Alexis Ortiz · 9 de febrero de 2026
Fernando se dirigía a su casa en Phoenix, Arizona, cuando un policía de tránsito le pidió parar. La calle por la que conducía marcaba como velocidad máxima 45 kilómetros por hora y él iba a 30. Por eso pensó que no habría mayor problema, hasta que el oficial le ordenó bajar del vehículo. “Usted va a ser detenido”, le advirtió.
El joven de 27 años, originario de Tabasco, no opuso resistencia. Solo pidió que le dejaran comunicarse con su esposa, quien de inmediato acudió a la oficina de la policía y pagó 750 dólares de fianza para que lo dejaran salir. Le dijeron que era cuestión de esperar unas horas.
Pero no fue así. Los agentes de tránsito condujeron a Fernando a una celda y al poco rato llegaron hasta ahí agentes del Servicio de Control de Inmigración y Aduanas (ICE, por sus siglas en inglés). “¿Me van a detener?”, les preguntó. “¿Me van a deportar?”, insistió. Solo le respondieron que guardara silencio.

Lo que parecía un trámite simple de tránsito, se convirtió en el inicio de su proceso de deportación y el fin de un proyecto de vida que había iniciado tres años antes cuando llegó a Estados Unidos. Lo detuvieron el sábado 31 de enero y en menos de 24 horas ya estaba en Nogales, Sonora, lejos de su hijo de un año y de su esposa.
Fernando, quien vivió en Estados Unidos tres años y trabajaba como jardinero, fue detenido el sábado 31 de enero.
La deportación de Fernando es solo un ejemplo del saldo de miles de historias rotas que la estrategia antiimigrante de Donald Trump sigue dejando. Según cifras del Instituto Nacional de Migración, el año pasado 160 mil 192 mexicanas y mexicanos fueron devueltos a nuestro país, aunque la cifra podría ser mayor.
En el caso de Fernando, quien trabajaba como jardinero en Phoenix, su esposa decidió regresar voluntariamente con su hijo, sin entregarse a ninguna autoridad. Era un pacto que tenían como familia: si a ella la hubieran detenido y deportado, él también se hubiera regresado para poder seguir juntos.
“Nos detienen a nosotros que somos familia, gente trabajadora que no la debemos. No es justo lo que andan haciendo, la mera verdad”, dice Fernando, quien pidió proteger su identidad. Al momento de la entrevista con Animal Político, aún estaba a la espera de la llegada de su esposa en un refugio de la “Iniciativa Kino para la Frontera”, una organización que apoya a personas deportadas por Estados Unidos.
Su caso también refleja las irregularidades en las que incurren constantemente los agentes del ICE al llevar a cabo detenciones sin ningún motivo legal. “No me dedicaba a ninguna banda, cero delitos, nada; mi récord estaba limpio”, asegura Fernando, quien en algún momento confió en que sus antecedentes no penales le ayudarían a que lo liberaran pronto.
Pese a su deportación, dice sentirse tranquilo. “Doy gracias a Dios que estoy bien, porque muchas personas no regresan bien, regresan heridas”, reflexiona Fernando, quien piensa que tuvo suerte debido a que no se resistió al momento de ser detenido.

Salir ileso de un acto con agentes de ICE involucrados no es cosa menor hoy en día. Una investigación de The Guardian documentó que 2025 fue el año más letal del Servicio de Control de Inmigración y Aduanas: 32 personas fallecieron bajo su custodia. Además, los estadounidenses Alex Pretti, enfermero y activista, y la poeta Renee Good, también fueron asesinados a manos de elementos de esta institución durante sus operativos en Minneapolis.
La estrategia de detenciones implementada por Donald Trump es “una política sumamente agresiva y muy criminalizante hacia las personas migrantes”, opina en entrevista Yohana Oviedo, coordinadora de Medios y Narrativa de la Iniciativa Kino. La organización social, con 18 años de labor apoyando a personas migrantes en el municipio de Nogales, ha identificado patrones.
Todo empieza con el perfilamiento racial y fenotípico de la gente. “No te ves como un ciudadano estadounidense, te ves como una persona latinoamericana, entonces eres un target”, resume Oviedo sobre este primer elemento que ya es una constante.
Otras, son la colaboración de policías de locales con el ICE para agilizar las capturas; la separación familiar que afecta principalmente a los menores de edad; el traslado de personas migrantes de un centro de detención a otro antes de ser deportadas ( proceso en el que suelen sufrir violencia física y psicológica) y, finalmente, no garantizar abogados ni traductores a las para evitar una adecuada defensa.
“Mucha gente no entiende que la deportación no es nada más que te arrestan y te devuelvan a México, es todo un proceso que tiene muchas irregularidades y que hace que finalmente la persona termine aquí en territorio mexicano, pero hay muchas violaciones de derechos”, comenta Oviedo.

Los abusos aparecen desde el inicio del proceso. La Iniciativa Kino ha compartido distintos ejemplos en sus redes sociales. Está el caso de Arturo, quien vivió más de 20 años en Estados Unidos y un día fue detenido por el ICE mientras paseaba a su perro en un parque. Héctor, con 27 años de vivir en ese país, sufrió lo mismo mientras caminaba hacia su trabajo. Hay incluso casos como el de Hugo, quien en una de sus audiencias para conseguir la residencia permanente fue detenido en pleno juzgado.
Los abusos continúan en los centros de detención con negligencias médicas cuando las personas migrantes padecen alguna enfermedad. También padecen el hacinamiento y la mala higiene de las celdas, así como la no devolución de sus pertenencias al momento de ser deportados.
“El proceso de deportación es justamente eso, es un proceso de desgaste, un proceso agresivo”, subraya.
Para Fernando radicar en Estados Unidos era una vida de miedo constante. Desde el año pasado, cuando Trump comenzó su cacería de migrantes, ya no podía salir con calma a ningún lado con su familia.
“Ya no podía ni pasar a cargar gasolina, nada de que te vas a comprar papitas o sodas (en la gasolinera), nada más era cargar gasolina y vámonos. De tu casa al trabajo. O como le decía a mi esposa: ‘tú quédate aquí en el carro y yo voy a entrar por las compras, los dos no podemos estar juntos’”, recuerda.
En la empresa donde trabajaba había también otras personas migrantes. Sus jefes cerraban con candado todas las entradas para evitar algún operativo y cuando los empleados salían, se aseguraban de que ningún agente del ICE estuviera cerca.
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La persecución contra migrantes provocó que, desde antes de su detención, Fernando se empezara a plantear la posibilidad de volver a México a finales de este 2026, luego de reunir un poco más dinero para el futuro de su familia.
“Como le digo a mi esposa: ‘pues no somos de allá, hija, no pertenecemos a esa tierra, mejor pasar a otras cosas para que los bebés no sufran”, afirma.
Cuando fue detenido, los agentes del ICE le preguntaron si no quería agendar una audiencia con un juez para buscar asilo. Las autoridades le advirtieron que ese proceso podría tardar hasta ocho meses durante los cuales se quedaría detenido.
Fernando rechazó esa opción. Su trabajo como jardinero le ayudó a construir una casa en Tabasco, donde dejó otro hijo que ya tiene cuatro años. Su anhelo, de momento, es reunirse con él y estar de nuevo con su esposa y su otro pequeño nacido Arizona para empezar juntos una nueva vida en México.