Marcela Nochebuena · 14 de octubre de 2025
Ante el incremento de desastres naturales, particularmente como consecuencia del cambio climático, resulta esencial que la ciudadanía sepa protegerse y fomentar una cultura de gestión integral de riesgos que permita reducirlos.
En el contexto de sus 40 años de acción en México, que comenzaron luego del terremoto de 1985, la organización Médicos Sin Fronteras (MSF) destacó su experiencia y aprendizajes en torno a la reducción de riesgos, atención a la población en su salud física, pero también particularmente a aquella que enfrenta violencias y efectos importantes en su salud mental.
La violencia que se vive en el marco de desastres naturales, recordaron integrantes de la organización, hace imprescindible construir planes de protección que permitan tener rutas de escape ante imprevistos, pero que al mismo tiempo lleven lejos de potenciales personas agresoras.
José Luis Michelena, director ejecutivo de la organización para México y Centroamérica, recordó que un aprendizaje esencial tras conflictos armados, epidemias, desastres y situaciones de exclusión, es la necesidad de una respuesta multidisciplinaria, pues no basta con rescatar u ofrecer atención médica.
En tanto, Rafael López López, coordinador de políticas de vinculación y capacitación de la Secretaría de Gestión Integral de Riesgos y Protección Civil de la Ciudad de México, señaló que los desastres no son necesariamente naturales, como suele llamárseles, sino socialmente construidos, pues las circunstancias y antecedentes de las comunidades se conjugan de tal manera que cuando se presenta un fenómeno natural, se genera un gran impacto sobre estas.
Destacó que a partir de 1985, justo cuando Médicos Sin Fronteras llegó a México, las políticas gubernamentales pasaron de un enfoque de protección civil, que era una fase reactiva, al de gestión integral del riesgo, que implica identificar plenamente los riesgos, analizarlos a fondo y estructurar las medidas adecuadas para enfrentarlos, particularmente frente a fenómenos como, por ejemplo, las lluvias e inundaciones que afectan ahora a cinco entidades del país.

Llegar al mayor número de población mediante medidas preventivas implica capacitar también a la ciudadanía, y generar mayores habilidades de resiliencia y de respuesta, planteamiento en el que se basa la perspectiva de gestión integral del riesgo. Esto implica crear conciencia de los factores de riesgo que están a nuestro alrededor, además de fortalecer esa cultura desde los planteles educativos, con la finalidad de generar autoprotección.
Las medidas de autoprotección, subrayó, incluyen, por ejemplo, contar con un plan familiar y una mochila de emergencia ante posibles desastres. López López llamó también a consultar el Atlas de Riesgos de la Ciudad de México, que contiene capas de información trabajada durante décadas y permite detectar los riesgos a 500 metros a la redonda de cualquier domicilio.
Conocer a las comunidades, su entorno y la antropología de los desastres son factores fundamentales para la prevención. Sin embargo, señaló el especialista, tendemos a olvidar, y después la naturaleza trae un recordatorio trágico, por lo que es indispensable seguir enfocando los esfuerzos en la gestión de riesgos y apostando por la innovación tecnológica.
Por otro lado, el personal de MSF hizo énfasis en el enfoque de atención a la salud mental en este tipo de contingencias, ya que mientras las enfermedades físicas y sus consecuencias pueden ser medibles, los padecimientos mentales van más allá de una interpretación, y resulta más difícil medir sus consecuencias dependiendo de cómo la persona percibe la situación que está viviendo.
Mediante sus 40 años de experiencia, en los que la propia agrupación destaca su asistencia ante los efectos del huracán Pauline (1997), Mitch (1998) o Isidoro (2002), entre muchas otras contingencias, uno más entre sus aprendizajes centrales es que hay consecuencias de largo plazo relevantes y que pueden prevenirse, entre ellas las indirectas a la salud física y las secuelas en la salud mental.
Esto es particularmente relevante en circunstancias sociales o situaciones geográficas que generan barreras por las que las personas no pueden acceder a la salud en una situación de desastre, o cuando los servicios de atención se ven sobrepasados en sus capacidades ante la tragedia. Lo anterior puede resultar particularmente grave para la salud infantil y la muerte materna.
Aunado a ello, las expresiones de violencia que se generan tras situaciones de desastre conducen a secuelas en el cuerpo y la mente, por lo que resulta vital generar espacios de protección y plantear la atención a la salud desde un enfoque holístico. El personal de MSF recordó que la violencia misma puede ser generadora de barreras de acceso a la salud en zonas de desastre.
Al mismo tiempo, esas barreras tienden a agravar la violencia, y con ello sus consecuencias físicas y psicológicas. Un ejemplo muy claro ocurre en torno a la muerte materna, pues cuando esta se produce muchas veces se relaciona con que las mujeres no se dan cuenta de que están en riesgo, no alcanzan a llegar a los servicios de salud, o no reciben la atención adecuada en estos. La situación empeora cuando viven violencia intrafamiliar o se encuentran ante rutas que son inaccesibles por las circunstancias de violencia general.
Aunque se pongan en marcha programas específicos, que atiendan a determinadas comunidades o aspectos de la tragedia, como las enfermedades por vectores, la violencia es siempre un factor transversal a las situaciones de desastre. La organización recordó cómo, por ejemplo, durante su intervención en Acapulco, colaboró para que las brigadas de fumigación entraran a zonas donde no habían podido hacerlo por el alto nivel de violencia, lo que a su vez había agravado la prevalencia del dengue en esas áreas.

En 2014, MSF comenzó a desarrollar algunas actividades de atención a la salud mental en las zonas urbanas de Acapulco, particularmente en la colonia Jardín, una de las más afectadas por la violencia. Desde 2013 había comenzado su intervención para disminuir los casos de dengue en esa localidad, proyecto que finalizó en abril de 2016, cuando las actividades se traspasaron a la Secretaría de Salud del estado.
La organización y el especialista en gestión integral de riesgos resaltaron la necesidad de contar siempre con atención psicológica de primer contacto, así como la importancia de cuidar la salud mental de todas las personas que trabajan en condiciones humanitarias, y que pueden vivir fatiga por compasión. Igualmente, destacaron el manual de intervenciones en salud mental en desastres naturales que MSF produjo en respuesta a los terremotos de 2017 en México.
El personal de Médicos Sin Fronteras recordó que las redes sostienen la vida, por lo que de ser una organización emergencista, la agrupación ha tratado de dirigirse hacia una mejor atención con un enfoque centrado en la persona, identificando sus necesidades según su pertenencia a una comunidad, y mirando a la salud de una manera integral, lo que incluye la salud mental como un eje importante.
Igualmente, en el caso de la violencia sexual, si bien muchos sistemas de atención y de salud no la consideraban una emergencia médica, MSF ha hecho un trabajo de sensibilización al personal de salud para que le otorgue la relevancia adecuada. Este trabajo ha sido siempre en cocreación con las comunidades, nunca sin ellas; “somos la sombra para que las comunidades vean su propia luz”, destacaron.