Tania Casasola · 18 de octubre de 2025
María López Tovar es el caso de ataque con ácido más antiguo y el primero del que se tenga registro en México. Ocurrió el 9 de noviembre de 1988, cuando ella tenía 20 años. Su historia se hizo visible muchos años después, luego de enterarse que no era la única y que se estaba formando una red de apoyo entre mujeres que habían pasado por lo mismo que ella.
A 37 años de sobrevivir a un intento de feminicidio, no hay responsables en prisión y tampoco una investigación abierta. María tiene algunas hipótesis de quién pudo ser, pero hasta ahora su caso sigue impune.
En entrevista con Animal Político, María dice que ya no tiene interés en que continué la investigación por el desgaste que representaría, como el abrir muchas heridas y la revictimización a la que se enfrentaría; prefiere tener una vida tranquila y disfrutarla lo más que se pueda. Sin embargo, ella busca recuperar su expediente médico para que el Estado le brinde el apoyo que le negó hace tres décadas, como asistencia médica, psicológica, jurídica y reparación integral del daño.
Para tener el apoyo de la Comisión Ejecutiva de Atención a Víctimas, María necesita recuperar su expediente médico para comprobar todo lo que ha pasado y las decenas de cirugías a las que se ha sometido. Cuando ocurrió el ataque nunca tuvo atención psicológica y sus lesiones fueron clasificadas como simples “que en 15 días pueden sanar”.
Pero esos 15 días para una sobreviviente de feminicidio agredida con ácido se vuelven años de entradas a quirófanos, de cirugías, que le quitaran piel de otras partes de su cuerpo, que le desprendieran el cartílago de sus orejas para formar sus fosas nasales. Se convierten en años de encierro, depresión, falta de oportunidades y de mucho miedo.

María se sometió a decenas de intervenciones quirúrgicas, todas de reconstrucción funcional, principalmente para recuperar la movilidad de los labios al hablar, moverse y respirar sin dolor; nunca pudo acceder a alguna cirugía estética.
“Yo detuve las cirugías en el año 2000, según recuerdo me hicieron 31 operaciones en total, pero un día dije ‘basta’ porque en verdad eran muy dolorosas”, cuenta.
En 2022 se enteró de la historia de Carmen Sánchez y Esmeralda Millán, dos mujeres sobrevivientes de violencia ácida y se puso en contacto con la Fundación de Carmen. Conocer a más mujeres con una historia similar a la suya la ha ayudado mucho.
“Encontré una red de apoyo muy grande con ellas, yo me escondía mucho, no salía de la casa, pensaba que era la única mujer quemada con ácido. Conocí a varias de las chicas que para mí son mis amigas, nos reunimos, compartimos experiencias y también he tenido muchos beneficios gracias a la Fundación, como la atención psicológica que nunca tuve, también he tenido oportunidad de ir a algunos tratamientos dermatológicos”.
Las víctimas de violencia ácida suelen requerir múltiples cirugías, tratamientos y terapias físicas de rehabilitación, pese a ello, viven con daño físico permanente y en algunos casos discapacidad. Las afectaciones psicológicas también suelen ser duraderas, e incluso con necesidad de tratamiento de por vida.
“La atención psicológica para mí ha sido fundamental porque a pesar de los años siento que es algo que nunca vamos a superar. Uno se ve diariamente en el espejo, las cicatrices nos recuerdan el episodio, todo lo que pasó, y yo necesitaba mucho esa ayuda psicológica que nunca se me otorgó. Gracias a Dios, las chicas tienen más oportunidades”, comenta María.
“Yo vivía la vida detrás de mi ventana, yo no quería salir. Es una agresión terrible que no se la deseo a nadie porque sientes que te estás muriendo en vida”. (…) Con el tiempo también entendí que quienes se deberían esconder son los agresores y no nosotras”, añade.

Después de años de encierro, ahora María disfruta mucho viajar, conocer pueblitos, respirar aire fresco, contemplar los árboles y en general de la naturaleza. “No sé si es porque estuve tantos años encerrada, pero ahora disfruto tanto salir. Si Dios me permite vivir y pensionarme, quiero conocer más lugares y viajar, aunque sea a lugares cercanos”.
Este año cumplió uno de sus sueños y terminó la preparatoria. María decidió no estar detrás de la computadora y acudió a clases presenciales, lo que hace unos años hubiera sido imposible, sobre todo por la discriminación social, las miradas y los señalamientos.
Ahora está buscando trabajo, tocando puertas para seguir cumpliendo otros sueños: tener un trabajo estable para en unos años pensionarse, ahorrar para viajar, sentirse libre, en paz y plena con su vida.
Por ahora tiene trabajos temporales, pero le gustaría tener un empleo más estable, por lo que también hace un llamado a las personas que están leyendo su historia a que si saben sobre una oportunidad en Ciudad de México o en Pachuca, la apoyen.
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Recuerda que hace un tiempo acudió a una farmacia porque solicitaban personal como vendedora, pero la rechazaron porque no cumplía con el perfil de “buena presentación” para atender a los clientes.
“Me gustaría trabajar en una recepción, pero a mi edad yo creo que ya no, tengo 57 años, de todos modos, yo le entro a todo, soy muy responsable”, dice.
María destaca que el rechazo social duele mucho, pero también admite que actualmente la sociedad tiene más conciencia del tema de la discriminación. Ya no siente temor a salir, le gusta arreglarse, jugar con su cabello, delinear sus labios reconstruidos y ponerle distintos tonos de lápiz y brillo labial, usar rímel, delineador, maquillaje y un poco de rubor. Se acepta y le agrada verse al espejo.
El día que intentaron matar a María, ella caminaba con su hermana en la avenida Chalma de Guadalupe, en la alcaldía Gustavo A. Madero. Unas personas con el rostro cubierto la subieron a un auto, avanzaron unos cuantos kilómetros y luego la bajaron y le rociaron el ácido.
Ella pudo ver que eran tres personas las que la sometieron y que, posteriormente, la arrojaron al Río San Javier que desemboca hasta el Río de los Remedios. Cuenta que sobrevivió porque su hermana avisó de inmediato a su familia. Junto con la policía la buscaron y la encontraron aferrada a un tronco dentro del río.
Desde el primer día, el médico le dijo a la familia que María moriría debido a las lesiones en el cuerpo y a la sepsis en las heridas. “Estaba tan mal, que fue un padre al hospital y me dio los santos óleos”, relata.

Cuando se hizo la denuncia, personal del Ministerio Público le dijo al papá de María que necesitaban dinero para movilizarse y hacer la investigación. Pero ante lo mal que estaba su hija, todos los esfuerzos se dirigieron a salvar su vida, a su rehabilitación y a que ella pudiera seguir adelante, por lo que la denuncia pasó a un plano menor.
“Hoy en día, si yo quisiera reabrir mi caso con la finalidad de que se investigue, sí me daría miedo porque sé que esas personas aún viven porque se veían jovencitos como yo, de unos 20 años, y sí me daría miedo que se enteraran que están investigando y quieran acabar conmigo, además ya no tengo la fuerza mental para eso. Creo mucho en Dios y si no existió la justicia terral, si va a existir la dividan”, asegura.
“En los años en los que ocurrió el ataque no había apoyos, ahora quisiera formar parte de la Comisión Ejecutiva de Atención a Víctimas de la CDMX, sobre todo por la atención psicológica, es lo que me interesa mucho, pero para eso necesito mi expediente médico. Me han dicho que ya caducó, que no se encuentra, por eso pido a las autoridades su apoyo para conseguirlo, o ver qué otras opciones tengo para incorporarme”.
María, igual que otras sobrevivientes de violencia ácida, se han enfrentado a un sistema de justicia que minimiza sus lesiones y que no lleva a sus agresores a la cárcel, a una sociedad que les pone obstáculos para reincorporarse a la vida y a un Estado que las olvida.
“La verdad es que el Estado sí ha estado en deuda conmigo, nunca ha hecho nada en mi caso. He pedido empleos en las alcaldías, candidatos en CDMX y la misma Xóchitl Gálvez se han comprometido a ayudarme a conseguir trabajo, pero pasan las campañas, las elecciones y me olvidan. Es muy desgastante y triste que solo te utilicen para sus fines políticos”, señala.
De la Fundación Carmen Sánchez y su red de apoyo, María ha aprendido que el acompañamiento va mucho más allá de los procesos legales o médicos, también está en compartir la alegría, en celebrar los nuevos comienzos y retos. Que la justicia no se agota con una sentencia, sino que también es poder volver a soñar y tener las condiciones para hacerlo.
“Mi nombre es María Alejandra, pero hoy en día, con todo lo que pasó, soy Mary, porque Alejandra fue de mis 20 años para atrás. A mí todos me decían Ale, pero esta Mary es como me reinventé, con la que me reconcilié”, señala.