“Me acusan de matar a mi suegra”, una historia de mentiras y tortura

Rosario Carmona y Uriel Ricardo Hernández · 27 de julio de 2011

“Me acusan de matar a mi suegra”, una historia de mentiras y tortura

Si Ana Laura Montero se sentara a esperar a que las cosas en su vida se arreglaran conforme a las autoridades judiciales de Tlaxcala, le faltarían 21 años para salir libre de un asesinato que, asegura, no cometió y por el que ha padecido todo tipo de humillaciones y vejaciones, empezando por la tortura.

En septiembre, la maestra egresada de la UNAM cumple tres años en la cárcel. Una noche asesinaron a su suegra Emma Barragán Rodríguez, de 70 años de edad, en su domicilio de Tlaxcala. Ana Laura estaba con su esposo y su hija pequeña cuando llegaron los policías.

Carta enviada por legisladores de Tlaxcala al Tribunal Superior de Justicia del estado de Tlaxcala, por el caso de Ana Laura.

Días después, el 21 de septiembre del 2008 fueron voluntariamente a declarar; a ella  la retuvieron. Sus cuñados, medios hermanos de su esposo, fueron informados por los judiciales que ella había confesado el crimen mientras que en otra oficina ella era intimidada para que reconociera ser la culpable y firmara una declaración inventada.

Fueron presiones psicológicas en las que continuamente le mostraban un arma de fuego.

“Primero fue presión psicológica en una oficina  enseñándome la pistola. Me empieza a decir que ya declare qué era lo que había pasado, siempre seguro de lo que decía, amenazando; le dije que él no tenía derecho a eso, que yo tenía que declarar con un abogado; dijo que a  él la valía madre que yo conociera mis derechos y que él podía hacer lo que quisiera.

“Entraron tres agentes más y empezaron a empujarme, como yo gritaba subían el volumen de la tele y cerraban las persianas para que de afuera no vieran lo que pasaba. Me presionaron psicológicamente y me jalaban de los cabellos, me golpeaban en la cabeza.”

Pero aún faltaba lo peor.

Mientras Ana Laura cuenta su historia, las lágrimas ruedan por sus mejillas y una lluvia torrencial cae sobre el penal, como si el cielo acompañara su dolor.

Esperaron a la media noche para trasladarla a los separos, ahí solamente había una plancha de cemento con un colchón  que, dice, siempre está mojado, porque  lo usan  para cubrir a quienes golpean y con la humedad pasa la corriente de los toques que les dan para hacerlos confesar.

También recuerda que había un lavabo y un retrete.

Me empezaron a golpear y traté de defenderme, Paredes (un comandante que estaba a cargo) les dijo que yo era profesora y si me dejaban algún rastro de golpes iban a tener problemas, dijeron que me iban a dar toques y me asustaban con unos cables que llevaban, Paredes  se negó. Fue  entonces que un agente que se llama Ramiro Franco Mendoza (quien después la denunció de lesiones) se orinó en el retrete y luego,  ahí, me estuvieron ahogando”

En repetidas ocasiones sumergieron la cabeza de Ana en la orina del retrete. La imagen aún golpea la dignidad de la universitaria.

“Me estuvieron jalando de los cabellos. Me jalaban y me aventaban de una pared a otra y me volvían a meter hasta que firmara una declaración que ellos habían hecho.”

Dos noches sucedió lo mismo.

Después, exámenes médicos y psicológicos determinaron que presentaba estrés postraumático y lesiones en un brazo y espalda, la sometieron al Protocolo de Estambul y se  demostró la tortura  en su contra.

Hoy, Ana espera la resolución de las autoridades ante el proceso penal contra quienes la torturaron, es el primer caso que está en marcha y podría convertirse en el precedente que impida que se repitan estas prácticas.

“Hay compañeras a las que no sólo las golpean y las obligan a confesar delitos que no cometieron, además las violan. Los policías son los peores enemigos”.

En este video Ana Laura narra ante un representante de la Comisión Interamericana de los Derechos Humanos cómo la torturaron:

Maestra de lenguas indígenas

Ana Laura, es originaria del Distrito Federal, egresada de la Universidad Nacional Autónoma de México en donde cursó la carrera de sociología rural, siempre le interesaron las lenguas indígenas, por lo que estudió un poco de zapoteco y de náhuatl.

Su esposo es de Tlaxcala y su interés por realizar trabajos con comunidades de la zona los llevó a vivir en esa entidad.

“Nos venimos a Tlaxcala por un proyecto que teníamos de educación indígena, de educación bilingüe, proyectos indígenas, con los niños; tratábamos que recuperaran la lengua que sus padres habían perdido y les daba vergüenza  hablar, la danza, las canciones, los juegos, incluso ganamos un premio para que los niños fueran a Oaxaca a representar a su estado.

“Trabajamos en el grupo tlaxcalteca de cultura, dando cursos de náhuatl y de cultura náhuatl, posteriormente empecé a trabajar en la institución “Se Puede” de Tlaxcala, en la dirección de pueblos indígenas, yo era coordinadora de un proyecto productivo para mujeres indígenas, para orientarlas a crear mini empresas, para que se pudieran mantener sin tener que emigrar”.

Posteriormente se quedó a trabajar como profesora bilingüe en una comunidad, pero sólo laboró alrededor de medio año.

Todos sus proyectos y los de su esposo se han quedado detenidos, ahora su prioridad es su libertad.

Esa parte de su vida, desde hace casi tres años la califica como un cambio sumamente radical, en primera instancia por el tipo de delito; porque es la familia política quien la acusa; y en tercer lugar porque es la madre de su esposo y quienes la culpan son sus cuñados, pero su marido es quien más la apoya y no quita el dedo del renglón para asegurar su inocencia, aunque la mayor parte de su familia le dé la espalda.

La cuestión es familiar, dice, y considera ese hecho como una historia de rencores entre medios hermanos, “sin embargo mi esposo es quien me ha ayudado más, esa noche (del asesinato) estaba con mi esposo y mi hija, ellos son los principales testigos de que yo no hice nada de lo que me acusan; sin embargo, mis cuñados que ese día no se encontraban ahí, son los que me acusan.”

Durante los careos, una de sus cuñadas afirmó que es la policía quien le aseguró que Ana Laura confesó el crimen de forma voluntaria, por eso aunque ya hay sentencia le quitaron el agravante de ventaja  en el homicidio, ahora entiende que no se le debe de creer a los policías en la justicia mexicana, “no tenemos que creerle a los policías, son corruptos, no se tiene porque creerla a los policías.”

A pesar de eso, sus otros cuñados insisten en su culpabilidad.

No hay una persona independiente de la policía que vigile que se respeten  los derechos humanos.

Ni las risas permitían

Ahora en el penal de Tlaxcala es considerada como una líder porque ha conseguido algunos beneficios para sus compañeras.

“En el reclusorio existía una coordinadora (Gisel Xelhualtzi) que quería abusar de su autoridad, nos quería imponer una hora de silencio, cuando la comunicación es un derecho primordial, nos quería vetar el habla, que sólo podíamos caminar sin hablarnos, no le gustaba que nos riéramos.

“Afortunadamente en aquel entonces el que estaba encargado de la Dirección de Prevención y Readaptación Social nos hizo caso, hablamos con él de estas medidas y nos hizo caso.”

Explica que en otras cosas no pudieron hacer mucho, porque seguramente tenían convenios, “hay grupos que manejan situaciones para tener poder.”

“Una compañera y yo le hicimos llegar un documento al gobierno del Estado y nos hicieron caso; por el simple hecho de que yo sabía defenderme, me empezaron a inventar cosas, afortunadamente terminaron, pero por ese documento que me etiquetaron de esta forma”, como una líder negativa.

Ana Laura Ocampo, espera que el veredicto le sea favorable.//FOTO: Ana Laura Montero

Aunque considera al anexo femenil como un lugar en buen estado y limpio (porque ellas hacen que sea así) le preocupan las condiciones de las internas: “Por ser mujeres tenemos muchas necesidades, la mayoría de las compañeras fueron abandonadas, por sus hijos, sus familias y sus parejas, e interactuando con ellas me he podido dar cuenta que sus casos son muy simples o son mentiras; siempre son llevadas por hombres, ellos son quienes las arrastran a cometer lo que hicieron o por estar con ellos llegan a estos lugares.”

También habla de los malos abogados que sólo les quitan el dinero a las familias de las internas, sin hacer nada por ellas, pueden pasar y pasar los años y las mujeres siguen ahí adaptándose a las circunstancias siempre con el anhelo de salir.

El veredicto

“Ahorita estoy en espera de mi apelación, me sentenciaron el 15 de diciembre del 2010 a 24 años y seis meses por homicidio calificado; por otro lado hay buenas noticias gané un amparo contra el ejercicio de la no acción penal demandando a la Procuraduría, al Ministerio Público, a los agentes y a quien resulte responsable de las irregularidades y la tortura, esa es una muy buena noticia, porque es el primer caso en el Estado que se gana un amparo. La presidenta de Derechos Humanos estatal ha abanderado este caso, por ser el primero en que se otorga un amparo de este tipo.

El 6 de agosto se les vence el término de 60 días naturales para presentar pruebas pero el Ministerio Público y la procuradora no han hecho nada, eso habla de que no tienen indicios de lo que me acusan y no sé qué va a pasar, dice con cierta esperanza.

En ese anexo las bardas están construidas muy altas y no se ve a veces ni la luna o cuando sale el sol, en la prisión varonil se ven hasta las montañas que rodean al Estado, cuenta Ana Laura.

“A lo mejor a mucha gente les parece que es algo no importante, pero para la gente que tenemos años aquí sin ver siquiera el paisaje, es algo muy deprimente, las compañeras que salen al varonil al menos cada ocho días pueden por lo menos ver el paisaje, y las que no salimos de aquí o sólo vamos a juzgados cada ocho días, extrañamos ese tipo de cosas que nos acaban deprimiendo y eso es muy importante para mantenernos de pie y seguir luchando”.

La tormenta cesó en el territorio Tlaxcalteca, ya está más tranquilo, dijo Ana Laura, pero en su interior sigue lloviendo, a pesar de eso sueña con el paisaje, con las montañas, con esa  luna y ese sol que por ahora sólo alcanza a imaginar… y por supuesto, sueña con recuperar su libertad.