la disciplina y jerarquía del ring, desde pequeña Miku quedó fascinada con los combates de la WWE.

“Había un compañerito que me decía que si quería ser su novia y yo siempre le decía que cuando estuviera como John Cena o así veríamos”, recuerda Miku. “No empecé viendo luchas de México, empecé viendo luchas extranjeras. The Undertaker, Kelly Kelly y John Cena fueron mi inspiración”.

“Esto es trabajo, yo no vengo a otra cosa” 

Un viejo Tsuru circula por las calles de Chiconautla, Estado de México, mientras la bocina que lleva en el techo anuncia: “La rudeza de La Purga enfrenta a Los Brazos, impresionante lucha aérea, los originales Hijo de Octagón, Ciclón Ramírez Jr. y Huracán Ramírez Jr., lucha femenil cara a cara, Sagitarius y Kali contra Golden Girl y Miku”.

Acompañada por sus padres, Miku camina frente al quiosco de la plazuela. Es una tarde azulada de febrero. Dentro del Centro Cívico de Chiconautla ha sido montado un cuadrilátero alrededor del cual fueron colocadas sillas plegables.

Al fondo, una cortina improvisada con una tela completa una pared de concreto que separa los vestidores de los hombres; a veces, a las luchadoras no les queda de otra más que compartir con sus compañeros. Al menos por hoy, ellas han decidido ocupar un espacio dentro del baño de las mujeres para cambiarse.

“En una ocasión que la contrataron, le tuvo que llamar a mi esposo y le dijo: ‘Sácame de aquí’”, recuerda la madre de Miku. “Como empezó muy chica, ella es muy inteligente y se ha sabido dar cuenta de cómo funciona el medio; entonces, dice: ‘¿Sabes qué? Esto es trabajo y yo no vengo a otra cosa’”.

La lucha libre está en la técnica para aplicar una hurracarrana, resistir un pierrotazo, lastimar la espalda con una cavernaria o aplicar un lance desde la tercera cuerda sin distinción de género.

“No he participado en una marcha del 8M pero me gustaría mucho salir a apoyar. Tengo muy pocas compañeras con las que hablo, con las que son como amigas, y creo que siempre tratamos de hablar ese tema de que somos mujeres y debemos apoyarnos”, dice Miku, aunque reconoce que también se ha sentido vulnerada por otras compañeras.

¿Una trayectoria en la lucha libre o en la criminología?

Miku sale a combate portando dos lanzahumo de colores pastel que atraen la atención de los inquietos niños que ven pasar a ‘la Niña Fina’ de la lucha libre para enfrentarse a sus rivales rudísimas: Kali y Sagitarius.

Entre la máscara, la butarga, las botas y otros aditamentos puede llegar a gastar entre 2 mil y 7 mil pesos que usualmente salen de su bolsa. La garantía, que es el sueldo que pagan los empresarios o promotores al luchador, es un tema volátil que pueden ser 100 pesos o únicamente la oportunidad de estar en el primer encuentro.

“Hay luchadores que empiezan ganando 2 mil pesos y los hay con renombre que vienen ganando hasta 40 o 50 mil pesos por función”, comenta Fernando Pérez, empresario fundador de Universal Lucha Company. “Tiene que ver la trayectoria del luchador, desde dónde lo traes y si tienes que pagar vuelos”.

En otros casos, como el del Consejo Mundial de Lucha Libre (CMLL), entre el 30% y 40% de lo recolectado en taquilla se va como garantía al luchador. La diferencia es que el CMLL cuenta con un sindicato y establece una sociedad en la que el empresario gana entre 60% y 70% de lo que entre a taquilla.

“Siempre un hombre va a ganar más que una mujer y en cualquier aspecto siempre hay diferencia: entre ganancias y oportunidades, siempre se llevan la mejor parte los hombres que las mujeres. Entonces, sí, sí ha sido difícil para ella”, comenta Claudia Martínez, madre de Miku.

Para esta guerrera del cuadrilátero, es complicado vivir por completo de la lucha libre; por esa razón, sigue cursando sus estudios de preparatoria con carrera técnica en Enfermería. Aún no decide si será criminóloga o cirujana plástica.

“La cirugía plástica siempre me ha gustado y me gusta mucho la parte estética. De la criminología, me gusta mucho el tema de la Policía de Investigación y quisiera trabajar ahí”, asegura Miku.

La inexplicable magia de la lucha libre mexicana 

El griterío de la multitud se estrella contra el techo de la Arena López Mateos en Tlalnepantla: es el 30 de agosto de 2020, lo más álgido de la pandemia por COVID-19. Miku siente la emoción de pisar de nuevo este recinto de la lucha libre mexicana, pero esta vez no como espectadora sino como debutante.

“De niña, nada le gustó hasta que la llevamos a la Arena López Mateos a una función y ahí conocimos al profe Sádico, ya le pregunté y la llevamos con el profe Rocky que nos dijo: ‘Si aguanta el entrenamiento toda la semana, ya se fregaron porque va a ser luchadora’”, recuerda Israel Aguilar, padre de Miku.

Tal vez fue el calor sofocante, tal vez los nervios, quizá una distracción. Meses atrás se había desvanecido tras una fuerte caída, pero esta vez su tibia se había roto y sus padres pensaron: “Es todo, se va a espantar y no va a volver”.  

“Debutar en mi casa, la Arena López Mateos, era mi más grande sueño, y fueron instantes en los que pensaba que eso me iba a retirar y es difícil pensar en dejar la lucha, a tus compañeros. No fue nada fácil, pero me dije: ‘Yo voy a llegar más loca que nada’”.

En sus más recientes funciones, parece que el miedo de volver a hacer una maroma o ejecutar vuelos nunca habitó su espíritu. Baja extenuada del ring y con el mismo cariño que tiene por la lucha se toma fotos con niñas que son espejo de los sueños que alguna vez tuvo.

Las ilusiones no se acaban en un añejo gimnasio escondido en La Merced, en los shows en lejanos pueblos, ni siquiera en la Arena López Mateos; Miku tiene muy claro llegar a la Stardom de Japón y, por qué no, a la WWE.

“Si un día tuviera una hija, vería bien que se dedicara a la lucha. Tengo unos papás súper tranquilos que siempre me han apoyado en todo lo bueno que he hecho y yo sería igual que ellos. La lucha para mí es el amor, es… pues es una magia muy padre que muchas veces no la puedes explicar”.