Marcela Nochebuena · 14 de noviembre de 2025
Entre muchas otras revelaciones, la pandemia de Covid-19 también sacó a la luz una realidad clara en torno de las infancias: el estado de salud mental de sus personas cuidadoras se transmitía y les afectaba directamente.
A raíz de esa observación, el Centro para Primera Infancia de la Universidad de Stanford desarrolló el proyecto Rapid Survey, que por primera vez llegará a México para sondear las necesidades de las personas cuidadoras de 300 familias de la colonia Independencia, en Monterrey, Nuevo León.
En entrevista, Philip Fisher, director del centro de Stanford, explica que el proyecto surgió en abril de 2020, recién empezada la pandemia de Covid-19, pues cuando las familias se quedaron confinadas en casa, no había información confiable acerca de lo que necesitaban, en particular en ese contexto.

Los investigadores consideraron importante recabar información de personas adultas que cuidan a las infancias y volverla accesible para responder a la emergencia. Sin embargo, diseñaron la encuesta para que pudiera usarse con frecuencia, independientemente del contexto.
El propósito, en ese punto, era que miles de familias de todo Estados Unidos participaran, lo cual se logró rápidamente mediante el convencimiento a las personas a través de organizaciones con las que ya tenían contacto y en las que confiaban. La encuesta se aplicaba semanalmente y, poco a poco, se empezó a hacer cada mes.
“A lo largo de los últimos cinco años hemos hecho más de 200 encuestas, donde han participado más de 60 mil familias alrededor de Estados Unidos. El bienestar de las infancias está tan ligado en los primeros años a las relaciones que tienen con las personas adultas que están en sus vidas, y hay muy buena ciencia detrás del hecho de que cuando los niños nacen, muchos aspectos de su desarrollo no funcionan de manera autónoma, por lo que dependen de los adultos para que les proporcionen cuidados y los protejan del estrés”, explica el especialista.
De ahí que las personas cuidadoras deban estar al centro de los esfuerzos por la primera infancia —la etapa que va de los 0 a los 6 años de edad—, pues el estado de los adultos, en el sentido de si tienen bienestar o dificultades, dice mucho acerca de cómo están las infancias. La encuesta, además, contempla preguntar a las personas cuidadoras acerca del estado de las niñeces, lo que crea una imagen no solo del niño o niña, sino de todo lo que lo rodea.
Philip Fisher precisa que su trabajo con el Centro de la Primera Infancia del TEC de Monterrey ha consistido en proveer el apoyo adecuado para adaptar la metodología de la encuesta, mientras este último decidió qué comunidad y qué familias deben participar. Al respecto, Adriana Gidi y Manuel Pérez, del centro mexicano, explican que fue fundamental hacerlo con una colonia que ya tuviera una interacción previa con organizaciones en las que confiaban y que les han acompañado en la posibilidad de acercarse a las familias.
La colonia Independencia es una de las más antiguas de Monterrey. Asociada históricamente con marginación, migración y criminalidad, es también lugar de origen de figuras, como Celso Piña. Abarca del margen sur del Río Santa Catarina hasta lo alto de la Loma Larga.

Antes se llamó Barrio de San Luis y posteriormente Barrio San Luisito, hasta que adquirió su nombre actual en el centenario de la Independencia. También es una comunidad que ha dado luchas largas para evitar que la invadan megaproyectos inmobiliarios.
Fisher espera, al igual que sus pares mexicanos, que este comienzo en México después permita llevar la encuesta alrededor del país, y que se vuelva tan útil como lo ha sido en Estados Unidos. Ejemplifica que en ese país ha ayudado en la definición de ciertas políticas públicas de atención.
Uno de los principales hallazgos ha sido qué tanto las mamás y papás son capaces de mantener económicamente a las infancias y qué dificultades financieras tienen para acceder a servicios, agua y electricidad. Una de las sorpresas es que a pesar de que Estados Unidos es un país con niveles altos de ingresos, persiste una larga porción de familias que señalan tener dificultades para pagar las necesidades básicas de las niñeces.
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Por ejemplo, en julio pasado, cita, más de la mitad de las familias que participaron en la encuesta, que representan una muestra significativa de la población estadounidense, dijeron que no pudieron pagar al menos una necesidad básica. Por lo tanto, cuando se evalúa qué está afectando a las familias, las dificultades financieras son una de las principales, seguida por las consecuencias en su propio estado emocional.
“Están deprimidos, preocupados, solitarios, estresados. Después damos seguimiento más allá, y eso se relaciona con lo que describen acerca de cómo están sus hijos. Las infancias están decaídas, preocupadas, tienen complicaciones en seguir las reglas y mantener la atención”, señala. A mediados del próximo año podrá conocerse si esos hallazgos podrían ser similares en la colonia Independencia de Monterrey.

Gidi y Pérez, quienes presentaron este proyecto en el Foro Internacional de Primera Infancia, en Monterrey, Nuevo León, explican que es una manera distinta pero innovadora de hacer investigación, lo cual no quiere decir que sea mejor ni peor, sino que tiene objetivos particulares, pues el proyecto Rapid Survey pretende ser un termómetro de cómo están las personas que cuidan.
Destacan los hallazgos que surgieron en la pandemia en torno a su estado y cómo influía en los niños. Mientras el enfoque tradicional en los estudios sobre la primera infancia, dicen, era la niña o el niño, en la pandemia el tema de la salud mental y la angustia de las personas cuidadoras se reflejó rápidamente en las infancias. Esa fue una primera motivación, y la segunda, la necesidad de agilidad, pues las políticas públicas para estas poblaciones no pueden esperar.
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Así surgió la idea de replicar en México el proyecto Rapid Survey, mediante un proceso igualmente riguroso y científico. “El tema de los cuidados siempre ha sido, es un tema de género, que nos toca normalmente a las mujeres y que no se retribuye, entonces hay que trabajar para cambiar eso, porque es responsabilidad de toda la sociedad”, subraya Gidi.
Para Pérez también es fundamental destacar que el ser humano se desarrolla y crece de acuerdo a las interacciones que tiene con otras personas y los entornos. Las personas viven en colectividad, mientras se piensa en la parte biológica y genética, que tiene un papel muy importante, pero las influencias y experiencias positivas y negativas, también conocidas como adversas o benevolentes, son fundamentales.

Los esfuerzos de poner a la persona, niña o niño, en el centro, si bien son loables, han derivado en que poca gente se enfoque en los cuidadores, de los que las infancias son en muchos sentidos dependientes y, al mismo tiempo, las personas con las que más interactúan, ya sean las familias, la comunidad, los educadores, los maestros y los prestadores de servicios de salud, cuidado, protección y otros.
Los especialistas explican que ha tomado casi un año examinar la metodología y ver cuáles son las necesidades de la comunidad, para que la información que ahí se obtenga pueda derivar en programas que impacten. Para ello, a principios de año se llevarán a cabo algunas pruebas de la encuesta autogestionada, y posteriormente se extenderá a 300 familias.
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“Vamos a tener información muy valiosa, insights muy importantes que vamos a poder compartir. Podremos hacer ciertas publicaciones que se llaman policy, pero sí es información para decir cómo están. Y para finales de año, a lo mejor podemos hacer algunas recomendaciones, se puede procesar aún más. Vamos a implementar esto a nivel municipal, estatal, en ciertas guarderías, a nivel en general. Es muy flexible la herramienta, sin perder su rigor metodológico”, adelanta Gidi.