Moisés Castillo · 17 de diciembre de 2011
En el Antiguo Testamento (Génesis, 7:22) se puede leer: “Todo lo que tenía aliento de espíritu de vida en sus narices, todo lo que había en la Tierra, murió”. Y los mundos que crea la artista plástica Jimena Schlaepfer tienen destellos apocalípticos. Sus paisajes que imagina son hermosamente obscuros y ve en la humanidad una plaga maligna destructora de la naturaleza. Hoguera al mar, la noche mortal en su esplendor.
¿Quiénes somos, de dónde venimos, adónde vamos? Quizás son las preguntas que responde Jimena en Paisajes que sólo existieron aquí: un mundo ideal y paradisiaco donde viven animales mutantes, surgen nuevas razas tras la tormenta y, de repente, una explosión trajo tanta gloria. La fuente de la existencia y las ventanas de la muerte.
“Fue una instalación efímera. Sabía que se iba a perder y la llevé a la fotografía. Fue una construcción compleja en un mundo imaginario, a una escala grande. Era como una niña con su casa de muñecas: jugaba adentro porque podía acomodar a mis personajes y crear situaciones”.

No sólo sus instalaciones engloban un misterio. El origen del mundo y el origen de la vida se pueden observar también en sus dibujos, pinturas tridimensionales, cerámicas y bordados: el reino de las tinieblas, el fondo marino, lobos bicéfalos, medusas de mil brazos, peces-hombre, princesas de otoño. En sus paisajes todo es fantasía animal, el ser humano es parte del mundo, no es el mundo. La mano devastadora del hombre tiene sus efectos de nostalgia: estuve un momento de frente a la belleza.
“Está muy presente el mundo marino, son rachas que tengo. También hay pájaros cayendo del cielo y mutaciones. Se me antoja esta idea de nuevos seres que surgirán en algún futuro. Las caras humanoides no las uso pero sus cuerpos sí, tiene que ver más con la metáfora. Al final de cuentas los humanos tenemos mucho de reacción animal”.
Desde niña tuvo una relación entrañable con la naturaleza. Vivió muchos años en el campo de Oaxaca y tiene una pasión desbordante por los animales, tanta, que por un momento quiso ser veterinaria. En sus mundos surrealistas resalta el encanto del bosque pero también muestra su lado oscuro.
Gracias a su padre, de descendencia suiza, comenzó a dibujar desde pequeña. Lo observaba por las tardes sacar sus trozos de papel, tintas y colores, y trazar historias sin final. El pasatiempo favorito de su padre lo convirtió en su forma de vida. El papel craft es su material favorito para crear sus personajes híbridos, ya que además de noble y barato, remite a colores orgánicos que se encuentran en la floresta.
Dice que estudiar en La Esmeralda tuvo su lado tedioso pero aprendió a dibujar de una forma distinta a lo que había plasmado. En esa escuela de arte se preocupan más los profesores por enseñar a escribir bien el proyecto que revelar técnicas y experimentar. Sin embargo, una maestra le recomendó dibujar con algo diferente y apareció el bordado: hilo y cartón, pintura del tacto. Le gustó la idea de que ese tipo de materiales son accesibles pero que requieren un trabajo casi de quirófano.
Así inventó imágenes multicolores y de grandes dimensiones como tiburones, cien pies, calamares, langostas, ranas, medusas, mariposas, venados, osos, pajarracos y su pieza favorita “Génesis”: un gran bordado en una caja grande de cartón extendida. En este mural mezcló también el papel pegado y el dibujo.
“Mi técnica es muy artesanal y cumple procesos largos. Construir escenografías y personajes es la parte más placentera de mi trabajo. Titulé ese bordado así porque retraté la creación del mundo y su destrucción. Cómo se crece y cómo se muere. Quizá es mi sensación de la época que vivo. Estoy al final de un ciclo y surgirá otro tipo de obra”.
Dice que Sofía Taboas y Rubén “Tatanca”, profesores de La Esmeralda, fueron personas fundamentales para depurar su tono visual y crear un discurso que sustentara su práctica artística: intereses, temas, personajes, historias. Además lecturas como el libro “El aire y los sueños”, de Gastón Bachelar; la obra surrealista de Max Ernst; y las ilustraciones imaginarias del biólogo alemán Ernst Haeckel, son referentes importantes en su proceso de construir mundos fantásticos.
En la escena de arte contemporáneo mexicano surgen y surgen artistas como hongos, pero cuántos son comestibles… A sus 29 años no le importa ganarle al tiempo, ni ser famosa. Busca espacios adecuados para su obra y espera que la gente al ver su obra descubra una sensibilidad escondida y repiense la realidad roja. Jimena olvidó su nombre para entender el lenguaje de las bestias, el lenguaje del espíritu y su propio lenguaje desnudo para transportarnos en silencio a mundos utópicos.
“Si vas a algún instituto de cultura seguramente te darán chance, pero creo que mostrar tu obra no es lo complicado. Lo difícil es cómo tener una entrada de recursos o vender una pieza para financiar proyectos personales. Esa es la parte compleja y soy pésima como gestora, no se me da mucho lo de las relaciones públicas, ser cuate de personas estratégicas no es mi caso”.
Tiene la extraña sensación de que siempre que expone individual o colectivamente van las mismas 50 personas y eso le causa una flojera embriagante. A ella le gustaría moverse más en espacios callejeros y hacer esculturas gigantes de sus animales futuristas y sombríos.
Mientras el resto sigue, Jimena crea e imagina. Es parte del anti colectivo Neter y, trabajar con diversos artistas en un mismo espacio, le parece alentador y refrescante para su labor artística. Recuerda al colectivo Fierro de La Esmeralda, antecedente directo de Neter, como un universo de ideas y que en tres años lograron exhibir piezas y dar sus primeros pasos. Luego de graduarse y perderse algunos años, los integrantes de Fierro sintieron la necesidad de juntarse de nuevo. Gracias a la visión de Axel Velázquez y Marcela Chao, Neter es una fuerza que integra sonidos a las formas, crea armonías entre artistas y es un lugar donde suceden cosas.
“Axel siempre nos organizaba, buscaba ser curador y poner una galería. Nos propuso trabajar en una casona, gestionar y conseguir espacios para exponer. Se invitaron a otros artistas para refrescar la idea, chambeamos y convivimos cotidianamente. Eso ayuda en tus procesos creativos”.
Durante muchos años, Jimena estuvo enclaustrada dibujando y bordando. Y tal vez una noche soñó que era un ave marina. Volaba en el jardín de rama en rama. Sólo tenía conciencia de su existencia de pez con alas, y no la tenía de su personalidad como mujer de piel blanca y ojos verdes. Despertó y, en un instante, entró por la ventana todo el fuego del sol. Y ahora no sabe si soñaba que era un ave marina o si es un pez con a las que sueña que es Jimena.